NOVELA COMPLETA - LECTURA GRATUITA.
CONTACTO EN MIAMI
Fecha 19-jun-2014 18:33 UTC
Licencia: Todos los derechos reservados
ISBN-10: 1500422703
ISBN-13: 978-1500422707
© Julio Pablo Andujar
PROLOGO
Julio Pablo Andujar, detective curtido en miles de investigaciones, piloto de aviación, alma de aventurero y espíritu rebelde, es buen conocedor de El Salvador y de Miami, lugares donde transcurre la acción de ésta, su nueva novela, “CONTACTO EN MIAMI”, la cual está a punto de ver la luz y cuyo prologo me honra realizar.
Señalar, que es también el autor entre otras novelas, de “El Hispano que venció a los Gringos”, trama trepidante donde abundan también los contrastes morales.
Comienza “CONTACTO EN MIAMI” en la ciudad de SANTA ANA de El Salvador, cuyo nombre precolombino, Cihuatehuacan, significaba “lugar de sacerdotisas” y curiosamente, es la violación y asesinato de una mujer el motivo e inicio argumental de esta novela, acto presenciado por un pianista Santanenco, el cual, aprovecha estos actos reprobables por la moralidad humana para
conseguir los oscuros objetivos propuestos como meta en su vida.
En esta novela no tiene cabida aquella frase tan repetida de “cualquier coincidencia con la realidad es pura coincidencia”, porque la forma de actuar los personajes, la integridad moral y principios de estos, es por desgracia, algo más habitual de lo deseable. Se pone de manifiesto que los bajos instintos no tienen límites y se da en cualquier status social, donde los principios se sacrifican por conseguir un sueño, aunque este se retorne pesadilla; Una vez más se hace patente la ambigüedad de la moral del hombre y la permanente lucha entre el bien y el mal, porque toda persona tiene dos caras, una buena y otra mala, es decir, Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
No obstante, de lo que no cabe duda es que su lectura es una satisfacción, y esta novela sin duda va a gustar y entretener a su lector.
ELOY DE PACO.
PRESIDENTE DEL COLEGIO OFICIAL DE DETECTIVES
PRIVADOS DE LA COMUNIDAD VALENCIANA.
Comienza “CONTACTO EN MIAMI” en la ciudad de SANTA ANA de El Salvador, cuyo nombre precolombino, Cihuatehuacan, significaba “lugar de sacerdotisas” y curiosamente, es la violación y asesinato de una mujer el motivo e inicio argumental de esta novela, acto presenciado por un pianista Santanenco, el cual, aprovecha estos actos reprobables por la moralidad humana para
conseguir los oscuros objetivos propuestos como meta en su vida.
En esta novela no tiene cabida aquella frase tan repetida de “cualquier coincidencia con la realidad es pura coincidencia”, porque la forma de actuar los personajes, la integridad moral y principios de estos, es por desgracia, algo más habitual de lo deseable. Se pone de manifiesto que los bajos instintos no tienen límites y se da en cualquier status social, donde los principios se sacrifican por conseguir un sueño, aunque este se retorne pesadilla; Una vez más se hace patente la ambigüedad de la moral del hombre y la permanente lucha entre el bien y el mal, porque toda persona tiene dos caras, una buena y otra mala, es decir, Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
No obstante, de lo que no cabe duda es que su lectura es una satisfacción, y esta novela sin duda va a gustar y entretener a su lector.
ELOY DE PACO.
PRESIDENTE DEL COLEGIO OFICIAL DE DETECTIVES
PRIVADOS DE LA COMUNIDAD VALENCIANA.
SINOPSIS
“EL DILEMA DE
VIVIR UNA VIDA INTENSA, AVENTURERA Y QUIZÁ CORTA Ó UNA VIDA ABURRIDA Y LENTA,
AUNQUE MAS LARGA”.
Comienza “CONTACTO EN MIAMI” en la ciudad de SANTA ANA de El Salvador, cuyo nombre precolombino, Cihuatehuacan, significaba “lugar de sacerdotisas”.
Y curiosamente es la violación y asesinato de una mujer el motivo e inicio argumental de esta novela; acto presenciado por un pianista Santaneco, el cual, aprovecha estos actos reprobables por la moralidad humana para conseguir los oscuros objetivos propuestos como meta en su vida.
En esta novela no tiene cabida aquella frase tan repetida de “cualquier coincidencia con la realidad es pura coincidencia”, porque la forma de actuar de los personajes, la integridad moral y principios de estos, es por desgracia, algo más habitual de lo deseable.
Se pone de manifiesto que los bajos instintos no tienen límites y se
dan en cualquier status social, donde los principios se sacrifican por
conseguir un ambicioso sueño, aunque este se retorne pesadilla; una vez más se
hace patente la ambigüedad de la moral del hombre y la permanente lucha entre
el bien y el mal, porque toda persona tiene dos caras, una buena y otra mala.
No obstante, de lo que no cabe duda es que la lectura es una
satisfacción, y en te caso, además nos aporta la seguridad de disfrutar con
esta novela que sin duda va a gustar y entretener a su lector, ya que relata
intensas aventuras de una red de narcotraficantes, sus miserias, su
atrevimiento…
CAPITULO I
¿Qué es Miami?.
Además de una ciudad, la mas conocida del
Estado de Florida, en los Estados Unidos
de América, aunque la Capital de este Estado, sea Tallahassee, ¿Qué es Miami?.
Pues Miami es “un estado de ánimo”.
Bueno, hoy en día es un “estado de ánimo”, a
veces para unos, ánimo alegre, como cuando se oye cantar por la radio del carro
a Julio Iglesias o a Juan Luís Guerra o Gloria Estefan.
Otras veces, el “estado de ánimo”, es mas
complicado, como cuando hay “balaceras” y matan a alguien, que como sea un
negro, pues ya trae el consiguiente follón de la protesta racista o
antirracista y ¡Quién sabe!.
Pero qué gusto da pasear por Miami, y no solo
por su centro, con la inevitable visita a las tiendas de Flagler Street o al
puerto, en Bayside o al barrio cubano, en ”La Pequeña Habana”, donde viven los
cubanos que tuvieron que huir de Cuba… O mejor dicho huir de la “revolusión”
del Fidel.
O Coral Gables, el que probablemente sea el
barrio mas bonito del mundo.
Antes de que en el año mil quinientos trece,
el español Juan Ponce de León, llegara a la Florida, a la que bautizó con ese
nombre, por razones obvias, ya que se enamoró de la flora del país… Se supone
que en la fauna, que consistía en serpientes y en caimanes que se lo comían a
uno, no creo que se inspirara.
Pues, bien. Seguimos. Antes de Llegar Ponce
de León, allí vivían los indios Miami, que en realidad, eran indios Semínolas,
que en lugar de permanecer en el Norte de Florida, fueron descendiendo hacia el
Sur, al parecer como consecuencia de sus escisiones y sus luchas internas.
Tras la llegada de Ponce de León, llegó otro
español, Pedro Menéndez de Avilés, que fundó la primera ciudad de Estados Unidos, San
Agustín, en 1565, dando comienzo al dominio español sobre La Florida. El rey
Felipe II de España le nombró gobernador de La Florida y le encomendó
fortificar sus costas. Fruto de ello fue la construcción de los fuertes de
Santa Elena y Tampa.
Y en esa ciudad de San Agustín, en Florida y
al Norte de Miami, existe la que consideramos la primera ciudad de América,
pues existe la primera fortificación, la primera escuela, en la que podéis
entrar como turistas y haceros una foto y hasta obtener un “Diploma”
Y conviene aclarar que al decir “primera
ciudad de América”, hablamos de la América Continental del Norte, que en
realidad la primera ciudad de América, fue construida por Cristóbal Colón en la Isla Hispaniola, hoy República
Dominicana en su lado Este y Haití en su lado Oeste.
Tras los fracasados intentos de ocupación de
La Florida, por parte de Francia e
Inglaterra, que son dos países que siempre han gustado de “joder” a los
españoles, finalmente en el año mil ochocientos diecinueve, España, tuvo que
vender a Estados Unidos La Florida, para evitar una guerra, que estaba perdida
de antemano.
Españoles, Americanos y “todo bicho viviente”
que ocupara La Florida, fueron arrinconando a los indios Miami y todos
conocemos la historia Que se les confinó en territorios específicos y todo eso,
“reservas” y finalmente, lo cierto, es que Miami, no era mas que un inmenso
huerto de tomates.
Tierra pues de agricultores gringos, hasta
que se le ocurrió a Fidel hacer su “revolusión” en mil novecientos cincuenta y
nueve y conseguir que fueran para allá miles de cubanos exiliados, que
trabajaron con ahínco (Nadie les regaló nada).
Luego el individuo éste, Fidel, pues tuvo la
idea de enviarles a los gringos a los delincuentes, enfermos y demás gente que
no le gustaba en un barco llamado Mariel, con lo que llegaron a Miami, los de
menos “categoría” o prestigio, muchos delincuentes y…
Se configuró el Miami de hoy:
Encantador, alegre, con música caribeña,
multirracial y también con mucha delincuencia, que forma parte del folklore de
Miami y… UNA CIUDAD ENCANTADORA.
Porque la verdad, es que una ciudad, sin
delincuencia, sin pobreza, sin mezcla racial, con todos los habitantes buenos,
religiosos y ordenados, como El Tibet, pues tiene que ser aburrida ¿No?.
CAPITULO II
Santa Ana, en El Salvador, muy cerca de la
frontera con Guatemala, Centroamérica, es bastante diferente de Miami.
En Miami, tu sales por la noche y te metes en
según que barrios, puede pasar que te
maten, que tampoco es normal que te maten.
Bueno, en realidad, en Miami, no es tan fácil
que te maten ¡Cualquiera sabe!.
En Santa Ana, en El Salvador, tu sales por la
noche y TE MATAN SEGURO.
Es decir que si sales cada noche, te matan
cada noche y te tienes que reencarnar noche tras noche para ir viviendo… Una
pendejada complicada.
Uno, se pasea por Santa Ana e inmediatamente
piensa ¿De qué viven estas personas?...
De milagro. Y mucha gente, pues de la
delincuencia y bueno, que la cosa está complicada.
De hecho, la ciudad, fue fundada en el año
mil novecientos cincuenta y cinco, por el Presidente José María San Martín.
Antes, la habían ocupado los indígenas, como
pasa con Miami, concretamente vivían allí los Mayas, pero la evolución, es
obviamente otra muy distinta de la Miami.
Igual les hubiera ido muy bien si “el Fidel”,
les hubiera mandado para allá a los que huían de la “revolusión”, ¿Quién sabe?.
Tienen en Santa Ana algunos ingresos por la
visita de turistas (Muy peligroso pasearse por allí de turista) que visitan
restos arqueológicos mayas, como los de El Trapiche,
Tazumal y Casa Blanca.
Y por lo demás, pues se dedican a
la agricultura, café, caña de azúcar, pastos, plantas hortenses, maní, yuca,
patata, tabaco, algodón, cocotero, guineo, plátano.
Y algo de ganadería bovina.
Es decir, que allí, para
abreviar, NO HAY TRABAJO.
Y nuestro hombre, Ezequiel, que
sabía algo de música porque desde niño, siendo el hijo de unos de los guardias
que vigilaban uno de los hoteles de la ciudad, había gozado del cariño del
propietario, que le había enseñado a leer una partitura musical básica en clave
de Sol y le había enseñado a tocar con el viejo piano del salón del hotel, pues
sabía música, cantaba algo bien los boleros y ganaba “casi nada”, con las
propinas de los turistas, tocando para ellos durante la cena en el salón del
hotel.
¿Y quién era Ezequiel?...
Pues entre otras cosas que iremos
viendo y como todos los demás jóvenes de Santa Ana, un firme candidato a
marcharse a Estados Unidos como fuera, porque allí “todos eran ricos” y porque
cuando iba a la plaza de La Catedral, frente al Teatro Santa Ana, veía en una
agencia de cambio de moneda, como los que tenían familia en Estados Unidos,
salían de allá siempre con “mucha plata” que recibían desde Estados Unidos y…
Claro.
CAPITULO III
Aquella, era una noche muy
especial, porque en el hotel donde trabajaba como pianista Ezequiel, se
celebraba una fiesta importantísima, porque llegaba alguien importante de
verdad.
Ezequiel, ya no eran tan joven,
como los que normalmente en Santa Ana, soñaban día y noche con irse al país de
los Gringos.
Ezequiel, tenía treinta años y la
verdad, es que su único vínculo familiar, era con sus padres, a los que cuidaba
con cariño, sus sobrinos, sus abuelos…
Nunca tuvo novia. Y no creáis que
era maricón, no. A veces, se embravecía como macho y hasta se iba con alguna
puta de las que solían frecuentar el hotel, que como no era abusivo en la
frecuencia, era simpático a su manera y les dedicaba canciones, pues se lo
hacían gratis y todo.
Privilegio éste que, hay que
insistir, no provocaba abuso alguno de Ezequiel, que solo requería el servicio
de alguna de ellas en último extremo… Vamos, cuando no aguantaba mas.
Era un tipo, que inspiraba “buen
rollo”. A la gente le gustaba.
Pues bien, esa noche, el
Embajador de los Estados Unidos de América, junto con toda su “corte”, había
acudido a Santa Ana en viaje privado, para dar relevancia y prestancia a la
inauguración de un almacén agrícola de cierta envergadura, propiedad de un
amigo suyo; un cacique violento y sanguinario, Don Fernando, con el que
lógicamente, el Embajador, pues trataba algunos asuntos dinerarios…. Como la concesión
sin preguntas de algún visado a alguno de los “recomendados” de este mafioso,
algún papeleo para importación y exportación, Etc.
El Embajador, claro, aparte de
que tenía unos cincuenta años muy bien llevados, alta estatura, cuerpo bien
proporcionado, cabello entre rubio y blanco, elegancia (La que pueda tenerse
siendo Gringo) y… Plata y categoría, pues claro, atraía a las putas, como la
miel atrae a las moscas, o la riqueza y el lujo atraen a un líder comunista.
La fiesta en el hotel, después de
la cena, no solo fue divertida e intensa, sino que fue derivando a lo que suele
pasar: Mucho alcohol, no precisamente del que usan los médicos para desinfectar
las heridas, sino del que usan los borrachos para “alegrar el cerebro o el
alma”.
Si le añadimos, que el mafioso
que había invitado al Embajador, había traído dosis convenientes de sustancias
de las que alegran el alma, antes de destrozarla, pues…
Aquello era poco menos que una
orgía. O poco más.
Y Ezequiel, tocaba el piano y
cantaba y todos aquellos depravados, se reían, bailaban y disfrutaban como
locos.
Y una de aquellas “trabajadoras
sexuales”, destacando sobre las demás, Carmen, se llamaba, pues se acercó y
mucho al Embajador.
Tanto se acercó, que él ya tomado
del todo, la agarró en volandas y se la llevó escaleras arriba hacia su
habitación, con una expresión en la cara que venía a significar algo así como…
¡Que bien! Tengo un juguete.
Carmen, reía fingiendo estar
borracha, el Embajador reía estándolo y esto, hasta que entraron en la habitación.
Bueno, entró él con ella en brazos.
Justamente al pasar la
puerta, de un taconazo la cerró el Señor
Embajador y lanzó a Carmen sobre la cama.
Les cambió a los dos la cara.
A él se le puso cara de animal, a
ella de terror. Tenía experiencia. Sintió pánico.
Y con razón, porque el placer
sexual de aquél animal, iba a consistir a partir de ese momento, en golpearla
como un salvaje y dejarla medio destrozada.
CAPITULO IV
Ezequiel, hizo una pausa y retiró
sus manos del teclado del piano, dejándolas reposar sobre sus rodillas.
Tenía cansadas las manos, la
garganta de tanto cantar y hasta el cuerpo, que a fin de cuentas, también había
bebido mas de la cuenta, que era un día en que todo eso le salía gratis.
Se levanto de la banqueta en que
estaba sentado para tocar el piano, se desperezó y…
Sintió algo raro, como una
llamada misteriosa, como un mal presentimiento y…
Subió corriendo las escaleras y
fue como una exhalación hacia la habitación del Embajador.
Ya por el pasillo, oyó los gritos
de ella y de él.
Empujó con violencia la
puerta..Entró y…
Carmen, estaba echada en la cama,
con la cabeza colgando por un lado de ésta, llena de sangre la cara…
El Embajador, sentado en el mismo
canto de la cama, desnudo, manchado de sangre y asustado por la entrada de
Ezequiel.
-¿Pero que está haciendo, Embajador?.
-No se, yo… -Respondió éste.
-Llama a un médico y a la
policía, susurró Carmen.
Y Ezequiel, sacó de su bolsillo
el teléfono celular. Se disponía a marcar un número, pero al pronto, se detuvo y
no pulsó sobre las teclas de los números, sino que se fue al “menú” y pulsó
“cámara”.
En un instante, tenía en la
memoria de su teléfono, la foto del Embajador y de Carmen en tan comprometida
situación.
-Yo te llevo a un médico ahorita
mismo, Carmen y… Ud., -dirigiéndose al Embajador- márchese de aquí o lo pasará
muy mal.
-Por favor, no me comprometas…
-¡Fuera de aquí!. –Gritó
Ezequiel.
Bajó el Embajador las escaleras y
regresó borracho, drogado y derrotado, hasta aterrorizado, al salón.
Se dirigió a su amigo, el cacique
mafioso y le dijo:
-Tienes que hacerme un favor.
Encárgate de ese pianista, o yo me hundo y tú te quedas sin mi ayuda…
Desde la barandilla de la
escalera, les vio Ezequiel hablar. Tuvo suficiente, para saber que tenía que
salir de Santa Ana, “volando”.
Por la puerta trasera, sacó a
Carmen en brazos, la llevó como pudo hasta la casa de un amigo de su abuelo,
que era curandero y, se la encomendó.
Explicó Ezequiel todo lo ocurrido
al curandero y le hizo el encargo.
-Avisa a mis padres. Tengo que
marcharme, YA.
-No te preocupes de nada,
Ezequiel, que Dios te bendiga. Vete.
Y Ezequiel, sabiendo que no podía
dirigirse en la mañana a la estación de autobuses, porque sería tarde, recurrió
a un buen amigo, que le llevó en el carro hasta la Capital, donde a primera
hora de la mañana, ya estaba en la 9 Calle Poniente, en el Centro de Gobierno,
obteniendo su pasaporte.
Era fácil y sobre todo rápido el
trámite, ya que para evitar todo lo que ha estado pasando, con documentos falsos, venta de estos, Etc.,
los Gringos, bien que les han ayudado aportando tecnología fiable para la
impresión de esos documentos y la empresa DOCUSAL, (Documentos de El Salvador),
manejada por unos cuantos amigos políticos que obtienen pingües beneficios con
esta actividad y la de expedir los Títulos de los carros y las Cédulas de
Identidad, lo tiene todo muy bien instalado.
Así, que en menos de una hora,
Ezequiel, estaba en la calle, con su nuevo y reciente pasaporte en su bolsillo.
Y sin perder tiempo, ni en desayunar,
se dirigió raudo al Boulevard Santa Elena, a la Embajada de los Estados Unidos,
en El Salvador.
Se dirigió Ezequiel, sin prestar
ni atención a la larga fila de gente esperando en la calle, todos ellos con su
carpetita llena de documentos, esperando el turno para solicitar un visado, al guardia que estaba en la puerta:
-Quiero hablar con el Embajador.
-Alucinó el Guardia y respondió.
-Regrésate a la cola.
-Dile al Embajador, que está aquí
una persona muy importante, que soy yo: El Pianista de Santa Ana.
-Si no te marchas ahorita mismo,
te meto para dentro detenido.
-Díganle al Embajador, que está
aquí el pianista de Santa Ana. –Gritó
con fuerza Ezequiel, dirigiéndose a un grupo de personas que estaban observando
desde la entrada principal que daba al jardín de la Embajada.
Levantó su bastón el Guardia y
cuando iba a descargarlo sobre los lomos de Ezequiel… Una mano le detuvo.
Con acento bien americano, pero
en español correcto, se dirigió a Ezequiel:
-¿Quién es Ud.?.
-El pianista de Santa Ana. Y el
Embajador, querrá recibirme de inmediato.
-Espérese aquí.
Pasaron no mas de dos minutos,
cuando Ezequiel vio perfectamente la silueta del Embajador, a través del
cristal blindado de su despacho, en el primer piso, mirándole.
Inmediatamente, salió una mujer,
alta, rubia, con aspecto y talante de ser alguien “importante” y dijo a
Ezequiel:
Déjeme su pasaporte y regrese en
treinta minutos.
Nada tuvo que explicar Ezequiel,
nada tenían que preguntarle. Ya sabía sobradamente el Embajador a lo que venía
Ezequiel.
Y nuestro amigo, ahora, sí, se
fue a desayunar a un bar tranquilamente, junto con su buen amigo de Santa Ana,
que le había traído en el carro.
Terminaron de desayunar y se
regresaron a la Embajada.
Esta vez el Guardia que apunto
estuvo de descargar su bastón o porra sobre las espaldas de Ezequiel, le saludó
casi militarmente y avisó por su radioteléfono a alguien a quien dijo:
-Está aquí el Sr. Ezequiel.
Salió un hombre con aspecto de
militar y se dirigió a Ezequiel.
-El Señor Embajador, me ha dado
esto para Ud. Y se regresó al interior de la Embajada.
Ezequiel, miró hacia el balcón
del Embajador que allí estaba mirándole y le hizo un saludo con la mano que el
Embajador, no respondió.
-Fíjate que bello, oye… Visado
B1-B2. –Dirigiéndose al amigo que le había hecho de chófer.
-Pero… -Respondió el amigo, -No
es múltiple e indefinido. Solo te vale para entrar en Estados Unidos una vez.
-Lógico, éste tipo no quiere que
regrese aquí en ningún caso. De cualquier modo, me basta con entrar una vez. Me
quedaré ilegal como la mayoría, ¿No?.
-Bueno. Tu verás. Yo allá no voy.
Tuve bastante experiencia con mi primo, que llegó allá y yo no se lo que pasó
pero está en la cárcel y para mucho tiempo.
-¿Qué hizo?.
-Bueno, es electricista, ya sabes
y por hacer el favor y ganarse alguna plata, alteró algunos contadores de
electricidad… Solo de Salvadoreños, por supuesto, mas le agarraron.
-¿Y esos bestias meten en la
cárcel a uno, por alterar los contadores de la luz?. –Inquirió Ezequiel.
-Ya ves, que gentuza.
-Entonces, acá en El Salvador,
estaríamos todos en la cárcel. –Respondió Ezequiel y rieron…
Y nuestro protagonista, junto con
su amigo, regresaron a Santa Ana, donde Ezequiel aguardó bien escondido en el
carro, mientras su amigo iba a casa de los padres de nuestro pianista y le
traía el poco de dinero que tenía ahorrado.
-Ahí tienes, Ezequiel. Tu papá me
ha dado lo que tenías tú, mas lo poco que tenía él…
-Dile cuando vuelvas, que no
tenga pena que pronto se lo podré enviar.
-Vamos a llenar el tanque del
carro y llévame a la frontera de Guatemala, que no quiero ir al aeropuerto acá
en San Salvador.
Ya se que en realidad, el
Embajador ya está satisfecho con que me marche a Estados Unidos y desaparezca,
pero no sabemos si el Cacique, aunque solo sea por caerle bien al Gringo, decide ultimarme igualmente.
Y efectivamente, tras llenar el
tanque del carro, siguieron por la Carretera Uno hacia el Norte, hacia San
Vicente y después a Piedras Azules, donde pasaron el puesto fronterizo y
entraron en Guatemala, en San Cristóbal, donde se despidieron, regresándose el
buen amigo de Ezequiel a Santa Ana y quedándose en San Cristóbal, Ezequiel,
donde pernoctó y esperó al día siguiente, para subirse al autobús que le
llevaría a Ciudad de Guatemala, para una vez allí, conseguirse un vuelo a
Miami.
CAPITULO V
En el modesto hotel de San Cristóbal, en
Guatemala, Ezequiel, estaba al teléfono, hablando con el dueño del hotel en que
tantos años había trabajado como pianista.
-Así es, hijo. Me lo ha dicho el guardia que
tengo ahora en el parqueo, que sabes la conocía bien. Carmen, ha muerto. Siento
decírtelo, Ezequiel.
-Gracias. Le debo mucho a Ud. Y siempre lo
tendré presente.
-Adiós, Ezequiel, que Dios te bendiga. –Se
despidió el hotelero.
Y colgó el teléfono Ezequiel, murmurando
blasfemias y guardando bien asegurada en el disco duro de su cerebro la
información de la muerte de Carmen. No olvidaría eso. Ya llegaría el momento.
Y por la Carretera Interamericana, la CA1,
fue transitando a bordo del autobús Ezequiel, mientras contemplaba el paisaje, las
acacias rojas o árbol de fuego, que crecían a ambos lados de la carretera y
juntaban sus copas impidiendo ver el cielo.
Parecía que se circulaba por un túnel de
flores rojas.
Y pensó largo y tendido. ¿Qué iba a hacer al
llegar a Estados Unidos?... Una cosa tenía clara, que le había dicho su patrón
en el hotel de Santa Ana:
-Si sabes cantar y tocar un instrumento,
siempre comerás… Mejor o peor.
-Qué bueno sería saber tocar la guitarra. Vas
con el instrumento a cuestas siempre y donde quiera que sea cantas y obtienes
algún dinero, pero… Un piano, no se lleva a cuestas.
Lo cierto, es que llegó atardeciendo a la
central de autobuses extraurbanos de Ciudad de Guatemala.
Se apeó del autobús erróneamente, en la Zona
18, muy apartada del lugar donde le convenía alojarse, dado su presupuesto,
pero el que no sabe, no sabe…
Así, que preguntó al conductor, donde
alojarse barato en el centro de la ciudad.
-Amigo, tenías que haberme dicho antes. Te
hubieras apeado en otro lugar. Ahorita, para ir a la Zona 1, que es lo que te
conviene… Mira, tendrás que hacerte llevar por un motorista…
Efectivamente. En la misma estación, había
motoristas que por pocos Quetzales, llevaban a una persona a cualquier lugar de
la ciudad.
Así que Ezequiel, se dirigió a uno de ellos,
arregló el precio y, cargado con su maleta, casi sin espacio para situarse bien
en la vieja motocicleta, se desplazó hasta la Zona 1, junto a la Catedral,
donde encontró un hotel a su medida y que reunía una cierta comodidad, dentro
de lo que cabe.
Se acomodó en su habitación, compró en una
máquina de expedición de dulces galletas y bebidas, algo para cenar y, se quedó
viendo televisión en la sala común para los huéspedes, ya que televisor en la
misma habitación, obviamente, no había.
-No voy a salir a la calle, no sea que me
maten, que esto no es El Salvador, pero… Bueno, que seguro que también te matan
en la noche.
CAPITULO VI
Prontito por la mañana, Ezequiel, se levantó,
se aseó en el aseo comunitario para todos los huéspedes de que disponía el
humilde hotel, dejó al recepcionista su maleta para que se la custodiara y preguntó
dónde podía comprar un boleto para Miami…
-Mejor vaya directamente al aeropuerto, donde
encontrará mas opciones. –Le respondió el recepcionista.
-¿Y cómo voy?.
-Yo le llamo a uno de los patojos que andan
en moto y le sale baratito.
Y así es que Ezequiel, de nuevo a bordo de
una de aquellas peligrosas motocicletas, marchó desde la Zona 1 hacía el Paseo
de La Reforma, para dirigirse hacia el Aeropuerto de La Aurora.
-Tenemos que dar un poco de vueltecita,
porque no podemos pasar en los alrededores de La Corte Suprema, amigo. –Comentó
el motorista.
-¿Qué pasó?.
-Bueno, pues que un bus ha rozado a un
motorista y casi le tira al suelo, aunque sin herirle.
-¿Y cuál es el problema?. –Inquirió Ezequiel.
-Bueno. –Respondió el motorista- El muchacho
de la moto se ha enojado al parecer y ha comenzado a argumentar duro con el
chofer del autobús y un guardia les ha llamado la atención y les ha dicho que
no discutieran por tan poca cosa…
-¿y?. –Ezequiel ya intrigado de tanta
lentitud en la plática, que en Guatemala, parece que son mas lentos platicando
aún, que en El Salvador.
-Bueno, el muchacho de la moto enojado, sacó
su pistola y mató al guardia.
-Pero, el guardia, ¿Le hizo algo al muchacho
de la moto?.- Preguntó de nuevo Ezequiel.
-Oh, no, pero es que el muchacho estaba
enojado y le mató… Y otros guardias han
acudido y han matado al muchacho y ahorita, están las calles de alrededor
tomadas por los policías. Pero no hay problema, ya nos desviamos y llegamos al
aeropuerto…
-Está bien, -respondió Ezequiel. Me esperas
en el aeropuerto y me regresas, si te parece.
-Pues claro que si, amigo.
Y Ezequiel, se dirigió al mostrador de
Avianca, que le había recomendado, por ser al parecer la aerolínea mas
económica, el recepcionista del hotel.
-Quisiera un boleto para irme a Miami,
señorita.
-¿Cuándo quiere partir, señor?.
-Lo antes posible. –Respondió Ezequiel.
-Pues puede salir esta misma tarde, si lo
desea.
-¿Cual es el precio?. –Inquirió Ezequiel.
-Son trescientos cincuenta Dólares por la ida
y vuelta, señor.
-Pero es carísimo, señorita y no preciso
boleto de regreso, sólo de ida.
-Déjeme ver su pasaporte para mirar su visado, señor. –Se lo entregó Ezequiel.
-Fíjese señor que el precio de ida y vuelta o
el de solo ida, varía muy poco y si el oficial de inmigración en Estados
Unidos, ve que usted no tiene boleto de vuelta, no le deja entrar.
-Bien señorita, usted es la que sabe. Me voy
esta tarde pues.
Y pagó el ticket Ezequiel, muy a su pesar y
regresó junto al motorista, diciéndole:
-Regrésame al hotel, que recojo mis cosas y
nos volvemos para acá. Casi pareces ya mi chofer particular.
-Con mucho gusto, amigo. –Respondió el
motorista.
Y dejó a Ezequiel en su hotel y le dijo:
-Regreso a recogerle en quince minutos. ¿Está
bien?.
-Así es, amigo. Aquí te esperaré.
CAPITULO VII
-Te digo que el individuo tiene
mucha plata. –El motorista al teléfono celular…
Pagó con dinero el billete y se marcha a
Miami… Luego llevará encima mucha plata.
-Bien. -respondió el interlocutor al motorista- Yo pasaré en unos veinte o
treinta minutos por ahí.
Te espero en la Décima Avenida, con la
Veintiuna calle. Os sigo y enseguidita a la derecha, entras en las vías del
ferrocarril, allí lo hacemos.
-Estate muy atento, que no me quede solo con
él… Parece fuerte.
-No te preocupes. Allí estaré.
Y el motorista, regresó al hotel a esperar a
Ezequiel.
-Acá estoy listo, amigo –dijo Ezequiel al
motorista al acercarse a él, ignorando que era cualquier cosa, menos un
“amigo”.
Y marcharon con la moto los dos, hacia la
Décima Avenida, en dirección Sur, para dirigirse al aeropuerto.
A la llegada a la esquina acordada con el
otro delincuente, se les unió éste en su motocicleta y comenzó a seguirles.
Efectivamente, la moto en que iba Ezequiel,
giró bruscamente a la derecha y se internó en las vías de la gran terminal de
ferrocarril, solitarias.
Detuvo el motorista la moto en un instante,
se apeó, al tiempo que gritaba a Ezequiel: -Bájate, cabrón.
Ya tenían al lado al otro motorista que con
una enorme pistola en su mano apuntaba a Ezequiel. –Venga, la plata. -Gritó el
individuo.
Ezequiel, quedó profundamente sorprendido y
asustado y miró hacia los dos ladronzuelos… Bueno, más que ladronzuelos, ya que
si era preciso, no dudarían en matarle…
Y Ezequiel les miraba a ellos y ellos le
miraban a él, pero Ezequiel, veía lo que había detrás de ellos.
Y eso le esperanzó, porque detrás de los dos
ladrones, lo que había era uno de los guardianes del ferrocarril, ataviado con
chaleco antibalas, como allí es habitual y armado con una escopeta con
empuñadura de pistola y automática. De esas que cargan siete cartuchos de
postas. Vamos que matan a quien sea, sin molestarse ni en apuntar, porque las
postas, salen como un racimo.
Son armas pensadas para “matar en grupo”.
-Alto. –Dijo el guardia.
Pero ellos no respondieron obedeciendo el
“alto”, sino que se giraron y el guardia disparó un solo tiro.
Las nueve bolas de plomo que contiene el
cartucho de postas, salieron en racimo.
Una mató al que llevaba la pistola, otras
dos, dejaron herido de muerte seguramente al motorista-taxista y otra, rozó en
el brazo izquierdo a Ezequiel.
Se acercó Ezequiel aturdido al guardia…
-Muchas gracias. Creo que me ha salvado la
vida.
-Bueno. –Respondió el guardia- Pues dame la
plata en pago.
Y miró agresivamente a Ezequiel, manteniendo
la escopeta en la mano, algo inclinada hacia el suelo. A fin de cuentas,
Ezequiel, no iba armado…
Pero sí iba armado. Con unas tremendas botas
vaqueras con punta de metal. Y una de esas puntas de metal, entró violentamente
en el escroto del guardia, le reventó un testículo y se le clavó en la
próstata, prosiguiendo su trayectoria mortal, hasta la vejiga.
Y claro cuando retiró Ezequiel la bota, la
orina del tipo, que seguramente llevaba mucho rato sin orinar, pues salió como
un surtidor… Espectacular. Por aquél chorro de orina, mezclada con sangre, se
estaba escapando la vida del desgraciado.
Eso duele,¡Oye! Y el guardia cayó al suelo
sin conocimiento.
No dudó un momento Ezequiel. Agarró la moto
de unos de ellos, sujetó la maleta ante su pecho como pudo, apoyándola en el
depósito del combustible y salió hacia la Décima Avenida.
-Perdone amigo, ¿Cómo se va al aeropuerto?.
–Preguntó a un viandante en la misma avenida, un poco alejado ya del lugar en que había ocurrido todo.
Era fácil. Así que en unos quince minutos, se
plantó en el Aeropuerto de La Aurora.
Abandonó la moto en la zona del “rentacar” y
se internó en la terminal.
En los lavabos de la terminal, se lavó la
herida superficial que le había hecho el disparo, se la envolvió con un trozo
de su misma camisa. Se puso otra camisa que llevaba en la maleta y…
Pasó el control de pasaportes, dirigiéndose a
la sala de espera para embarque.
-Comienza mi nueva vida. –Pensó.
Y no lo sabía, pero sería bien intensa, esa
nueva vida en el país de los Gringos.
CAPITULO VIII
Estaba claro que nunca había subido a un
avión, ni tampoco lo había visto de cerca, mas que en la televisión.
Así que para él, todo fue sorpresivo e
interesante.
-Parece mentira, -pensaba- que después de lo
que me acaba de ocurrir en Guatemala, no esté yo ni afectado.
Tampoco tenía porque estarlo, porque eso de
que le maten a uno o de que le roben, es lo mas habitual en su país, El
Salvador y a nadie sorprende y… Si nadie le había visto ni preguntado nada en
aquel momento en la estación del ferrocarril de Ciudad de Guatemala, ya nada tenía que temer.
Por unos momentos, deambuló por el avión, que
no iba muy lleno, raramente, con su tarjeta de embarque en la mano y despistado
como una monja en una casa de prostitución.
Así que la aeromoza, le acomodó en su asiento
y allí se quedó sentado, pensando que seguramente, cuando el avión se elevara,
vomitaría.
Comenzó a rebuscar en el pequeño
compartimento situado ante él, en el respaldo del asiento delantero y sacó la
bolsa de papel, que ya había visto en alguna película, servía para vomitar.
Se la dejó sobre las rodillas.
-Es la primera vez que vuelas, ¿Cierto?.
El que le hablaba, era el individuo que
estaba en el asiento de al lado.
Un individuo de la edad de Ezequiel, o algo
mayor, moreno, con aspecto de centroamericano, bien parecido, atlético…
-¿Cómo dice?. –Respondió Ezequiel.
-Bueno, que veo, que buscas la bolsa con
impaciencia y pienso que o eres propenso al mareo, o es la primera vez que tu
vuelas. –Respondió el otro.
-Pues, si, es la primera vez.
-Pues no te preocupes que nada pasa.
–Respondió el vecino de asiento- ¿Cuál es tu nombre?.
-Ezequiel ¿Y el tuyo?.
-Hugo. Me llamo Hugo. Acá tienes un amigo. –Y
le tendió la mano, añadiendo -¿A que te
dedicas Ezequiel?.
-Ahorita mismo a irme a Miami a empezar de
nuevo. Soy músico ¿Y tú?.
-Bueno, yo hago de todo un poco por aquí y por allá, algunos transportes… Soy
piloto de aviación y trabajo para quien me hace un encargo. Ahorita mismo, voy
a ver a un cliente a Miami.
El avión, había llegado a la cabecera de la
pista 19 y tras una pausa, los motores rugieron, Ezequiel sintió en la espalda
la presión contra el asiento por la aceleración y lo peor, cuando el avión
levantó el morro y se levantó y a él le pareció que el mundo le desaparecía
debajo de él y se tensó y…
-Vamos Ezequiel, que ya estamos en el aire y
nada pasó. –Dijo para relajarle Hugo.
Continuaron ascendiendo, se estabilizó el
avión y se dirigió con rumbo de 030 grados al Noreste, para pasar entre Cuba y
Yucatán hacia los cayos de Florida…
El ruido brusco del motor al recoger los
flaps del avión, produjo un nuevo sobresalto en Ezequiel, lo que motivó la risa
de su compañero de asiento.
-Vas muerto de miedo…
-Pero ¿Cómo puede sostenerse esto, que pesará
toneladas, alejado de tierra?. –Inquirió
Ezequiel.
-¿Conoces la Ley de Venturi?.-Inquirió Hugo.
-¿Qué es eso?. –Respondió Ezequiel.
Bueno, déjalo. Para que tu lo entiendas, la
turbina avanza como un tornillo que se enrosca en el aire. Sobre la superficie
del ala, que está elevada en curva, se produce una aceleración en la velocidad
del aire y ello provoca una depresión, que “tira” del ala hacia arriba y…
Bueno, que se sostiene con un par de cojones y no hay quien lo tire abajo… Si
no se detienen los motores, claro… Pero no se detienen y… Déjate de esas pendejadas, que llegaremos a Miami vivos, te lo
aseguro.
-¿Has tenido problemas manejando tu avión?. –Ezequiel
interesado.
-Solo cuando por volar muy bajo me han
disparado…
-¡Ah!. –Exclamó Ezequiel e intuyó que no
debía preguntar mas.
Cambió de asiento, para situarse junto a la
ventanilla y admirar, los cayos de Florida, que ya estaban alcanzando.
Pensó en lo imponente que era aquella
sucesión de islas pequeñas y tropicales, unidas por una carretera sobre el mar.
Aunque eso, ya lo había visto en alguna
película…
Y descendió el avión, se le alborotaron los oídos
por la diferencia de presión y se “acojonó” de nuevo, al oír el estruendo de la
reversa de los motores cuando el piloto frenaba enérgicamente el avión y…
-Bueno, acabó tu tortura. –Comentó Hugo. Y se
despidieron.
Salieron del avión, pasó los trámites de
inmigración Ezequiel, con las preguntas y las miradas inquisitorias del oficial
de inmigración. Un tipo hispano, obviamente inmigrante también o hijo de
inmigrantes, que se debía llamar González o García o algo mas hispano todavía,
pero que gustaba de torturar psicológicamente a los hispanos que intentaban
entrar al país.
-¿Cuál es el motivo de la visita?. –El
policía de inmigración, chulo, superior, mirando a los ojos a Ezequiel, como si
Ezequiel fuera una mierda y él, el guardia, el Rey de los Estados Unidos de América.
-Bueno, -contestó muy acertadamente Ezequiel-
Soy amigo del Embajador de Estados Unidos en San Salvador y me ha sugerido que
venga para acá, que hay posibilidades de invertir alguna plata en este país,
que es seguro y organizado…
-¡Oh, sí!. –Respondió el hombre mas entendido
en economía de América, es decir el guardia. –Este es un país seguro para las
inversiones.
CAPITULO IX
La llegada de un inmigrante a un país que no
conoce, donde hay una cultura que no conoce, un idioma mayoritario que no
conoce y un todo que no conoce, es muy dura.
Si además, has salido de tu país,
precipitadamente y no tienes un amigo o conocido al que acudir… Te sientes como
un explorador blanco en Africa, metido en una gran cazuela en la que los negros
te están cocinando y mas, si como te ocurre al llegar a Miami, viniendo de un
país de blancos, te encuentras con enorme cantidad de negros por allí, que te
parece que se te comerán.
Y el negro que recibió en la aduana a
Ezequiel, gordo, alto, fuerte… Parecía que se te podía comer de un bocado.
Se acercó Ezequiel a él, disponiéndose a
abrir su maleta y le interrumpió el funcionario, al tiempo que le estiraba de
su mano el formulario de aduanas…
-O.k. It’s Ok.
-¿Cómo?. –Preguntó Ezequiel.
-Que pases, amigo. –Le gritó otro funcionario
de aduanas, éste último hispano- Que no te toca registro.
Y Ezequiel, salió a la terminal cual burro en
una joyería, mirando para todos lados… Acumulaba mucho cansancio y muchas
emociones, el atraco en Guatemala, el primer vuelo en avión, ahora la llegada a
lo desconocido…
-Toma esta dirección, anda. –Hugo a su
espalda, le alargó un papelito, con una dirección que ponía un número raro de
Le Jeune Road.
-Esta mujer, es amiga mía y aloja baratito a
personas. Casi seguro que tiene una habitación y sino, te la busca. Dile que
vas de parte de Hugo “El aviador”. Toma un taxi, que a mí me espera alguien y
no puedo compartir el auto contigo…
-Te quedo muy agradecido. -Respondió
Ezequiel- ¿Es seguro acá tomar un taxi?.
-Absolutamente. El taxista no te mata, como
mucho te estafa. Fíjate en lo que marca el taxímetro y no le pagues nada mas.
Te costará unos diez Dólares, porque eso está cerca.
Y se despidieron de nuevo.
CAPITULO X
Le impactó a Ezequiel, la grandeza de las carreteras
y, cuando pasaron junto a la prisión de Miami, con aquellos grandes montones de
rollos de alambre espinado, le impactaron aún más.
–De ahí, no hay quien escape. –Le comentó al
taxista.
-No hay quien escape, no. –Respondió el
conductor. -Y en ocasiones, un asesino al que inexplicablemente no se le retira
la licencia de médico, utiliza sus conocimientos médicos, riéndose del
Juramento Hipocrático, para asesinar a un reo, inyectándole veneno. Ya ve. Yo
tengo unos vecinos a cuyo hermano ejecutaron aquí estos perros… Nunca han sido
los mismos. Es como si los hubieran matado a ellos…
-Duro, muy duro. –Respondió Ezequiel.
-Bueno; es lo que tienen los gringos… Unas
cosas muy buenas y otras muy malas. –Respondió el taxista, meditabundo.
-Ha llegado a su destino, señor.
Ezequiel, miró con curiosidad la casa; una
planta baja con jardín, con cierta categoría, pensó Ezequiel, aunque no
demasiado lujosa. No hay duda de que era una casa grande.
-¿Qué desea?. –La mujer, de unos cincuenta y
tantos años, bien parecida, con rostro amable, plantada ante Ezequiel.
-Buenas tardes, señora. Soy amigo de Hugo el
aviador y me ha dicho que…
-Pase. –Le interrumpió la mujer, dando la
presentación por absolutamente correcta- Si es amigo de Hugo, es bienvenido.
¿Cómo anda él?.
-Pues le dejé ahorita mismo en el aeropuerto
y me dijo que usted quizá podría alojarme, que era un lugar de confianza.
-Total confianza. –Respondió ella- Acá le
puedo proporcionar una habitación a precio económico y tratarle como si fuera
de la familia. A cambio, espero el mismo trato.
No me importa a lo que usted se dedique,
puede ser ladrón o narcotraficante o lo que quiera, pero… Aquí, respeto y
totalmente prohibido traer amigos o amigas y entrar en la casa nada ilegal…
Nada absolutamente que pueda provocar un registro de la policía… ¿Entiende?.
-Entiendo bien, señora.
-¿A qué se dedica usted?.
-Acabo de llegar de El Salvador y soy
pianista y cantante y trataré de encontrar aquí trabajo.
-Pues me parece, que aquí, le será difícil,
pero en fin… -Y abrió la puerta que daba al salón de la casa, lo que dejó
boquiabierto a Ezequiel:
En un lado de la sala, había un hermoso piano
de cola.
-Si lo desea, puede tocar el piano un ratito
cada día.
-¿Sabe usted música, señora?.
-Llámame María y sin tanta ceremonia, pero…
¡Ojo! Respeto… Mucho respeto. Y…No. No se música, aunque me encanta escucharla.
El piano, era de mi padre, que Dios lo tenga en su gloria.
-¿De dónde es usted, señora?... Perdón,
quería decir María.
-De Cuba. Algún día te explico. Hoy cenas
aquí, que yo te invito y te explico lo que tienes que pagar por el alojamiento.
A partir de mañana, tienes que hacer tus comidas fuera de la casa. Te mostraré
tu cuarto.
Y se acomodó Ezequiel y sin saber porqué
exactamente, sintió que estaba en su propia casa. Sintió calor de hogar.
CAPITULO XI
Cenó Ezequiel con María, los dos sentados en
el pequeño comedor que había junto al salón, charlando animadamente.
-Mañana, te indico como poner un anuncio en
El Diario De Las Américas, ofreciéndote como pianista cantante para actuar en
algún restaurante o bar.
Además, te explico dónde está el Victor’s
Club, acá en Miami para que preguntes allá.
-¿De qué conoce a Hugo, María?. –Inquirió
Ezequiel.
-Bueno, cuando era mas pobre se alojó aquí un
tiempecito… Después, encontró trabajo con algún negociante al parecer adinerado
(Lo digo porque se mueve en un Ferrari rojo como el fuego), de acá de Miami
y…Bien… Ahora se aloja en buenos hoteles…Aunque se acuerda de mí. Casi soy como
su familia.
-¿Y cómo fue que dejó Cuba, María?.
-Bueno, verás… -La cena se iba alargando y la
charla también. De hecho, había terminado la cena y ahora tocaba tomar unos
tragos.
-Cuando el Fidel Castro maldito ese, hizo la
revolución, mi padre, era pianista titular en la orquesta sinfónica de La
Habana.
Nunca se adaptó a aquello el pobre. Sufrió lo
indecible. Les pusieron en la orquesta a una especie de comisario político, un
espía de la revolución, para que nos entendamos, que mandaba en todo, humillaba
en todo y no sabía la diferencia entre una corchea y un compás. Mi papá siempre
decía que aquél individuo creía que una corchea (♫) era la esposa de un tapón
de corcho y un compás, lo que se utiliza para dibujar una circunferencia. Un
bruto, vamos.
Y el tipo odiaba a los músicos, porque sabía
que estaban muy bien educados y que habían actuado siempre para los ricos…
Cómo recuerdo a mi papá tocando a veces el
piano acompañando a una soprano en el salón del Hotel Nacional, junto al malecón…
Y a ella cantando a veces boleros y aquél que
decía “♫ Dos gardenias para ti, que tendrán todo el sabor, de un beso ♫” –Y
María suspiró melancólica y sorbió un poco mas de whisky.
-Buenos, recuerdos ¿Verdad?. –Respondió
Ezequiel y se sentó en al piano y… Cantó entera la hermosa canción “Dos
Gardenias” de la compositora cubana Isolina Carrillo.
Terminó Ezequiel, la magnífica
interpretación; que los músicos centroamericanos, tienen gran habilidad para
recordar y cantar canciones, sin necesidad de tener frente a ellos la partitura
ni la tabla de acordes, ni nada.
-Bella canción, ¿Verdad?. –Comentó Ezequiel
levantándose del piano.
-A mí me lo parece mas. Mi papá era amigo de
su autora, Isolina y yo la conocía personalmente. Ella fue bien famosa como
miembro del grupo musical “Las Trovadoras Del Cayo”…Que tiempos tan felices…
-No me terminó de contar cómo es que acabó en
Miami, María.- Comentó Ezequiel.
-Pues bien:
Mi papá, como te dije, nunca se adaptó a la
vida impuesta por aquél desgraciado, Fidel.
Así, que cuando ganó la revolución el Fidel,
la vida se le hizo muy difícil.
El siempre había sido respetado, como un gran
pianista y conocía muchas personas… Llevaba una vida agradable, pero…
-Se complicaron las cosas,¿No?. –Interrumpió
Ezequiel.
-Mas bien sí. –Respondió María- De pronto, la
orquesta se convirtió en un nido de espías, con la consiguiente “caza” de
enemigos de la revolución, según ellos.
Así que mi papá, no paraba de decir que él
quería marcharse a Miami.
Mi mamá, por el contrario, decía, que ella no
se veía capaz de vivir en otro lugar que no fuera Cuba, “de mi Cuba no me echa ni Fidel”, decía.
Así, que finalmente, un día, le dijo mi
padre: “mira, yo me quedaré aquí contigo y con María, siempre, pero si Dios
quiere que tú mueras antes que yo, al día siguiente de enterrarte, me marcharé
a Miami y me llevaré lo antes posible a María.
-Se sacrificó por la esposa, ¿Verdad?, -comentó
Ezequiel.
-Así fue y Dios quiso que mi mamá muriera
primero.
Cuando ella estaba muriendo, le dijo… Cumple
lo que dijiste, mi amor. Entiérrame y márchate.
Y así lo hizo mi padre. M envió con una tía
mía, hermana de mi madre, porque él no sabía exactamente cuando marcharía, y… A
los cinco días justos de enterrarla, mi padre, partió en una balsa, desde
Puerto Mariel.
-Y llego bien, se supone. –Terció Ezequiel.
-Bueno, no exactamente. Iban tres personas,
mi padre y otros dos en la balsa.
Cuando estaban unas cinco millas fuera de la
costa, les vio un barco de los malditos militares de Fidel…
-¿Y?. –Exequiel ya interesadísimo.
-Como tienen por costumbre en estos casos,
les hundieron la balsa, disparándoles y los dos compañeros de mi padre,
murieron.
A mi padre, le encarcelaron, durante tres
años.
Yo quedé viviendo con mi tía, una buenísima
persona y mi padre, pues cuando salió de aquella horrible cárcel, tardó pocos
días en embarcar de nuevo en otra balsa.
-¿Y llegó esta vez?.
-Si. Iban cuatro personas y una murió por el
camino. La tuvieron que lanzar al mar. Eso nunca lo olvidó mi padre.
El caso, que llegó a Miami comenzó a trabajar
tocando en algunos locales, me consiguió sacar de la Isla y aquí nos quedamos.
-Una buena aventura, María.
-Efectivamente, una buena aventura, Ezequiel.
¿Te parece que nos vayamos a dormir?.
Y se fueron a dormir, cada uno a su cuarto,
claro, que ya lo había advertido María: “Respeto, mucho respeto”.
CAPITULO XII
Ezequiel, estaba acostumbrado a moverse por
Santa Ana, allá en El Salvador. No tenía necesidad allí de un carro, ni de
ningún medio de transporte público o colectivo, pero… Miami, era Miami. Grande
del carajo y sin un carro, pues no eras nadie.
Tuvo que subirse a un autobús colectivo y,
eso en Miami, no es agradable. Es un transporte marginal. Poca frecuencia de
tránsito, por lo que hay que esperar mucho en las paradas… huele a sudor por el
calor y otras cosas… -Aquí solo viajan los negros. –Pensó Ezequiel, pero el
caso es que llegó a la redacción del Diario De Las Américas, puso el anuncio en
la sección de empleos, ofreciéndose y
después, se dirigió ya caminando a la
zona turística de Bayside, en el puerto.
Quedó boquiabierto viendo el barco en el que
según le explicaron, se rodó la película de “Motin A Bordo”, “La Bounty”… Paseó
y admiró toda aquella zona turística y entró a mirar, que no a gastar ni un
centavo en el “Hooters”.
Aquello del Hooters, le impactó, se comían alitas de pollo y las servían un
montón de muchachas jóvenes y extremadas, vistiendo o semi-vistiendo una ceñida
camiseta y un pantalón cortito… Era excitante.
Deambuló finalmente por Flagler Street y dio
con un pequeño centro comercial, donde había en la primera planta varios
puestos de comida rápida, así que se dijo… -Aquí almuerzo.
Se compró un plato de espaguetis con
meetballs, (Albóndigas) y se sentó a comerlas.
-Están deliciosas. –Pensó- Pero este ritmo de
gasto es mucho para mí. Tengo que trabajar rápidamente.
Y reparó que había un piano de cola en el
centro del comedor, donde un hombre, de unos cincuenta años, tocaba algunas
melodías, mediocremente, el pobre.
Terminó de disfrutar de sus meetballs,
Ezequiel y se acercó al pianista a platicar con él.
Se presentaron, platicaron…
-Mira Ezequiel, acá no está fácil el trabajo,
pero yo ya me siento mayor y puedo regresarme con mi familia a Guatemala. Te
hago un trato:
Tu me das milo Dólares que me hacen mucha
falta para completar mi presupuesto y yo te cedo mi puesto y tu te quedas acá…
-¿Tratas de estafarme?. –Respondió raudo
Ezequiel.
-Hablamos con el manager ahorita mismo si
quieres.- Respondió el pianista.
-¿Cuánta plata me sacaré acá?.-inquirió
Ezequiel.
-Bueno, mira. Tienes que venir cada día a las
doce del mediodía, para la hora de “lonchar”, quedándote hasta las tres de la
tarde.
El manager, te da gratis tu comida antes de
comenzar a tocar el piano a las doce y tú de propinas, que te van poniendo en
esta copa que tengo sobre el piano, te sacas cada día unos treinta Dólares…
-Te doy quinientos Dólares, -respondió
Ezequiel.
-Trato hecho. Como dicen acá “tenemos un
Deal”.- Respondió el pianista guatemalteco.
Hablaron con el manager y, al día siguiente,
ya tuvo su primer trabajo Ezequiel.
CAPITULO XIII
Regresó Ezequiel a su casa, o mejor dicho a
casa de María, su patrona, dándole la buena noticia.
-No creo, -comentó María, -que con eso vayas
a hacerte rico, amigo, pero por algo se comienza.
En cualquier caso, te tengo una buena
noticia, que te la daré esta noche mientras cenamos. Porque hoy, para
celebrarlo y como me gusta tanto platicar contigo, te invito a cenar los dos en
el “Boston Chicken”, ahí mismo en Miracle Mile.
Y, efectivamente, los dos subieron en el
viejo y vetusto carro de María.
La verdad, es que era tan viejo el carro, que
parecía que lo hubiera traído con ella desde Cuba.
Pero tenía unos asientos grandes y cómodos y
Ezequiel, se “apoltronó” en el asiento satisfecho.
Bueno, satisfecho, hasta que llegando ya a
Miracle mile, el carro comenzó a toser y dejó de funcionar.
Rápidamente, Ezequiel, salió del carró,
levantó el capó del motor y miró en el interior.
-¿Qué haces?. -Preguntó María.
-Bueno, mirar lo que le pasa. –Respondió
Ezequiel, comportándose como un gran experto en mecánica del automóvil.
-Todos hacemos lo mismo. –Respondió María.
Abrimos el capó y miramos dentro, simplemente, para no resolver nada, porque no
somos mecánicos.
-Si. –Respondió Ezequiel, -debe ser instintivo.
Rieron los dos y como que afortunadamente, se
encontraban frente a un taller de reparación de automóviles, propiedad de dos
hermanos cubanos y llamado “Conejo Brothers”, pues no tuvieron problema en que
les pusieran en marcha el carro otra vez.
Los hermanos “Conejo”, conocían muy bien el
carro de María, ya que les hacía frecuentes visitas con sus problemas en el
auto.
Visitas estas que iban acompañadas de una
retahíla de improperios contra Fidel Castro y su “revolución”. Se lo pasaban
bien compartiendo sobre eso.
Pagó María y continuaron a su destino: La
deliciosa cena.
La verdad, es que Miracle Mile, le encantó a
Ezequiel…
-Que bella avenida, María, -comentó.
-La calle principal de Coral Gables, ya ves;
parece que uno esté casi, casi en París…
-Bueno, yo no se como será París.
-Ya lo conocerás cuando seas un músico
famoso, hombre, -rió María.
Parquearon el carro, en una especie de patio,
junto al restaurante y se dirigieron caminando hacia la puerta.
Ezequiel, miraba hacia atrás, insistentemente…
-¿Qué pasa?, ¿Tienes miedo que te sigan?.
–Preguntó María.
-No, María, es que me sorprende que nadie se
quede vigilando el carro.
Es que en mi país, sería impensable dejar el
carro solo. Habrían uno o dos guardias armados, vigilando el parqueo…
-Olvídate ya, hombre, que no estás en El
Salvador.
-Parece mentira, -comentó Ezequiel, que a una
distancia de solo dos horas de vuelo prácticamente, pueda haber dos mundos tan
distintos…
-Solo una hora hay a Cuba, hermano y la
diferencia es mucho mayor. –Respondió María.
-Allí, también habrá que vigilar el carro,
-argumentó Ezequiel.
-¡Coño!, Ezequiel, respondió María
irrespetuosa. –Allí ni hay carro, ni hay restaurante para comer… Por lo menos
si eres cubano.
Y ya no escuchó mas a Ezequiel y empujó
la puerta de cristal del restaurante.
-Es curioso, -comentó María, -mirar las caras
de las personas en estos lugares de comida rápida donde tu mismo la pides.
Fíjate que la gente está en la cola, esperando su turno, con cara seria,
impaciente.
-Si. –Respondió, Ezequiel, -hasta parecen
enfadados.
-Pero date cuenta, que cuando abandonan la
cola, ya con su bandeja de comida en las manos, parecen contentos, ¿Eh?...
-Cuan cierto, María.
-Lo mismo ocurre, si me permites la grosería,
poco conveniente proviniendo de una dama como yo, -y alzó la cabeza presumida,
-cuando una persona está esperando para entrar en la toalet. Tiene la cara,
como de preocupación, como de urgencia. Sale, después de usar el baño y…
¡Mira!, a esa misma persona, pues ya le cambió la cara, está distendida,
relajada, sin prisas…
-María, -respondió Ezequiel, -se fija en unas
cosas.
-Déjame pedir la comida para los dos.
–Respondió ella –Y luego seguimos con la plática.
Y efectivamente, pidió pollo con espinacas
para los dos y se dirigieron a la mesa.
-Fíjate, -continuó María, -que mirando a la
cara de una persona, enseguida obtienes, si eres observador, dos informaciones
muy importantes para ti y para planear tu comportamiento con la persona:
Primero: El estado de ánimo de la persona,
inconfundible. Es como en los dibujos animados; si tiene la boca formando una
curva con las puntas hacia arriba, está contenta, si las tiene hacia abajo,
está enfadada… Y mas cosas.
Segundo: Si abre los ojos algo mas de lo que
sería normal, le interesas y…
Mira la muchacha que se nos acerca. Nos acaba
de ver y tiene los extremos de la boca, curvados hacia arriba y te está mirando
con los ojos brillantes y bien abiertos… Vamos bien.
Y miró Ezequiel a la muchacha, que se
acercaba a ellos…
Era una especie de ejemplar de
centroamericana, un tercio blanca, un tercio negra, un tercio india… Vamos como
la que define Julio Iglesias en una de sus canciones que tanto gustaba de
cantar Ezequiel…
♫Tiene cosas de blanca,
tiene cosas de negra,
tiene cosas de india,
bendita mezcla que da esta tierra♫
Y les saludó la muchacha.
-Hola, María… Y compañía.
-Hola, Lucita. Siéntate, por favor. Este es
mi huésped y amigo, Ezequiel.
-Gusto en conocerte, Ezequiel. –Respondió
ella.
Pero en realidad, el gusto, era de Ezequiel,
que había quedado algo así como deslumbrado.
Y la luz brillante de las pupilas de Lucita,
reflejaban en los ojos de Ezequiel y retornaban proyectadas hacia atrás sobre
los propios ojos de Lucita otra vez. Rebotaban de nuevo y se proyectaban de nuevo
en los de Ezequiel.
Era como una reacción en cadena. La energía
luminosa, iba de los ojos de uno a los del otro y se iba incrementando, de tal
forma, que probablemente, los ojos de ambos hubieran acabado quemados, de no
ser porque María, alucinada por tal manifestación de energía lumínica,
interrumpió. –¿Porqué no vas a por algo de comida, Lucita?.
Parpadeó Lucita y asintió, marchando hacia la
cola para pedir su cena.
-¡Ezequiel!, -casi gritó María. Os habéis
enamorado.
-Vamos, María, no diga eso.
-Que si que si. Que yo se ver estas cosas. Se
os han dilatado a los dos las pupilas. Además de un nuevo trabajo, igual
conseguiste una esposa, chamo.
-Increíble lo rápido que piensa Ud.,María.
CAPITULO XIV
Lucita, regresó a la mesa y comenzó a hablar:
-Bueno, Ezequiel, no se si te contó ya María.
-Nada me contó, -respondió éste.
-Pues muy mal hecho, porque me hubiera
ahorrado palabrería. Bueno. Tengo un negocio de organizar bodas y casamientos y
todo eso. También fiestas de
quinceañera, ya sabes.
Bueno, las fiestas que se hacen para celebrar
que la niña llega a mujer, a los quince años, que acá en Miami, se celebran
tanto o mas que en nuestros países.
-Bueno; en realidad, cuando alcanzan los
quince años, ya todas tienen experiencia de mujer, hoy en día. –Comentó
inapropiadamente María.
-María, -interrumpió Ezequiel -es usted a
veces un poco “bruta”, con perdón.
-No, no, sin perdón, hijo, es que lo soy. Hoy
en día, cuando veo la actitud de las niñas, de menos de quince…
-Bueno, -siguió Lucita -el caso, es que para
el próximo domingo en la tarde, tenemos una fiesta de quince años y necesitamos
alguien que cante algo y se acompañe con guitarra o piano y he pensado que
podrías ser tú, Ezequiel, porque un par de conocidos que tenía para esos menesteres,
me han desaparecido.
-¿Hay piano en el local?. –Inquirió Ezequiel.
-Si. Y equipo de sonido y de todo. Es en ese
restaurante que parece La Giralda de Sevilla. –Respondió Lucita.
Trataron el precio y quedaron para el
domingo, a las tres de la tarde, en que Ezequiel iría al lugar para ensayar un
poco y probar el sonido.
-Bueno, -dijo María, -ya comienzas a tener
algún ingreso de plata suplementario, Ezequiel… Estás a un paso de la riqueza.
-Rieron todos y cenaron platicando sobre sus
respectivos países.
Lucita, provenía de Colombia concretamente,
de Cúcuta, una pequeña población, en la línea fronteriza por el Este de Colombia,
con el Oeste de Venezuela.
-Y que hacías allá, -preguntó Ezequiel.
-Lo que casi todo el mundo. Trapichear con
contrabando hacia y desde el primer pueblo que había venezolano, que es San
Cristóbal.
-Pues con el contrabando, vivirías bien,
¿Cómo que te viniste?. –Se interesó Ezequiel.
-Bueno, como todas las ciudades fronterizas
de mucho contrabando, tu sabes, hay también mucha delincuencia, muchos ladrones
y muchos policías, que todo viene a ser lo mismo. Tenía su peligro.
-¿Y no tenías algún policía o algún ladrón
que te protegiera?. –Ezequiel mas que interesado, interesadísimo.
-Si. Tenía un policía… Bueno, en realidad un
ladrón. Vivía de lo que robaba abusando de su posición de policía, pero… Un
día, creo yo que sería porque se confió, fue hacia una víctima inapropiada…
Quizá quiso ir a robar demasiado “alto”…No se, pero acabó mal.
-¿Cómo de mal?. –Ya el interés de Ezequiel,
era desmesurado. Le interesaba la historia de Lucita, le interesaban sus ojos…
Le interesaba todo de ella…
-No se como te parecerá a ti de mal, que un
día, en la puerta de la casa de su mamá, depositaran su cabeza y en la casa de
su papá, que estaban separados, depositaran su cuerpo. –Respondió Lucita.
Y yo, que no sabía exactamente lo que había
pasado, pero que todo el mundo sabía que estaba relacionada con él, pues decidí
que era un buen momento para salir corriendo de allá; no fuera a ser que
quisieran continuar la fiesta de las decapitaciones conmigo, ¿Sabes?.
–Respondió Lucita, que no parecía demasiado afectada.
-Así, que acudí a otro amigo, Hugo, el amigo
de María… Le conoces?.
-Oh, si, le conozco, -respondió Ezequiel.
-Pues me arregló todo, me trajo, me alojé en
casa de María y aquí estoy.
-¿Y como consiguió Hugo traerte?. –Preguntó
Ezequiel.
-Hugo lo consigue todo. –Terció María.
-Me metió en su avioneta debajo de la carga
que a fin de cuentas, tan ilegal iba yo como la carga y me pasó a Venezuela,
donde finalmente, me presentó a alguien de la Embajada Americana, que… Fíjate
tu que siendo yo colombiana y estando en Venezuela, me arregló el visado…
-Como puede ser eso?. –Casi interrumpió
Ezequiel.
-Se levantó Lucita, adoptó una posición sexy
y dijo…
-¿Aún no te has dado cuenta de lo bella que
soy?... Este cuerpo, lo consigue todo.
-No me extraña. -Respondió casi murmurando
Ezequiel, que la imaginaba como princesa inocente…
Y nuestro hombre, se sintió por un momento
decepcionado. No era una princesa inocente, quizá era un poco o un mucho
“zorra”.
Esto produjo un cambio importante en las
hormonas y en los pensamientos de Ezequiel. Ya no la veía como algo a lo que
amar… Sintió que algo crecía en su interior. Deseo sexual salvaje.
-También está bien eso. –Pensó en voz medio
alta, Ezequiel.
CAPITULO XV
-Te ha alterado Lucita, ¿Eh?. –Comentó María
ya en el carro, cuando Ezequiel y ella regresaban a la casa.
-No,
no creas… -Ya Ezequiel, menos comedido que anteriormente por la presencia
de Lucita, volvía a tutear a María, como esta le había ordenado días atrás.
-Si. Te ha alterado. Ten cuidado. Puede ser peligrosa. Piensa en
ella como objeto sexual que a lo mejor consigues. Ni se te ocurra enamorarte.
-¿Hay que tenerle miedo?. –Preguntó Ezequiel.
-Mas que a ella, a su entorno. –Respondió
seria y algo enigmática María.
Y llegaron a casa de María y, como solían
hacer algunas veces, tomaron una copa y charlaron.
-Ezequiel, eres un hombre interesante.
-Gracias, María, más lo eres tú.
-Mira Ezequiel, tengo ya una edad, pero
también tengo soledad y tú, pues tienes mucho deseo de Lucita y yo…
Se acercó a él.
-María, yo…
-No digas, nada. Vente a mi cuarto, hagamos
el amor solo esta noche, de momento y, recuerda: Respeto, mucho respeto.
Y se pasaron la noche respetándose el uno al
otro. Ezequiel, andaba necesitado, que ya no tenía a su servicio a las
prostitutas gratis o casi gratis que tuvo en Santa Ana, cuando era el músico
figura en el hotel en que trabajaba.
Y María, pues tenía una mezcla de deseo
sexual y ternura maternal.
No hay duda de que Ezequiel dio satisfacción
a María.
Lo notó el, al día siguiente, en el desayuno
que le sirvió. Era mucho mas generoso. Nunca sabremos porqué. Si quizá por
premiarle el buen trabajo sexual, o porque pensó María que necesitaba
fortalecerlo tras el exceso, para que estuviera fuerte y vigoroso para la
siguiente vez… ¿Quién sabe?.
Lo cierto es que ese día, Ezequiel, tuvo
dificultades para cantar en el restaurante a la hora del Lunch.
Un cantante, lo mismo que un boxeador, debe
cuidar eso de los excesos sexuales, si quiere hacer bien su trabajo.
Porque hay que hacer fuerza con el diafragma
para apoyar la voz y lanzarla hacia las fosas nasales. Si la fuerza falla, el
boxeador recibe puñetazos y el cantante, no recibe aplausos.
Afortunadamente, Ezequiel, lo que sabía de
música, fuera mucho o fuera poco, lo manejaba bien.
Así que de memoria, casi sin pensar, iba
bajando dos semitonos todas las canciones que cantaba, para lograr “alcanzar”.
No le salió mal. Recogió tantas propinas como
siempre.
Por la tarde, se dio un paseo en el puerto,
por Bayside, curioseó por las tiendas y cuando comenzó a sentir hambre, pues se
compró en una de las tiendas de comida del primer piso del centro comercial, un
plato combinado con ensalada y un poco de carne.
Estaba solitario el lugar. Se sentó en una
mesa y, frente a él dos mesas mas allá, se sentó también un hombre, de unos
cincuenta años, vestido informal, de turista, pero que desprendía cierta
elegancia. Saludó cortésmente a Ezequiel.
-Este es Argentino, -pensó Ezequiel por el
acento, tras responderle al saluldo.
Vemos a una persona, e inmediatamente
establecemos una relación subconsciente. Nos gusta esa persona y le gustamos y
eso se nota en la sonrisa y el saludo.
Así, que a Ezequiel, el Argentino le pareció
un hombre correcto y el otro pensó lo mismo a la inversa respecto a nuestro
protagonista.
Nada habían hablado, cuando por la puerta
procedente del teatro al aire libre de Bayside, apareció un tipo negro.
Ambos, Ezequiel y el Argentino, le miraron
por un momento y después se miraron ellos.
El negro, vestía, si es que eso se puede
definir como vestir, un pantalón oscuro tan sucio, tan lleno de “ketsup” y
mahonesa resecos, con tanta antigüedad sin lavados intermedios, que cuando
doblaba las rodillas al caminar, los pantalones “crujían” cual objeto
semisólido.
Se acercó al Argentino y le pidió medio por
señas comida.
Ezequiel, observaba y callaba.
El Argentino, se levantó, fue al mostrador de
venta de comida y pidió y pagó un plato de comida y se lo dio al negro.
Sentose el negro en la mesa intermedia que se
encontraba vacía, entre Ezequiel y el Argentino y comenzó a comer con las
manos.
El estilo empleado en la ingesta de la
comida, era aproximadamente, el mismo que emplearía un cerdo. No había ninguna
diferencia, con el estilo de comer que tendrían sus antepasados en África. Estaba
desbordado por el hambre. De eso no había duda.
De reojo, vio Ezequiel, como el empleado que
les había vendido la comida llamaba por teléfono. Ya pensó a quien estaba
llamando.
Efectivamente, al cabo de un momento, llegó
al lugar un Guardia de Seguridad.
Tenía el aspecto de John Wayne, cuando en
cualquier película del Far West, se disponía a sacar su revolver.
Se plantó junto al negro y le espetó, serio,
chulo, con el convencimiento de que era el protagonista de “Ley y Orden “ y
“CSI Miami” e incluso de “Miami Vice”.
-You! Get Out!. ( Tu, Fuera).
El negro, ni levantó la mirada, solo le miró
a los pies y se levantó con humildad, con resignación…
El Argentino, quiso hablar, pero Ezequiel,
con una mirada, le comunicó suficientemente al susodicho Argentino que se
mantuviera al margen. Era un buen consejo.
El negro, comenzó a caminar hacia la puerta
de salida hacia el teatro y el “John Wayne”, le espetó con voz alta y
autoritaria:
-¿No te llevas tu comida?. ¿Es que no tienes
hambre?.
Se giró el negro y ya el Argentino, había
agarrado el plato con la comida y se lo entregó al pobre diablo.
Se marchó “John Wayne” y comentó Ezequiel:
-¡Que triste!. Ese negro, desde que nació
solo ha oído decir “You, Get Out”.
Claro que si le preguntamos al guardia, dirá
que está harto de negros.
-Todo es como una gran mierda. –Dijo el
Argentino.
-No crea, -respondió Ezequiel. Yo disfruto
cantando y además, ayer, tuve sexo.
-¿Viste?. –Respondió el Argentino. Todo
arreglado.
Y Ezequiel, volvió para casa de María,
haciendo mil meditaciones filosóficas, sobre eso de que la vida era una mierda,
sobre los negros, sobre los blancos, sobre el cuerpo “riquísimo” de Lucita…
Cualquiera sabe.
-Bueno. –Pensó –Lo cierto es que el domingo
me gano doscientos Dólares extras.
Poco imaginaba que el domingo, … Bueno, ya se
verá el domingo.
CAPITULO XVI
El domingo no trabajaba en el restaurante
Ezequiel.
Aquello era el “Down Town”, el lugar de
negocios. Ese centro de Miami, estaba desierto, porque allí no vive nadie.
Así que Ezequiel, pasó la mañana en el jardín
de casa de María tomando el sol y esperando la hora para vestirse un poco adecuadamente
e ir a dar su “concierto” en la fiesta de la quinceañera.
Coral Gables, es un barrio de Miami que fue
diseñado por George Merrick en 1920. Merrick decidió comprar 4.000 hectáreas de
terreno y crear un barrio perfecto, su sueño era diseñar la ciudad más hermosa
del mundo inspirándose en las casas mediterráneas.
Y lo consiguió sin duda.
Muchas de sus calles, llevan nombres de
ciudades de España y el Hotel Biltmore, imita a la emblemática Giralda de
Sevilla, con gran acierto.
Al llegar al hotel, junto a María, que le llevaba en su carro,
Ezequiel, quedó impresionado.
Ya en el interior, al ingresar en el salón
donde se celebraría la fiesta, alucinó
ante tanta belleza.
Entró en la sala, muy temprano, puesto que
quería ensayar algo y ya Lucita, salió a su encuentro.
Se saludaron, efusivamente y Lucita le indicó
que se preparara como estimara conveniente.
Así que Ezequiel, se sentó al piano, tras
asesorarse por el técnico que se encargaba de esos menesteres y comenzó a tocar
un poco el piano y a cantar para irse
preparando.
Nunca había estado enamorado de Carmen, la
pobre prostituta a la que mató el indeseable del Embajador Americano, allá en
Santa Ana, en El Salvador, que parecía ahora tan lejano, pero, sí le había
tenido cariño.
Y cantó pensando en ella, Ezequiel, casi
dedicándole la canción, por si le oía desde alguna parte…
♫ “Ya no estás mas a mi lado, corazón,
En el alma, solo tengo soledad,
Y si ya no puedo verte,
¿Qué poder me hizo quererte?…
Para hacerme sufrir mas” ♫.
-Que bello bolero… Lo compuso Carlos Almarán.
–Dijo Lucita, acercándose al piano, sobre el que se apoyó, escuchando
emocionada a Ezequiel…
Y se puso a cantar con Ezequiel, aunque no
muy bien, la verdad; un intento como el de Salma Hayeck, cuando la cantó o “malcantó”
acompañando a Florent Pagmy.
Lo cierto, es que los dos se emocionaron y la
canción, se interrumpió cuando Lucita casi se abalanzó sobre él, besándole en
la boca.
Tembló el piano y también ellos.
CAPITULO XVII
Don Fernando, el cacique de Santa Ana, estaba
eufórico, con los preparativos.
Esta gente, mafiosa y cruel, tienen eso, que
luego con la familia, son mas buenos que el pan.
Así, que para Don Fernando, su hija, Rita,
era lo mas importante de su vida… Bueno, lo mas importante, en la familia,
aparte del crimen organizado, el robo, la intimidación, la incitación a la
prevaricación de los funcionarios del gobierno y todas esas pequeñeces.
Así, que había decidido viajar a Miami, con
mucha ilusión y además de con mucha ilusión, con muchos amigos y secuaces,
además de su esposa, sus familiares y por su puesto, su hija, Rita que era “la
Estrella”.
Había rentado un avión vetusto, un DC9, que
ya tenía aparcado en el Aeródromo de Ipolango, que siempre le había gustado
mucho a Don Fernando, no solo por estar mas cerca de Santa Ana, que el
Aeropuerto Internacional de Comalapa, sino porque era mas tranquilo, sobre todo
para operar con “cosas raras” y cuyos funcionarios, eran auténticos sirvientes
de Don Fernando.
En dos autobuses, elegantes, viajaron hasta
el Aeródromo, todos los invitados, uniéndoseles en el mismo aeródromo, el
Embajador Americano, que llegaba, solo, sin familia, solamente acompañado de
dos de sus guardaespaldas fornidos, que solían acompañarle siempre en cualquier
salida de la Embajada Americana.
Hugo, estaba pletórico y satisfecho, dándole
el último vistazo al avión, que él mismo pilotaría, acompañado de un sobrino de
Don Fernando que estaba aprendiendo a volar, recién sacada su licencia de
piloto privado.
Todo estaba en orden.
Hugo, le fue explicando cosas sobre el
chequeo prevuelo del avión a su aprendiz, le fue enseñando el procedimiento de
arranque de las turbinas y le resumió la lista de chequeo previo al aterrizaje…
-Por si me pasara algo. Ya has hecho unas
tomas y despegues y no tendrías problema… Espero.
El avión, aceleró por la pista, alcanzó las
ciento treinta millas de velocidad y levantó el morro hacia el cielo…
Recogió Hugo el tren de aterrizaje, después
los flaps, ajustó el compensador del timón de altura y se relajó, mientras que
iniciaba un viraje y ponía rumbo de veinte grados para cruzar Honduras y
después subir rozando la costa Este de la Península de Yucatán, para evitar el
sobrevuelo de Cuba.
Tan pronto se estabilizaron, comenzó en el avión
la fiesta.
Todos, incluidos Hugo y su piloto aprendiz,
bebieron y tomaron cuanto alcohol quisieron y aquello se convirtió en un
auténtico desmadre, tal como era de esperar.
Aunque justo es reconocer que Hugo, era un
tipo con la cabeza bien sentada y se emborrachó… Lo justo para mantenerse
suficientemente lúcido para pilotar la aeronave. Sabía donde estaba su límite.
Afortunadamente, Don Fernando, había sido
precavido y había ordenado a Hugo que pusieran el mamparo de separación entre
dos clases, de forma que las mujeres quedaron sentadas en la parte de atrás y
con la cortina corrida y los hombres delante, emborrachándose como animales.
Mala expresión esta, que acostumbramos a decir a veces, porque de todos es
sabido que los animales, por lo regular, no se emborrachan, salvo que se les
obligue a beber alcohol.
También en el departamento trasero del avión,
corría el alcohol, que no porque fueran mujeres, iban a ser menos “machos” para
enfrentarse a la bebida. Así, que estaban la mayoría bien tomadas.
La bebida, provoca comportamientos distintos
dependiendo de la persona que la toma… En exceso.
Unos se ponen cariñosos en demasía, otros
tristes, otros alegres y otros… Groseros y violentos.
Y este último, era el caso de Ramón. Amigo de
conveniencia de Don Fernando, porque era encargado de los hangares de depósito
de mercancías en la aduana del aeropuerto de Ipolongo.
A una orden de Don Fernando, Ramón, actuaba
como fuera debido para relajar la vigilancia en el aeródromo y facilitar las
labores de los hombres de Don Fernando.
Así, que aunque no era de categoría, aunque
estaba en el límite que separaba a los “invitables” de los “no invitables” para
la fiesta a la que acudían, Don Fernando, había sido generoso y le había
invitado.
Tenía esposa, este tal Ramón, pero había
preferido ir solo para “guarrear” mas cómodamente.
Y el guarreo, pues fue algo excedido, así que
pasó la cortina que separaba los departamentos bien diferenciados de hombres y
mujeres, durante el vuelo y comenzó a “bromear con las chicas”.
Y además de bromear, bebió aún mas y las
chicas, también borrachas, pues le excitaban y le provocaban y…
Y regresó al departamento de hombres,
comentando con voz no lo suficientemente controlada, sin duda por la
borrachera:
-Que buena está Rita. (La hija de Don
Fernando). A esa la “cogía” yo y…
Y precisamente uno de los corpulentos guardaespaldas
del Embajador Americano, le agarró por la pechera de su guayabera y le tapó
violentamente la boca, lanzándolo sobre uno de los asientos del avión.
La mayoría, ni se percataron de ello. Don
Fernando, sí. Lo había oído claramente. Nada dijo.
CAPITULO XVIII
Todos hemos oído a las aeromozas poco antes
de iniciar el descenso hacia un aeropuerto, lo típico de “Recojan sus bandejas,
pongan el asiento en posición vertical”, Etc. Etc.
Aquí, no cabían esas advertencias.
Sencillamente, aterrizaron con las bandejas
de los asientos extendidas y llenas de bebida y comida, con los pasajeros, la
mayoría sin ni ajustarse el cinturón de seguridad… En fin… Un aterrizaje muy
especial.
-“Runway clear”. –Confirmó Hugo, hablándole al micrófono, aunque en realidad a quien se lo
estaba diciendo era al controlador del aeropuerto de Opalocka, pocas millas al Norte de Miami.
Fue dirigido a la zona de aparcamiento y
allí, tras abrir la puerta trasera, fueron bajando por la escalerilla y los
hombres, lo fueron haciendo a su vez, por la puerta delantera.
Don Fernando, se quedó rezagado junto a la
puerta de la cabina de los pilotos, dejó que fueran saliendo los hombres y
cuando llegó a su altura Ramón, con ojos fríos como el hielo, le dijo:
No hay fiesta para ti. Te quedas en el avión.
Don Fernando, personalmente, les pidió las
esposas o manillas a los dos guardaespaldas del Embajador, y le esposó en el
pasillo del avión, estirado en el suelo y sujeto a los herrajes de dos de los
asientos del lado derecho e izquierdo del pasillo central.
-Aquí te quedas hasta que volvamos. Y ya
hablaremos cuando yo regrese. Tus necesidades, te las haces encima, que con
gusto pagaré el lavado del avión. ¡Hugo!, -casi gritó Don Fernando- cierra
completamente el avión y nos vamos.
Hugo, asintió con respeto, porque a Don
Fernando y más en esa situación, había que tratarlo con respeto y ni mirarlo a
los ojos.
Y tras abandonar todos el avión, cerró las
puertas.
Y en los autobuses que habían sido
contratados, marcharon todos del aeropuerto hacia Miami, a alojarse
directamente en el Hotel Biltmore.
Don Fernando, sabía dirigir sus pensamientos.
Así que no permitió que el pequeño incidente le amargara o le cambiara el
humor. Volvió a sonreír y a esperar con ilusión la fiesta.
CAPITULO XIX
Don Fernando y toda la comitiva, habían
llegado al hotel, justamente el día antes de la fiesta, por lo que obviamente
estaban ya allí, en sus habitaciones la mayoría preparándose y ataviándose
convenientemente, mientras Ezequiel y Lucita, tonteaban junto al piano…
Ezequiel, aún estaba conmocionado por el beso
de Lucita. El estaba acostumbrado a sus desahogos con prostitutas, algunas de
ellas encariñadas con él y él con ellas, en el hotel de Santa Ana. Mas aún con
Carmen, a la que mató el Embajador, pero esto con Lucita, había sido distinto.
Ahí, además del instinto sexual y el cariño,
había intervenido también algo parecido al amor, a la sintonía… Había surgido
algo importante.
Aunque María, le había advertido que tuviera
cuidado con ella, con Lucita, que podía resultar peligrosa.
-Si. –Murmuró Ezequiel- Ella y su entorno, me
dijo.
-¡Lucita!. La mas hermosa de América y parte
del extranjero… Ven a mis brazos. –Hugo vociferando desde la puerta de entrada
al salón.
Lucita, reaccionó de inmediato; dio la espalda
a Ezequiel y corrió por el salón, atravesándolo y lanzándose como una felina
hacia Hugo, abrazándole y quedando colgada de él, con su piernas envolviéndole
la cintura.
Pero a Ezequiel, no le impresionó el abrazo,
no; le impresionó mas el beso. Le besó con la misma pasión que le acababa de
besar a él. No había diferencia.
Y Hugo, pues apartó a Lucita, casi sin darle
ya mas importancia. Ya había hecho el tonteo con ella y miró a Ezequiel.
-Amigo. Que gusto verte de nuevo. Por fin te
voy a oír cantar y voy a bailar con Lucita a tu son.
Asintió Ezequiel sin mucho entusiasmo. Se levantó de la banqueta del piano, estrechó la mano de Hugo y dijo -Bueno, me voy a comer algo y a esperar la hora de la música.
-Después nos vemos. –Dijeron casi al unísono
Hugo y Lucita, que salieron del salón, bien agarraditos.
La comida, a la que no asistió lógicamente
Ezequiel, comenzó en el Restaurante Fontana, situado en el patio italiano del
hotel.
Ezequiel, comió con los técnicos y otros
colaboradores en un modesto comedor, aunque eso si; la misma o parecida comida
de lujo que los asistentes a la fiesta. Que Don Fernando, era muy paternal y
muy exquisito en esas cosas de “tratar bien a los empleados”.
En “La Fontana”, Don Fernando, su esposa y su
hija, Rita, se sentaron en la mesa que podríamos llamar Presidencial, junto con
el Embajador Americano, que era alguien a quien cuidaba mucho Don Fernando.
Todas las mesas, habían sido colocadas
exquisita y estratégicamente, de forma que todos los comensales pudieran ver bien
a la protagonista de la fiesta: Rita.
Al mismo tiempo, cuando Don Fernando se
levantara a brindar y soltar el discurso pesado, que todos reirían con
muchísimo interés, todos podrían verle por igual.
Ezequiel, llegada ya la hora de los discursos
y como le habían indicado, se acercó al salón, se sentó en el piano y aguardó
su turno, respetuosamente.
Fue entonces, cuando por primera vez, se dio
cuenta Ezequiel, porque le vio a lo lejos, de que el organizador de la fiesta,
era nada menos que Don Fernando. El que le hizo huir de El Salvador.
Y a su lado, el maldito Embajador. El asesino
de su amiga Carmen.
Le temblaron las piernas a Ezequiel. Tentado
estuvo de desaparecer y que no le vieran, aunque acto seguido, pensó -¿Y
qué?... En Este país, no pueden hacerme nada… Creo yo.
Así, que se hizo fuerte y pensó, -Yo me
mantengo en lo mío y a ver si se atreven.
Y habló Don Fernando, ajeno a la presencia de
Ezequiel, solemne, dispuesto a impresionar.
-Queridos amigos:
Cuando mi querida esposa, (Susurros; todos
sabían que había tenido y tenía muchas “queridas”, que no eran precisamente “su
querida esposa”) me dijo, hace ya dieciséis años casi, que estaba en estado de buena esperanza,
pensé inmediatamente en un hijo, que siguiera mis pasos en el negocio y me
ayudara cuando yo fuera envejeciendo.
A los pocos meses, gracias a esos terribles
inventos modernos, un sonograma o ecografía, como queráis llamarle, me hizo
palidecer. Era un niña lo que venía.
Me sentí tan mal, que tuve tentaciones de
darle una buena golpiza a mi esposa. –Silencio hasta que Don Fernando rió
estrepitosamente su gracia- Es broma, amigos.
Ya todos se consideraron autorizados a reír a
carcajadas para celebrar la gracia y halagarle.
Nació la niña y debo confesar que nunca he
sido cariñoso con ella.
A la decepción por su sexo femenino, por el
hecho de que no podría ser mi colaboradora, porque lógicamente le faltaría
“hombría” para los negocios… -Nuevas risas aduladoras- Se unió la preocupación
por el hecho de que fuera mujer y tuviera que vigilar que ningún atrevido se le
acercara.
Eso me hubiera llevado a mancharme las manos
de sangre… Del atrevido, claro. –muchas mas risas rastreras- Maldije su nacimiento.
La esposa de Don Fernando, estaba pálida, los
invitados, con cierta incomodidad, la niña, Rita, alumbraba unas lágrimas.
-Rita, hija: Eres lo que mas quiero en el
mundo. Eres bella, eres seria, eres educada, tienes buenos sentimientos,
quieres a tu familia y además, me quieres a mí, que lo sé, aunque yo no te haya
mostrado cariño. Tu padre te adora, Rita.
Se acercó a su hija y la abrazó, como
probablemente no había hecho nunca. Tanto se emocionó el “bueno” de Don
Fernando, que apunto estuvo de abrazar también a su esposa, aunque se contuvo,
porque en la sala, entre los invitados, había no menos de dos esposas de otros,
con las que había hecho el amor con gran pasión y le dio vergüenza que le
vieran abrazar a su esposa como un “blando”.
-Ya eres una mujer, -prosiguió- y espero que
algún día un buen hombre te haga feliz… cuando yo muera, porque si viviendo yo
se te acerca un hombre… Lo mato. –Rió de nuevo y recibió grandes aplausos.
-Ahora, quiero hablar de otras cosas. –Continuó
Don Fernando- Quiero referirme a las muchas personas que colaboran conmigo en
mi duro trabajo, que como sabéis consiste de alguna forma en proporcionar
alimentos a precio justo a muchas personas.
Era curioso como conseguía el “precio justo”.
Consistía en romperle las piernas o el alma a quien tratara de hacerle la mas
mínima competencia, no solo en el negocio del suministro de cereales, sino
mayormente en el suministro de artículos de contrabando, de licencias y
permisos del Gobierno, Etc.,Etc.
-He recibido mucho apoyo del Señor Embajador,
para el que pido un fuerte aplauso. (¡Faltaría mas!. Obediencia ciega y
grandísimo aplauso).
El Embajador, en realidad, colaboraba con él,
falsificándole y sellándole con imprentilla oficial de la Embajada, cualquier
documento de importación de maquinaria carísima procedente de Estados Unidos.
Vamos, era un secuaz para el contrabando.
-Por otro lado, mi amigo Hugo, que como
sabéis es el experto piloto que nos ha traído hasta acá, es para mí un
excepcional colaborador y un amigo. Mas que eso. Un hijo.
Efectivamente, donde no llegaban los permisos
amañados del Embajador, llegaba un vuelo ilegal cargado con “lo que fuera” pilotado por Hugo, con agallas y
eficacia, que era capaz de detener una avioneta en cualquier parcela pequeña de
tierra plana, descargar y despegar, sin que se enterara ni El Cielo.
A los funcionarios de nuestro Gobierno que
hoy he invitado aquí, que tan desinteresadamente me ayudan… -Nuevo estallido de
risas, ya que todos sabían lo “desinteresados” que eran los funcionarios.
En fin, que a todos muchísimas gracias.
Se sentó Don Fernando, emocionado e hizo un
gesto a Lucita, que atendía a todos con gran esmero para que comenzara la
música.
Fue Lucita hacia el piano y dio instrucciones
a Ezequiel, que inició su actuación tocando un “vals”, para que iniciaran el
baile y después, casi desafiante, cantó un tango que venía al pelo:
♫Hoy resulta que es lo mismo,
ser
derecho que traidor,
ignorante, sabio chorro,
generoso o estafador.
Todo
es lo mismo,
nada
es mejor, lo mismo un burro,
que
un gran profesor.
No
hay aplazaos ni escalafón,
los
inmorales, nos han igualao.
Si
uno vive en la impostura
y
otro roba en su ambición,
da lo
mismo que sea cura, colchonero,
Rey
de bastos, caradura o polizón.
Que
falta de respeto,
que
atropello a la razón.
Cualquiera es un señor,
Cualquiera es un ladrón.♫
Aplausos y a continuación, Don Fernando,
dirigió la mirada hacia el pianista, lejano sobre una tarima al fondo del
restaurante y fue cuando le reconoció.
-¡Maldito hijo de puta!.- Y fue apresurado
hacia el Embajador- ¿Es que no has visto al pianista ese?.
Cayó en la cuenta el Embajador y respondió
tajante -Mátale.
-No en tu país, amigo.
Fue hacia Hugo, Don Fernando, encolerizado,
pero al avanzar hacia él, fue cambiando la cara, fue ralentizando el paso…
-Este tipo tiene agallas, quizá puede servirme.
Se dirigió pues Don Fernando a Hugo y le
preguntó sobre el pianista, sobre cómo le había conocido… Todos los pormenores.
-Bien. Este tipo, puede valernos y mucho.
Solo habrá que domesticarle. No hay duda de que él me ha conocido perfectamente
y fíjate con que temple ha cantado “contra mi”. Se siente seguro acá. Dile que
quiero hablar con él.
Y Hugo, se acercó a Ezequiel, le dijo que
hiciera una pausa en sus canciones y que se acercara a la mesa de Don Fernando.
-Mira, amigo Ezequiel: Ya Don Fernando me ha
explicado vuestro tropiezo. Lo pasado, pasado está. Te ve como un hombre
valiente y eso, él, lo admira mucho. Quiere hablar contigo.
No estaba ya Ezequiel muy seguro, había sido
mucho su atrevimiento, pero… Sería una buena oportunidad para vengar la muerte
de Carmen y todo lo amargo vivido, poder gozar de la confianza de Don Fernando.
Además, gracias al tal Don Fernando y al
Embajador, él había emprendido una nueva vida en la que estaba adquiriendo gran
experiencia. Algo les debía en cualquier caso.
Y ya estaba metido en el lío, así, que siguió
a Hugo.
-Aquí está Ezequiel, Don Fernando. –habló
Hugo.
-Mira, muchacho, -comenzó a platicar Don
Fernando- tú me encolerizaste mucho. Para mí el Embajador es intocable, porque
me sirve muy bien a mis intereses, ¿Entiendes?.
-Le entiendo, Don Fernando. –Respondió
Ezequiel.
-Pero yo, -prosiguió el cacique mafioso-
admiro mucho a los tipos con agallas y además inteligentes y trabajadores, como
tú. Así, que he pensado que dado que sabes lo que sabes, que necesitas ganar
plata de verdad y no unos pocos dólares; donde tienes que estar, mejor que
contra mí, que supondría tu destrucción y tú lo sabes, es a mi lado,
trabajando.
-Como Ud. Disponga, Don Fernando. –Respondió
de forma conveniente Ezequiel.
-Bien. Pues Hugo te irá dando instrucciones.
–Continuó Don Fernando y, dirigiéndose a Hugo- Id los dos a Opa Locka y échale
un vistazo al desgraciado que dejamos en el avión. Permítele comer algo, que
allí habrá comida y atiéndele. Dile que ya me veré las caras con él, a nuestro
regreso a El Salvador. Que no salga del avión, para nada. ¿Entendido?.
-A sus órdenes, Don Fernando. –Y Hugo, agarró del brazo a
Ezequiel y lo llevó hacia la salida.
-Pero… ¿Y la música?. –Inquirió Ezequiel.
-Déjalo. Ya pondrán discos.
No obstante, Ezequiel, aún miró hacia atrás,
interesado.
Vio a Lucita atendiendo a sus quehaceres, que
le devolvió la mirada… Seductora.
Pero Ezequiel, no la miraba a ella… Ezequiel,
miraba a Rita, la hija quinceañera de Don Fernando. Le había gustado. Feo
asunto.
Y marcharon los dos, él y Hugo y subieron al
carro que tenía alquilado Hugo, dirigiéndose por la autopista I-95 hacia el
Norte, para llegar al aeropuerto de Opa Locka.
Mostraron los dos sus pasaportes, y Hugo su
Licencia de Piloto y les permitieron el acceso al avión, previo registro
personal, ya que el avión había quedado aparcado en la plataforma internacional
y por tanto el control, era aduanero.
CAPITULO XX
Lucita, estaba pendiente de todos los
detalles de la fiesta. Dio continuidad al baile, utilizando música
proporcionada por el técnico del sonido y sus Cd’s musicales, con mucha salsa,
cumbia, Etc. Y todo fue rodando estupendamente en la fiesta.
Un Don Fernando, cálido, cariñoso incluso, se
acercó a ella…
-¿Porqué no me das la cuenta y te pago ya y
sin esperar a que esté mas tomado y me engañes con las cuentas, Lucita?.
-Ahora mismito se la traigo, Don Fernando.
–Respondió Lucita también cariñosa y amable, como corresponde a quien espera no
tener problemas con una cuenta que sería excesiva, confiando en que a él todo
le parecería bien, si provenía de ella.
-Cariño, -Don Fernando a su “querida esposa”
–Voy a pasar cuentas y a pagar.
-Está bien, mi amor. –Respondió ella.
Y Don Fernando, se dirigió a Lucita:
-Tráete la cuenta a mi habitación, anda.
Y Don Fernando, hombre expeditivo, sin tiempo
para perder, la esperó en su habitación, ya directamente ataviado con una bata
de seda, bajo la cual, la única ropa que llevaba, eran sus vergüenzas.
Y llegó Lucita, llamó a la puerta, que le fue
abierta por Don Fernando y, tampoco ella, perdió tiempo. –Primero la cuenta,
Don Fernando.
-Que avariciosa eres, Lucita y fue él a por
su cartera y le expidió un cheque bien generoso, que hizo las delicias de ella,
por lo cual en compensación, ella hizo las delicias de él, pronunciando frases
amorosas para hacerle feliz, como por ejemplo: -Hay Don Fernando, que feliz me
hace cuando me pasea Ud. en el Ferrari ese que tiene acá en Miami…
Era bella y los ojos de Don Fernando, se
agrandaban al verla, vistiendo aquella ropa interior siempre de color rojo,
comprada en Victoria’s Secret.
Hizo Don Fernando el sexo, como era habitual
en él, de forma primitiva. Es decir, montándose sobre la hembra, yendo al grano
acabando rapidito y volviendo a los temas de trabajo aún desnudos…
-¿Qué opinas de ese tal Ezequiel?, Lucita.
-¿Porqué lo pregunta?.
-Porque va a trabajar conmigo, o mejor dicho
para mí. ¿Será de fiar?...
-Creo que si. Es manejable y si tiene Ud.
Problemas con él, me lo dice, y yo le domino.
-¿Y cómo le piensas dominar?.
-Hay Don Fernando, que malo es Ud. –Respondió
una Lucita auténticamente felina. Antes de vestirse, miró de nuevo el cheque
que recién le había firmado Don Fernando y se relamió de placer.
Y ambos, por separado, discretamente, porque
no había duda de que eran gente seria, se regresaron al salón, al Restaurante
La Fontana, en el bello Hotel Biltmore.
Allí, Lucita fue requerida por los camareros
y por todos los sirvientes, ya que realmente,
faltando ella, todo quedaba un poco en situación de ineficacia.
En cuanto a Don Fernando, le aguardaban
impacientes, de un lado el Embajador, que era un individuo bastante bobo y se
sentía desprotegido cuando le faltaba Don Fernando y la esposa de Don Fernando,
que era muy solícita y atenta con él, comportándose siempre como una mujer muy
enamorada.
Si. Enamorada o encaprichada hasta lo mas
hondo de sus entretelas, de uno de los guardias personales del Embajador, un
tal Rudy, alto, fuerte, negro como el betún.
-Hay mi amor, -le dijo a su esposo- déjame que
sea yo ahora la que me ausente para retocarme un poco.
-Está bien mi vida. –respondió éste.
Y efectivamente, subió ella a la habitación
del negro a retocarse. O mejor dicho a que la retocara él.
Ella, no se atrevía a llevar, aunque le
hubiera encantado, ropa interior de Vistoria’s Secret, por que a su esposo le
parecía “cosas de puta”.
Cuando veía a aquél negro, aquella mujer
falta de amor verdadero y de sexo, pues le parecía que todo el negro era en
realidad de los pies a la cabeza, un enorme pene.
Al negrito por otro lado, le encantaban los
regalos que le hacía aquella millonaria.
No era broma. Un reloj de oro una vez, un
traje a medida, otra vez, de esos auténticamente elegantes como se hacen los
latinos o hispanos…
En fin, que valía la pena sacrificarse y
satisfacerla de vez en cuando.
No menos discretos ambos que Don Fernando y
Lucita, regresaron al salón por separado y con el recato y la prudencia que
suelen tener las buenas gentes.
CAPITULO XXI
-¿Cómo estará ese pobre desgraciado?. –Preguntó
Ezequiel a Hugo, mientras se aproximaban al vetusto DC9.
-Jodido y meado. Le daremos de comer y le
haremos limpiar lo que haya ensuciado, porque se ha tenido que mear encima.
¡Pobre de él que haya hecho aguas mayores!. –Rió Hugo divertido de la crueldad.
Y entraron en el avión por la puerta
delantera izquierda, como es lógico, avanzaron
por el pasillo, al tiempo que Hugo gritaba –Venga Ramón, que te vamos a
dar de comer.
Silenció su voz en seco.
No recibió respuesta, porque no podía recibirla
de un cadáver.
Y entonces se dio cuenta Hugo de lo que había
pasado.
Aun siendo de noche, el avión estaba caliente
como un horno. Había estado al sol con cuarenta grados de temperatura. Seguro
que fue un horno infernal.
-Dios mío. Este pobre ha muerto deshidratado.
–Exclamó Hugo, ciertamente alterado.
Porque Hugo, disfrutaba con los juegos
crueles y con las actividades mafiosas, pero tenía buen fondo. No era tan malo
y…
Sintió mucho el final que había tenido
el pobre Ramón.
Ezequiel, estaba aturdido y no podía creer lo
que estaba viendo.
-Voy a llamar a Don Fernando. –Dijo
escuetamente Hugo.
-Imposible hacerle desaparecer aquí, Don
Fernando. En este país, se puede pagar muy cara una cosa así y estos cretinos
lo averiguan todo. –Hugo hablaba a Don Fernando por el teléfono, muy excitado.
Si, si, Don Fernando, pero sacarlo en el
vuelo, tampoco, porque los de aduanas pueden registrar el avión en cuanto haga
el plan de vuelo para irnos. No es normal, pero a veces, lo hacen.
Bien. Nos quedaremos aquí cerca a dormir
Ezequiel y yo, y justo al amanecer, vendré y haré un plan de vuelo local
fingiendo que es para probar el avión… Ya me apañaré.
De acuerdo, Don Fernando, déjelo en mis
manos.
-Vámonos a dormir, amigo. Nada podemos hacer
aquí esta noche.
Subieron al auto y condujeron hacia el Norte
entrando en el “Palmeto Expresway”, donde tomaron dirección al Este,
dirigiéndose a North Miami Beach. Total, media hora escasa de viaje y
encontraron allí un motel de carretera, en la Avenida Collins.
Tomaron una habitación con dos camas y
salieron a la terraza a contemplar el mar. Ni llevaban equipaje, obviamente.
-¿Sabes una cosa, Ezequiel?. Lo que has visto
hoy te convierte por completo en un hombre de Don Fernando.
-Ya me hago cargo. –Respondió Ezequiel.
-Tendrás tus desventajas, porque harás todo
lo que te mande sin rechistar, pero también tendrás tus ventajas.
Para empezar, tendrás una Visa múltiple e
indefinida para entrar y salir en este país como te de la gana, podrás ir a El
Salvador cuantas veces quieras y allí… Serás respetado y hasta temido. Y a
ello, únele, que ganarás mucha mas plata de la que imaginas.
-Pero podemos acabar en prisión.
-Bueno; en El Salvador es difícil que eso nos
ocurra. El dinero de Don Fernando y sus amigos, lo arreglan todo. Y acá en los
Estados Unidos, pues hay que tener muchísimo cuidado. –respondió Hugo.
-¿Qué haremos a partir de ahora?.-inquirió Ezequiel.
-Lo primero nos vamos a un McDonalds a cenar.
Esta excitación da hambre, oye. Luego te explico. Vas a recibir alguna clase de
aerodinámica, no lo dudes.
Y salieron caminando a un cercano McDonalds,
donde cenaron.
CAPITULO XXII
Cuando el círculo solar comenzó a levantarse
frente a la terraza de la habitación de nuestros hombres, en el horizonte
lejano del Este, sobre el mar, dando el bello color al mar, característico de
ese lugar, se levantaron inmediatamente. Se fueron a Opa Locka y Hugo, hizo un
plan de vuelo local, para probar el avión.
Entraron en la aeronave, cubrieron con una
manta el cadáver y sin tanta impresión ya como habían tenido la noche
anterior, buscaron por el departamento
de cocina, sito en la parte delantera del avión y tomaron una lata de refresco
y unas galletas.
-Atiéndeme
ahora, Ezequiel. Te voy a enseñar exactamente, cómo se abre la puerta
delantera izquierda del avión.
Cuando yo te avise, tendrás que abrirla y
echar el cadáver.
-¿Pero no sería mas fácil echarlo por la
puerta de atrás?. –Replicó Ezequiel, que ya pensaba como una máquina y estaba
situado para hacer bien el trabajo.
-La de atrás no podemos abrirla en vuelo. Fíjate
cómo tienes que girar la manecilla.
Después, tienes que tirar de la puerta hacia
dentro, entregirarla y sacarla hacia fuera.
Acto seguido, echas es cuerpo y tiras de la
puerta hacia dentro, entregirándola otra vez, la empujas contra su marco y
cierras.
Piensa que yo no podré ayudarte, porque
tendré que llevar el avión en vuelo rasante y a muy baja velocidad, lo que
requiere el cien por cien de mi atención.
-Pero, porqué no lo tiramos desde gran altura
al mar y… -replicó Ezequiel.
A gran altura, nos detecta el radar, sabrán
que hemos hecho un vuelo local, donde luego puede aparecer el cadáver. Además,
no puedes abrir la puerta con la velocidad que requeriría y la presurización,
lo impediría. No puedo explicarte ahora todo eso.
-¿Y dónde lo echamos?.
-En los Everglades, que son unos pantanos de
terribles aguas cenagosas. Fíjate que hace años, un avión, exactamente igual a
este, lleno de pasajeros, cayó allí y se lo tragaron las aguas cenagosas. Nunca
lo encontraron. Se bien el lugar exacto, no te preocupes.
Entre los dos, colocaron el cadáver junto a
la puerta L1, dispuesto correctamente para solo tener que empujarlo.
Rebuscó Hugo y se hizo con varios objetos
metálicos y pesados, que introdujo entre las ropas del cadáver, tras sacarle
todos sus documentos. –Hay que darle peso para que se sumerja. De todas formas,
los cocodrilos o aligators, acaban con él rapidito.
Se sentaron los dos en la cabina y Hugo,
solicitó permiso para encender las turbinas…
Tras los procedimientos rutinarios y rodar a
la cabecera de la pista, llegó la voz
del controlador con el ansiado “clear to take of” y despegaron.
Volaron, escasísimos minutos, en reglas de
vuelo visual a bajísima altura y llegaron a los Everglades.
Fue reduciendo la velocidad peligrosamente
Hugo, quedándose a solo ciento cincuenta nudos, tras sacar flaps y slots, es
decir, todos los alerones para dar la máxima sustentación.
Quiso decir algo Ezequiel, pero le
interrumpió bruscamente Hugo. –Ni me hables. Vamos al límite de la pérdida.
Realmente, era duro, sentir que los mandos se
vuelven perezosos y casi no responden y que si se pierde algo mas de velocidad
en un descuido, se provoca, eso, la pérdida, caer sin control cual caería una
piedra.
-Ahora.- Gritó Hugo.
Ezequiel, saltó del asiento como un resorte.
Se dirigió a la puerta, hizo la maniobra de apertura impecablemente y lanzó el
cadáver.
Cumpliendo exquisita y rápidamente las
instrucciones que le había dado Hugo, cerró la puerta y regresó a la cabina.
-Ya. –Dijo
Y un Hugo angustiado por la peligrosidad de
la maniobra, empujó las palancas de potencia de las turbinas, tiró suavemente
del “cuerno” y comenzó a elevarse.
Regresaron sin problemas a Opalocka, dejaron
el avión aparcado y dijo Hugo –Ahora el segundo desayuno, pero relajados y
comiendo a lo grande.
Y bajaron al Sur, en lugar de por la I-95,
por la A1A, Collins, deteniéndose en una cafetería situada en Miami Beach,
decorada con automóviles antiguos descapotables, que eran en realidad las mesas
donde comer y, tomaron un magnífico “Brunch”.
Ya Hugo había llamado a Don Fernando por el
teléfono y le había dicho con las debidas precauciones un lacónico. –El avión está limpio.
Ya en el automóvil, Ezequiel iba pensando
silencioso en cómo había cambiado su vida. Había tenido el corazón muy
acelerado en algunos momentos, pero… -¡Dios!, eso parece que me ha dado vida.
–se dijo a sí mismo.
Mas vida le dio el hecho de que al llegar al
hotel Biltmore, Don Fernando, le diera dos cosas: Una palmada en la espalda y
un sobre abultado con dos mil Dólares.
CAPITULO XXIII
La cena en el hotel, fue exquisita. Lucita se
esmeró con todos los invitados y Ezequiel, ya no como profesional, sino como
nuevo “amigo” de toda aquella pandilla, cantó acompañándose al piano, rodeado
de varias de las mujeres presentes en la cena, que le admiraban allí cantando,
mientras los esposos hablaban intensamente de “negocios” con Don Fernando, en
una de las mesas, donde había libre disposición de bebidas.
♫ Cambia lo superficial,
cambia también lo profundo,
cambia el modo de pensar,
cambia todo en este mundo.
Cambia el clima con los años,
cambia el pastor su rebaño,
y
así como todo cambia,
que yo cambie no es extraño ♫
Y le puso sentimiento a esa bellísima
canción, “Todo cambia”, que cantó tan bien, como la canta la propia Mercedes
Sosa.
Y cuando una, es la hija del anfitrión, la
protagonista de la fiesta, como lo era Rita, pues tiene el privilegio de
apartar a las demás o hacer suavemente que se aparten, para situarse ella, bien
al ladito del pianista, a escuchar extasiada la canción.
Y es que Rita, aun con sus quince años recién
cumplidos, tenía unos grandes encantos femeninos, un cuerpo bien formado y
despedía el perfume o el olor que producen las hormonas cuando está una mujer
en celo… En mucho celo y sin haber sido tocada todavía.
Y ese olor, lo capta el macho. En este caso
Ezequiel, que al tenerla ya prácticamente tocándole su cuerpo, con esa rabiosa
atracción, pues casi levanta el piano. Cosa extraña, si tenemos en cuenta que
las manos las tenía sobre el teclado y los pies apoyados en el suelo. ¿Cómo iba
a levantar el piano?.
Hizo gala Ezequiel de su gran habilidad como
pianista. Siguió tocando valiéndose tan solo de su mano izquierda, mientras con
la derecha, no tocaba el piano, sino que ascendía dulcemente por entre las
piernas de Rita, llegando al lugar en que ambas se juntaban, sin permitir
avanzar mas…
Los ojos de Rita comenzaron a brillar, a
dilatarse sus pupilas y…
La voz lejana de Don Fernando, hablando con
sus secuaces, hizo volver a la realidad a ambos y regresó Rita a la compostura
debida y la mano derecha de Ezequiel, se regresó al teclado y… cedió la presión
que intentaba levantar el piano.
Nadie se percató de nada. Todo estaba bien,
excepto que Rita y Ezequiel, habían sido
tocados por la fuerza misteriosa del amor. No. Del amor, no. De la atracción extrema.
Se fueron retirando todos a descansar.
Hugo, se acercó a Ezequiel y le dijo:
-Ya no te va a ser preciso ganarte la vida
con la música. No obstante, es una buena justificación sobre lo que haces o
dejas de hacer. Toma este teléfono y
llévalo siempre contigo. Te contactaré cada vez que te necesitemos.
No te preocupes por nada mas.
Al siguiente por la mañana, embarcarían todos
en el avión DC9 estacionado en Opa Locka y emprenderían el regreso a El
Salvador.
Así que, Ezequiel, pensó que disponía de poco
tiempo.
Mas aún de lo que le atraía Rita, le atraía y
le excitaba “tocar” a la hija del canalla de Don Fernando.
No lo pensó pues y, le dijo a María que le
aguardara en el parqueo, pues tenía que hablar con alguien.
Y sin ninguna prudencia, con la decisión
propia de alguien mucho mas experto que él, se dirigió a la habitación en que
Rita se alojaba con una de sus amigas.
Llamó a la puerta suavemente. Asomó Rita y
sin nada decirle la besó apasionadamente, la atrajo hacia sí y le dijo… -Vamos
a cualquier lugar.
Y “cualquier lugar”, fue un rincón entre unos
arbustos en el jardín, junto a la piscina.
No fue romántico, ni confortable, ni
adecuado, pero Ezequiel, abrió aquella cerrada puerta y la dejó atada a él,
sino para siempre, que siempre, es decir mucho, si para mucho tiempo. El
suficiente.
Regresó ella a su cuarto y él al carro donde
le aguardaba María, para marchar juntos a casa de ésta.
María, no hablaba, hasta que de pronto
exclamó –Has entrado en su mundo, Ezequiel. Espero que sepas lo que haces.
Nada mas dijeron.
CAPITULO XXIV
La vida de Ezequiel, transcurrió los
siguientes días, mas bien monótona.
Iba al restaurante, comía casi siempre lo
mismo, sus albóndigas con salsa de tomate y se sentaba al piano a tocar y
cantar.
A veces, le rodeaban algunos comensales y lo
pasaban bien escuchándole. Lograba sus buenas propinas, pero estaba envenenado
con la “vida de acción” que había iniciado con Hugo a las órdenes de Don
Fernando, por lo que mas bien se aburría.
Por eso, cuando transcurridos apenas siete
días desde la marcha de los de El Salvador para su país, sonó el teléfono que
le había entregado Hugo, sintió un sobresalto.
-Haló. –Respondió prontamente.
Y Hugo al otro lado de la línea riendo -¿Cómo estás amigo?.
-Muy bien, a tu servicio, Hugo.
-Así me gusta, mira. Voy a precisar que me
ayudes para unas gestiones. Mañana, llegaré a Miami en un vuelo regular y voy a
precisar que me acompañes a varios lugares y que hagas un trabajo conmigo.
-¿Dónde nos vemos?. –Respondió Ezequiel.
-En casa de María, bueno, tu casa a fin de
cuentas. Andaré por allá a las seis en la tarde y nos vamos a cenar y hablamos.
-Bien está. –Respondió Ezequiel.
Efectivamente, ya cerca de la hora de la
cena, estaba Ezequiel relajado, viendo la televisión, en casa de María, cuando
tocaron a la puerta.
-Ahí está Hugo. –Casi gritó Ezequiel,
dirigiéndose raudo a abrir la puerta.
-Hola, mi amigo. Hola María, aquí tenéis al
tipo mas guapo del mundo. –Hugo transmitía alegría y espontaneidad. Quizá
fingida, pero no del todo. El era así. A su lado, la gente, se sentía bien,
invadida por el optimismo. Bueno, la gente que le fuera afín, mas o menos,
porque quienes fueran sus enemigos o enemigos de sus intereses, o de los de Don
Fernando, podían pasarlo muy mal.
Ezequiel, aunque estaba algo seducido por él,
le había captado.
–Este para matarte te dice algo así como: Acomódese
amigo, no vaya a sufrir mas de lo necesario para morir.
-Bien, Ezequiel. –Dijo Hugo- He venido para
poner en orden tus conocimientos y comenzar tu entrenamiento. Vamos a cenar.
Así, que en el carro rentado que traía Hugo,
se fueron tranquilamente al Victor’s Café.
Era un lugar interesante, a la hora de la
cena, había algunos empleados de éxito casi todos latinos, que lucían sus joyas y relojes de oro Etc., mientras miraban de reojo
a las putas que pululaban por el local y les explicaban que estaban en duda
sobre si comprarse un Rolls Royce o un Wolks Wagen cucaracha, porque eran muy
caprichosos.
Siempre tiesos, con esa tiesura que conlleva
por la noche dolor de espalda. Generalmente, con bigote, que el bigote, es para
esos tipos chulos, como una prolongación del pene: Lo cuidan esmeradamente para
presumir… En fin, que contemplarlos, es una gozada.
Generalmente, abandonan el Victor’s Café y,
dirigiéndose al parqueo a recoger su carro, relajan la tensión de la espalda,
se doblan hacia delante con un gesto mas natural y su cara, cambia, volviéndose
algo mas amarga, porque les regresan los pensamientos que trataban de evadir
con la copa que han tomado: El pago de la hipoteca, el pago del recibo mensual
del carro… Tantas cosas…
Pero bueno,
el ratito pasado allá, en el Victor’s Café viendo a las putas, pues les
compensa.
Hugo, obviamente, no era ni puta, ni chulo.
El no iba presumiendo, ni estirando la espalda, ni aparentado arrogancia. Era
normal, pero… Simpático.
Así que, además de las susodichas putas,
también le conocían mucho los camareros y era bien recibido en el local.
Así, que en la zona interior, donde están las
mesas del restaurante, tan bien ajardinado, donde aquellos chulos engreídos que
van por la tarde a tomar la copa y presumir con alguna puta, van por la noche
con la esposa a cenar… Pues les habían dispuesto una mesa discreta y tranquila
a Hugo y a Ezequiel.
-Bueno, Ezequiel, -dijo Hugo- pide buena
comida, que paga Don Fernando.
Y comenzaron la cena y ya en los postres,
(Delicioso pastel de “tres leches”), se explicó Hugo.
-Mira, Ezequiel. Cuando hicimos el trabajito
inesperado de Opa Locka, me dí cuenta de que eres un tipo frío y de valía. Tu,
aprendes rápido y haces las cosas con determinación, sin preguntas excesivas.
-Bueno, -respondió Ezequiel- procuro no
preguntar lo que no me importa. Si te ayudé, te ayudé y punto.
-Eso es lo que te estoy diciendo. Tu eres
discreto y trabajas bien. Por eso ahora, que necesito a una persona que me
ayude acá, no busco a un profesional ni a alguien experimentado. Busco una
persona discreta y de valía y ese, puesto que además Don Fernando, te quiere
cerca, dado lo que sabes del Embajador y mas ahora, de lo del desaparecido
Ramón, pues eres tú.
-¿Y que debo hacer?. –Preguntó Ezequiel
determinado a entrar de lleno en el trabajo.
-De momento, documentarte convenientemente. Mañana
por la mañana, nos vamos los dos a un banco a que abras una cuenta como
extranjero.
Desde allí, nos iremos a la Social Security a
pedir una tarjeta de seguridad social, que dirás que precisas para el Banco. Te
la entregarán con la restricción de empleo típica: NO VALID FOR EMPLOYMENT.
Ya con eso y tu pasaporte, nos iremos a la
oficina de expedición de Licencias de manejar.
-¿Me darán la licencia?. –Preguntó Ezequiel
sorprendido.
-Sin problemas. Primero, agarraremos el
librito del examen escrito, que es muy fácil. Te lo dan en español.
Te estudias el libro, mientras comemos
nuestro almuerzo, después vamos, te harán mirar por un aparato para saber que
ves bien y después, rellenas el examen teórico.
Cuando entregues la hoja, correcta, saldrás a
dar un paseo con un guardia en mi carro y ya está. Te expedirán al momento la
licencia de manejar.
-Pero, ¿Crees que pasaré el examen teórico?.
–Inquirió Ezequiel intranquilo.
Es fácil, y conviene que estudies el librito,
para saber desenvolverte acá, pero… No te preocupes. Un guardia hispano amigo
mío que estará allí, porque mañana le
toca, nos dará una hoja de examen, que ya tendrá anotadas las respuestas.
–Respondió Hugo.
-Todo lo resuelves, Hugo. –Comentó Ezequiel.
-Bueno, es la plata lo que lo resuelve. -Rió
Hugo.
Y regresaron a casa de María, tomaron allá
unas copas los tres, charlaron de mil cosas y, por la mañana, A las siete en
punto, ya estaba Hugo recogiendo a Ezequiel.
CAPITULO XXV
Se movieron bien rápido, desayunando en un
Burger King, en Miracle Mile, -Que bueno está este plato con la papita, la
hamburguesita, el huevo, ¿Verdad?. –Comentó Hugo.
-Muy verdad. –Respondió Ezequiel, disfrutando
el desayuno y excitadísimo con la gran cantidad de asuntos que iban a resolver
en pocas horas. –¿Te imaginas resolver tantos asuntos en El Salvador lo que
llevaría?...
-Semanas. -Respondió Hugo. –Pero también
aquello tiene sus ventajas, oye.
Rieron los dos y salieron para dirigirse
directamente a una oficina bancaria cercana, donde abrieron una cuenta.
Fueron efectivamente a la oficina de la
seguridad social, que sorprendió a Ezequiel, por su sencillez, por la eficacia
en atenderles.
-¿Para qué precisa el número de Seguridad
Social?. –Inquirió el funcionario.
-Fíjese que he abierto una cuenta en el banco
y me lo exigen… Voy a invertir algo acá… -Respondió Ezequiel, maravillado de
poder resolver todo tan rápido y además en español.
En escasos minutos, tenía su tarjeta de
Seguridad Social y marcharon a la oficina de expedición de las licencias de
manejar, bien cercana también.
Alucinaba Ezequiel de la rapidez. Lo cierto,
es que a las once de la mañana, ya tenía Ezequiel su licencia de manejar.
Había sido fácil. Casi no hubiera precisado
que le dieran el examen teórico ya respondido, porque las preguntas eran de una
lógica aplastante.
Cuando hubo entregado el examen y le hubieron
hecho mirar por un aparato binocular e identificar un par de líneas de letras y
números, salió a la calle con el guardia, comprado por Hugo, en la calle le hizo
verificar que funcionaban las luces de dirección, de stop y la bocina del carro
y seguidamente, le hizo dar una vuelta a la cuadra. Eso fue todo.
A las doce, estaba Ezequiel en el restaurante
y se sentaba al piano, ya que como le había indicado muy acertadamente Hugo,
“había que trabajar normalmente”.
-A las cuatro, cuando termines acá, te vengo
a buscar y hablamos del trabajo, Ezequiel.
-Me parece bien, Hugo, acá te espero.
Y se sentó a tocar Ezequiel, satisfecho del
mucho trabajo realizado en una mañana.
♫ Toy contento,
yo no se que es lo que siento,
hoy todo me parece mas bonito ♫…
Y cantó con fuerza la bella canción
venezolana de Andrea Echeverri.
Y cuando hizo su descanso, aún comió de
nuevo, aunque ya había comido durante la mañana. Estaba hambriento y excitado
y…
Llegó Hugo.
CAPITULO XXVI
-Marcharon con el carro por la I-95 al Norte,
con un tráfico espesísimo dada la hora, que afortunadamente, circulando por el
carril reservado para carros con dos ocupantes, pudieron esquivar en parte.
Se detuvieron poco antes de llegar al
aeropuerto de Opa Locka.
-Mira, Ezequiel, se trata de que me estés
esperando cuando yo haga el próximo vuelo. Para estas cosas, hay que ir
cambiando constantemente de aeropuerto.
Cuando esté aterrizando, justo donde está la
primera baliza, volaré muy bajo, fingiendo entrar “corto” y a baja velocidad,
prácticamente colgado de los motores. Bueno, ya viste, así como hicimos en los
Everglades para lanzar a Ramón…
Solo que en lugar de lanzar a ningún Ramón,
lo que lanzaré será un paquete bien protegido, con envoltorio gris oscuro, muy
poco visible.
Tu. Tienes que estar presto, escondido y
recoger el paquete. Eso es todo.
Seguidamente, lo llevas a tu carro y me
esperas en la terminal del aeropuerto y nos vamos. Eso es todo.
-Peligroso. –Respondió Ezequiel.
-Bien pagado. –Respondió asimismo Hugo.
-Ya, entiendo. –Murmuró Ezequiel.
-Imagínate, -dijo Hugo- que matas a una
persona en un apartamento. ¿Dónde te escondes?... ¿Hacia donde huyes?...
-Bueno, -respondió Ezequiel- en este momento
no se me ocurre.
-Donde menos te van a buscar. En ese mismo
lugar, escóndete como quien dice en la misma habitación de al lado del cadáver
sobre el falso techo, lo que sea. Pero donde menos te van a buscar, es allí.
Esto, es lo mismo. Donde menos esperan ellos
que se atreva a dejar nadie la carga, es en el propio aeropuerto donde están
ellos. Pues ahí la descargamos. ¿Entendiste?...
-Bueno, -dijo Ezequiel –visto así…
Como ves, -dijo Hugo- hay dos pistas: La 12 –
30 y la 09 – 27.
Esto quiere decir que puedo aterrizar,
aproximándome por un punto entre cuatro posibles. Normalmente, se utiliza la
pista 12, que es la que suele estar en servicio por la dirección del viento.
Normalmente, oyendo la radio, yo ya voy
sabiendo la pista que están utilizando, pero… en el último momento, por un
cambio de viento o necesidades de tráfico, me pueden cambiar de pista.
Eso no es problema, porque yo puedo frustrar
el aterrizaje, hacer “motor y al aire” y entretenerme, para darte tiempo a que
cambies de posición. De todas formas, es poco probable que haya un cambio en el
último momento, así, que tú, estate muy atento al teléfono, porque yo te iré
llamando constantemente.
También tendrás que estar atento a este
receptor de VHF que te dejo ya sintonizado en la frecuencia de “Torre” del
aeropuerto. Irás viendo qué pista le dan a los aviones. Incluso sabrás la que
me dan a mí, al mismo tiempo que lo sabré yo. Ahí te dejo anotada la matrícula
del avión, tal como se lee en el idioma aeronáutico.
Ahora, vamos a escuchar atentamente esa radio
y te vas a ir acostumbrando al vocabulario de los controladores y los pilotos.
Pregúntame con cualquier duda.
Ezequiel escuchaba y almacenaba en su cerebro
todas las instrucciones con el máximo interés.
-Cuando yo notifique que estoy “en final”,
querrá decir que estoy a menos de un minuto del lugar en que tu esperas la
caída del paquete.
Dos horas permanecieron en las proximidades
del aeropuerto, recorriendo el gran perímetro para localizar los cuatro
posibles puntos de lanzamiento del paquete y escuchando la radio, para que
Ezequiel fuera aprendiendo.
-Cuando llegue el momento, yo aterrizaré al
amanecer, o al atardecer, con muy poca luz. –Comentó Hugo- Mañana, me vuelvo a
El Salvador.
No se te ocurra relajarte. Los próximos días,
es preciso que vengas al amanecer y al atardecer. Madruga lo necesario. Cada
día pásate por aquí un buen rato viendo la posición del Sol al amanecer, el
tráfico que hay en la carretera de perímetro del aeropuerto, todo y, sobre
todo, escuchando la radio y adquiriendo práctica en oír los mensajes de los
controladores y pilotos. Calcula bien en cada una de las pistas, el tiempo que
transcurre desde que un avión de turbina, que va mas rápido que los de hélice, está
“en final”, hasta que llega al punto que deberías recoger el paquete… Mucho
cuidado. Te has de convertir en un experto.
-No habrán fallos. –Dijo determinante
Ezequiel.
-Lo se y… Mas te vale. –Respondió Hugo.
No hubo preguntas sobre el contenido del
paquete. No hacían falta. Ezequiel, sabía perfectamente, en lo que se metía. La
ambición y la sed de aventuras, le habían envenenado.
Así, que regresaron a Miami, se dieron una
buena cena, junto con María, a la que Hugo trataba como a una madre y se
despidieron.
CAPITULO XXVII
Allá en Santa Ana, Don Fernando, cenaba
tranquilamente con su esposa y con su hija Rita.
Era un tipo muy conservador en eso. Le
gustaba cenar en familia, juntos los tres, comentar cosas y “estar unidos, que
es lo importante”.
Mientras se hacía servir por la sirvienta
unos frijoles mas en el plato, Don Fernando, interrogaba a su hija. -¿Cómo te
fue hoy por la escuela, Rita?... Estás muy callada.
-Oh no, papá, es que estaba pensativa en mis
cosas. Si me fue bien la escuela, si.
-¿Te cansaste de tu novio?, -comentó Don
Fernando.
Enrojeció Rita, muy turbada.
-Papá ¿Qué novio?.
-Bueno, me dijo uno de mis ayudantes que te
veía mucho hablar con un muchacho a la salida de tu escuela, pero parece que
ahora ya no lo haces, por eso me preguntaba que ha pasado con el muchacho que
ya no le tratas.
-No, no, ya casi no hablo con él, papá.
-Mejor, hija, le evitas la paliza que le
hubiera hecho dar si te tocaba… -Y rió Don Fernando, mientras las piernas de
Rita, temblaban.
-¿Puedo retirarme, papá?. Es que quiero estudiar
un poco antes de irme a dormir.
-Claro, hija, faltaría mas.
Marchó Rita hacia su dormitorio y se quedó
contemplándola Don Fernando mientras iba saliendo…
-Esta niña, está rara. –Comentó dirigiéndose
a su esposa.
-Yo no la veo rara, mi amor. -Contestó ella,
que estaba absorta pensando en el macho musculoso negro, que ya estaba echando
de menos.
-Si. Te digo que desde que volvimos de Miami,
está un poco cambiada… -Insistió Don Fernando.
-Bueno, se hace mayor y quizás la vida de
Miami, tan diferente, la ha influido un poco…
-Si. Quizás sea eso. Yo también me voy un
ratito, Querida.
-Por cierto, -comentó la esposa- Tengo que
irme mañana a San Salvador a unas compras.
-Como tu quieras, querida. –Respondió Don
Fernando, al que no le importaba nada de lo que hacía ella.
Bueno, no le importaba porque ignoraba que lo
que hacía ella, era “ser llenada” de satisfacción por el negrito guardaespaldas
del Embajador. De haberlo sabido, sí le hubiera importado y probablemente, les
hubiera hecho matar a los dos.
Lo cierto, es que al menos por el momento,
nada sabía de ese desliz de su esposa.
Y Don Fernando, se fue a por su carro y se
marchó al Hotel, donde antes tocaba Ezequiel, a tomar unos tragos, bueno, a
quedarse “tomado” completamente, que es lo que le gustaba hacer por las noches
y a conversar con alguno de sus secuaces-empleados, que iban por el hotel a que
Don Fernando, les pagase algún trago.
También aprovechaba para charlar con alguna
de las putas y, si no quedaba demasiado tomado, pues acostarse con una de
ellas, para relajarse antes de ir a su casa a dormir con su querida esposa.
-Mañana, tenemos tarea a primera hora en el
aeropuerto, Don Fernando. –Le comentó uno de sus ayudantes.
-Lo se. Hugo debe haber llegado hoy mismo y
hay que tenerle el avión preparado.
-Pues mañana, es el mejor día, porque tenemos
allí al jefe de la aduana, ya sabe.
-Si, si. De acuerdo. Mañana tened todo
dispuesto, meteremos la carga y dos de vosotros, tendrán que quedarse
custodiando el avión, hasta que Hugo se lo lleve. ¿Hablaste con Hugo?.
-Si, Don Fernando, hace un ratito. Me pidió
que le disculpe, que está muy cansado del viaje y como mañana tiene que volar
tanto, pues prefiere irse a descansar.
-Me parece muy bien. Es un tipo organizado y
se cuida. Para trabajar duro, hay que estar descansado y relajado. Voy a hacer
lo mismo.
Y Don Fernando, se metió en su carro y
regresó a su casa a descansar hasta la mañana siguiente.
CAPITULO XXVIII
Ezequiel, madrugó como todos los días y se
dirigió rápidamente con el carro rentado que le había dejado Hugo, a Opa Locka.
Le gustaba el trajín diario de ir a escuchar
las locuciones de la torre de control con los pilotos. Estaba aprendiendo los
entresijos de estas conversiones y viendo con claridad las posiciones que debía
ocupar en caso de aterrizaje por una u otra pista.
De hecho, le agradaba tanto, que ya se veía
obteniendo él también una licencia de piloto…
Desayunar, subir cada mañana hasta el
aeropuerto, hacer sus observaciones, sin llamar la atención y regresar a tiempo
para parquear el carro y dirigirse a Flagler Street al restaurante, a comer el
“lunch” rápidamente para comenzar a tocar su música a las doce, era un poco
justo, pero le encantaba.
-Hoy, voy un poco mas rápido y me doy el
gusto de comer en lugar de en el restaurante, en el “Hooters”, en Bayside, que
me gusta ver a las niñas vestidas tan extremas y comerme allí las alitas
picantes. –Pensó Ezequiel.
Y paseó unos minutos por Bayside y entró a
comer despues las alitas.
Y tras comer, salió al exterior y… Quedó
sorprendido. Vio a Lucita quieta, como esperando a alguien, frente al lugar en
que estaba amarrado el fabulo barco velero “La Bounty”, el que había servido
para el rodaje de la película “Motín a bordo”.
Fue a saludarla, pero se contuvo. Estaba
seria y en una actitud extraña, tensa. No había duda de que estaba pendiente de
la llegada de alguien.
Efectivamente; a poco que se le acercó un
individuo, con un aspecto extraño. Bueno, de buena figura y elegante porte,
como Hugo, pero… -Tiene cara de malote. –Pensó Ezequiel.
Se saludaron tensos y se desplazaron unos
pasos para meterse en uno de los pasillos estrechos que comunican el muelle
propiamente dicho con el pasillo central de Bayside y… Ella le dio un pequeño paquete que sacó de su
bolso. El otro a su vez, le entregó a ella algo que bien parecía un sobre
doblado. –Sin duda, es dinero. –Pensó Ezequiel. Se despidieron y marcharon en
direcciones diferentes…
Se quedó extrañado y pensativo Ezequiel…
Lucita trabajaba en algo mas que en la organización de fiestas.
-Quizá trabaja en eso de las fiestas y bodas,
para justificar, como hago yo ahora, trabajando como pianista… -Pensó Ezequiel.
No quiso, ni podía por la premura de tiempo
observar mas. Simplemente se dirigió a Flagler Street y entró en el restaurante,
ya con cierto retraso para comenzar a cantar.
CAPITULO XXIX
Hugo, acudió puntual y organizado como
siempre, bien temprano por la mañana, al aeropuerto de Ilopango, en El Salvdor.
Los funcionarios, le saludaban con respeto.
Parecía que llegaba un familiar del mismísimo presidente del país.
Se dirigió a la cafetería y ya allí, le
esperaba Don Fernando, con su sobrino, César, que acompañaría como co-piloto a
Hugo hasta su llegada a Miami.
-Aquí estoy a sus órdenes, Don Fernando.
–Dijo Hugo, como siempre bien respetuoso hacia su jefe.
-Bueno, pues tienes el avión lleno de
combustible y todo bien preparado. Cuida de la carga y… De mi sobrino, claro.
-Por este orden lo haré Don Fernando, -Rió
Hugo- Primero la seguridad de la carga, luego la de su sobrino.
Rieron todos y Hugo y su copiloto marcharon a
comer y a esperar la hora de despegar.
Como siempre, Hugo, con muchísimo cuidado chequeó todo lo imaginable del avión y tras ojear el plan de vuelo que había ya confeccionado y pasado por la oficina de tráfico César, el copiloto, se sentó en el asiento izquierdo del avión y procedió a ojear la carta aeronáutica.
-Date cuenta que como es habitual, subiremos
bordeando la península de Yucatán, nos desviaremos ligeramente para evitar Cuba
y ya nos aproximaremos a Florida.
-¿Cuánto tardaremos?. –Inquirió César.
-Bueno, con este avión, que aunque pequeño es
muy rápido, vamos a ir en tres horas.
-Tenemos cuatro de autonomía. –Respondió
César.
-Pues ya está, amigo. Tenemos el tiempo
calculado, para llegar a Opa Locka, recién anochecido.
Pidieron permiso para encender turbinas, se
dirigieron a la pista y salieron volando hacia la aventura.
César, también estaba excitado. Su tío, solo
le había dicho que tenía que acompañar a Hugo en un vuelo, que le serviría
para practicar y, aunque César no era
tonto y ya podía imaginarlo, en realidad, no tenía certeza de lo que iban a
hacer exactamente.
Ya en los mismísimos cielos, a diecinueve mil
pies de altura, César comenzó a beber algo de Ron y a hablar…
-¿Sabes Hugo?, a mí me gusta Rita.
-Cuidado que tu tío te mata. –Respondió raudo
Hugo.
-Bueno, él no sabe. A mí, me gusta tocarla.
Ya empezó hace años, cuando ella tenía unos once añitos…
-¿Qué dices?... ¿Qué le has hecho?. –Hugo ya
asustado, imaginando a César colgado patas arriba de un árbol o algo así y con
el cuello cortado.
-No. Nada. No malpienses. Solo que cuando era
pequeña, le gustaba acercarse a mí, acariciarme… Me ponía muy caliente.
-¿Qué dices?. –Hugo ya nervioso.
-Bueno, un día me dijo que si yo le enseñaba
“lo mío”, ella me enseñaba “lo suyo”. –Continuó César.
-Tranquilo, muchacho, bebe, que tienes la
garganta seca y no es para tanto. –Respondió Hugo que lo quería mas borracho,
para recibir muchos mas detalles.
-Bueno, muchas veces hemos estado juntos en
la cama pero… Está entera, te lo aseguro. Continuó César.
-Tú si que no vas a estar entero, César… Si
se entera Don Fernando. Pero si tengo entendido que ella tiene un amigo o medio
novio en la escuela.
-No, no. Ese no es mas que un tonto con el
que ella disfruta recalentándolo. No hay nada. Ella solo gusta de acostarse
conmigo y hacer guarrerías perversas que imita de algunas páginas muy obscenas
que ve en Internet… Pero sin completar el sexo. Porque ella siempre dice que
“una mujer decente, acude virgen al matrimonio”.
-¡Pues vaya con Rita!. –Respondió Hugo y
chequeó la posición con el GPS y verificó el piloto automático… -Antes,
volábamos siguiendo un radial de VOR tú; ya ves, ahora lo hace casi todo el
avión. Ya ni nos vale el cerebro… Te metes en la Aerovía y ya ni tienes que dar
notificaciones de posición, ni nada. Basta con dejar trabajar al transponder…
-Pero me tiene preocupado Rita; no vaya a
cometer hasta una indiscreción con Don Fernando, no se… -Continuó confesando
César.
-¿Porqué?.
-Porque de pronto, mas o menos al regresar
del viaje que hicimos a Miami, no quiere que la toque y se comporta raro. El
otro día, me metí de amagado en su cuarto, como es normal y hago siempre y… Es
increíble, la sorprendí masturbándose.
-¡Vaya, vaya!. –Exclamó un Hugo ya
descontrolado por las ganas de entrometerse y saber mas…
-Bueno, yo le dije rápidamente, como sería lo
mas normal, “¿No me tienes a mí para hacerte esas cosas”?.
-¿Y qué?... –Hugo enfermo ya de ansiedad y
excitándose él también sexualmente.
-Normalmente, ella hubiera respondido a ese
comentario, abriendo sus piernas para recibir mis caricias, pero…
-Pero ¿Qué?. Acaba, ¡Pendejo!.Me matas de la
ansiedad.
-Pues que se levantó desnuda como estaba, y
me gritó “Fuera de aquí, cerdo, o se lo digo a mi padre” y cerró la puerta del
cuarto de una patada, que casi me da en las narices.
-¡Increíble!. –Dijo Hugo. Que vuelo mas
interesante estamos teniendo… Anda, descansemos de tanta excitación. Sácate los
bocaditos y comamos algo…
Y ya mientras, comían… -Ten cuidado, César.
Mantente alejado como ella quiere, que no sea que te veas en un mal lío con su
padre. Centrémonos, que vamos a descender, anda. Léeme la lista del chequeo de
aterrizaje.
CAPITULO XXX
Ezequiel estaba excitadísimo, porque había
llegado el día. No durmió en toda la noche e incluso había tenido que rechazar
a María que de vez en cuando lo requería sexualmente, ya que no quería perder
ni un ápice de sus energías.
Fue normalmente a trabajar al restaurante y,
a la salida, justamente las cuatro de la tarde, con el carro, tomó la I-95 y se
fue para Opa Locka, estacionándose en el lugar que ya tenía sobradamente
conocido, cerca de la senda de planeo de la pista 12, que era la que mas
probablemente se utilizaba.
Escuchó la radio y pudo oír claramente que
los vuelos, estaban aterrizando por esa pista.
Se introdujo entre la maleza y se situó
estirado en el suelo en la senda de planeo, como le había enseñado Hugo y a la
altura de la llamada “baliza intermedia”.
Impaciente, aguardaba la llamada telefónica
de Hugo, que no llegaba… -Claro, si aún está alto, no tiene cobertura. –Pensó.
-Finalmente, cuando estaba Ezequiel con el
corazón a ciento y veinte pulsaciones por minuto, llamó Hugo, con un escueto
“Estamos descendiendo para la pista 12” .
Casi al momento, oyó por el receptor portátil
aeronáutico, como Hugo notificaba a la torre que estaban en el punto final.
-Clear to land. Respondió el controlador.
-Clear to land. –Confirmó Hugo.
Ya Ezequiel, vio aproximarse al avión, que
volaba peligrosamente bajo. Se balanceaba por la falta de maniobrabilidad que
le ocasionaba la baja velocidad, pero… Llegando a la baliza, soltó el paquete y
remontó ligeramente el vuelo, para dirigirse hacia la pista.
Corrió como una liebre Ezequiel, agarró el
paquete y como alma que lleva el diablo, corrió hacia los arbustos mas espesos
y se dirigió a su carro.
Todo había ido bien. Manejó el carro, ya mas
relajado, hacia la terminal del aeropuerto a esperar a Hugo y a César.
Si al controlador le hubiera dado por mirar
hacia el avión aproximándose tan extrañamente bajo, probablemente, hubiera
entrado en alguna sospecha y hubiera llamado a la policía del aeropuerto. Los
Americanos del Norte, ya se sabe que son muy escrupulosos y legales, pero… No había
tráfico aéreo, el controlador estaba relajado y ni miró hacia el avión
aproximándose, así que todo fue bien.
Eso no evitó que Hugo y César, fueran
sometidos a un registro en la aduana muy a fondo, porque un avión privado
procedente de Centro América, siempre da morbo a los policías del aeropuerto,
pero… No había nada que ocultar.
Así, que se reunieron en la terminal nuestros
tres hombres y marcharon con el carro hacia Miami.
Llegando a casa de María, dijo Hugo: -Mañana
por la mañana hacia las diez, vendrá un hombre a buscar el paquete. Que me
espere si no he llegado. Yo estaré también por allí hacia esa hora.
CAPITULO XXXI
Aquella noche, aun cuando pareciera que
Ezequiel debería estar excitado, por toda la actividad delictiva y aventurera
realizada, la verdad, es que se dejó caer en la cama y se sintió relajado.
Había cesado la tensión, todo había acabado
bien y la tarea estaba bien terminada.
Suponía que por la mañana, Hugo le pagaría,
como la otra vez un buen puñado de Dólares y ya empezaría a planear la próxima
misión.
Ni siquiera valoraba el riesgo. Estaba metido
en ello y había dejado de alguna manera de ser “Un Don Nadie” para meterse en
una trama que le podía volver rico y rápidamente.
Se daba cuenta de la mucha experiencia que
había adquirido. -En poquísimo tiempo, he aprendido mas que en toda mi vida
anterior. –Pensaba.
Y era cierto. Cuando un hombre hace ese
cambio, ya nada puede volver a ser como antes. Ya nada tenía que ver el
Ezequiel que estaba reposando cansado en la cama, con el que había estado
tocando el piano y cantando en Santa Ana, aquella fatídica noche en que el
desgraciado del Embajador agredió tan salvajemente a Carmen.
-No creas que me he olvidado, no, hijo de
puta. Me la debes.
Lo que mas quería Ezequiel, era seguir adelante
en el trabajo con Don Fernando y poder
regresar a El Salvador, donde se sentiría mas seguro, mas protegido y donde
sabía que Don Fernando compraba lo que hiciera falta.
-En el aeropuerto de Ilopango, -pensaba- no
tendría que correr agazapado entre la maleza como en Opa Locka. Allí, me
saludarían con respeto los funcionarios…
Y se durmió.
A las diez de la mañana, puntualmente,
mientras María, muy callada ese día y Ezequiel, estaban sentados en el jardín
posterior de la casa, sonó el timbre.
-Alguien toca a la puerta. –Exclamó Ezequiel
inquieto.
-Eso es obvio, hombre, por eso hemos oído el
timbre. –Respondió María bromeando y añadió –Anda, ve y abre, que será ese
amigo de Hugo.
Y abrió Ezequiel la puerta de la casa,
quedando petrificado.
Quien llamaba a la puerta, era el mismo
hombre que había visto pocos días antes en Bayside, intercambiando dinero por
droga, con Lucita.
Quedó tan sorprendido y quieto que el
misterioso hombre le espetó: -¿Me franquea el paso o me quedo fuera?... Vengo a
ver a Don Hugo.
-Por supuesto, Ud. Perdone, es que esperaba a
otra persona y me ha sorprendido. –Mintió Ezequiel. Y lo hizo pasar a la
salita.
Salió María y para sorpresa de Ezequiel,
saludó efusivamente a aquél hombre. –Hola, Cirilo, ¿Cómo está Ud.?. –Le dijo
amablemente al tiempo que le daba la mano.
-Bien. –Respondió escuetamente el Cirilo, al
tiempo que se sentaba en un sillón y pedía un trago.
A los pocos minutos, llegaba Hugo. Saludó con
no mucha cercanía ni simpatía al tal Cirilo y le invitó a pasar a un cuartito
en el que María tenía un pequeño despacho.
-Actúa como si estuviera en su casa este Hugo.
-Pensó Ezequiel.
Sin ni siquiera cerrar la puerta del
despachito, Hugo entregó a Cirilo el paquete que habían traído desde El
Salvador y el tal Cirilo, le entregó a Hugo un maletín. Hugo se puso a contar
el dinero.
-Muchísimo dinero, -pensó Ezequiel, que no se
perdía detalle, mirando de reojo.
Tras el breve encuentro, salió Cirilo del
despacho, le acompañó María a la puerta y regresó hacia el despacho.
-Ahí tienes lo tuyo, María. –Dijo Hugo
dándole un pequeño paquete de dinero.
Salió María del despachito y Hugo tras ella
también y dirigiose a Ezequiel.
Toma amigo, ahí van cuatro mil Dólares de
parte de Don Fernando. No los gastes de golpe. –Y girándose hacia María- Yo
también me voy María. -Y salió con el maletín del dinero abandonando la casa,
al tiempo que decía a Ezequiel -Ya te llamaré, que ahora tengo gestiones que
hacer y he de recoger el avión y regresarme con César a El Salvador.
Efectivamente, salió y se dirigió a su carro,
donde César, el sobrino de Don Fernando, le aguardaba.
CAPITULO XXXII
El siguiente domingo, Ezequiel, que seguía
tocando cada día el piano y cantando como siempre en el restaurante de Flagler
Street, decidió que puesto que era festivo, acudiría a ver a Lucita a un
restaurante próximo a Miracle Mile, en el que le había dicho María que
organizaba una fiesta.
Se vistió elegante, Ezequiel. Bueno,
relativamente elegante y a las cinco de la tarde, marchó al restaurante.
Se trataba de un lugar bien bello, que
imitaba a un castillo español.
Había perdido interés en Lucita, porque ya
había visto que era en realidad una “putilla” y además, al recalentarse
Ezequiel con Rita, la jovencísima hija de Don Fernando, pues había desplazado
de sus ideas y de sus fantasías sexuales a Lucita.
Y es que Rita, además de excitarle por su
hermosura y por ser una niña, le excitaba porque era la hija de Don Fernando y
eso le daba mas morbo a la aventura.
No obstante, Lucita, le gustaba, estaba solo
y las pocas satisfacciones que se daba con María, no eran “cosa importante”,
así que pensó que no le vendría mal un
revolcón con Lucita.
-Hola Lucita. ¿Cómo tu estás, mi amor?. –Cariñoso él y juguetón.
-Ezequiel, mi amor. –Ella tirándosele a los
brazos como hacía siempre con los hombres, envolviéndoles la nuca con los
brazos y colgando las piernas de ella de la cintura de ellos,
desequilibrándoles, físicamente, porque casi se caían de la avalancha del
cuerpo y mentalmente, porque se les disparaba la tensión sexual.
-Ya ves. Vine a verte.
Y se quedó Ezequiel, participando de la
fiesta aunque no estuviera invitado, recibiendo atenciones de Lucita y
esperando a que ella terminara todo su mucho trabajo, para charlar con ella.
Y acabando la fiesta, se fueron a Bayside,
que en ese Miami, todo el mundo acaba paseando por Bayside, como en La Habana se acaba paseando por el Malecón.
Se sentaron a tomar un helado y Ezequiel,
curioso, se lanzó.
-El otro día te vi aquí, Lucita, por la
mañana, charlando con un hombre, ahí en ese pasillo.
Palideció Lucita. No respondió.
-Ese mismo hombre, vino a casa de María el
otro día, oye… ¿Qué está pasando?. –Dijo solemne Ezequiel.
-Tu, ¿Es que eres especialista en saber lo
que no debes saber?...¡Metido!. –Respondió indignada Lucita.
-¿Estás vendiendo por tu cuenta,
Lucita?.-Inquirió Ezequiel.
-Si le dices eso a Don Fernando, me mata.
–Casi suplicó Lucita.
-No, mujer,¿Cómo quieres?. Esta noche te
acuestas conmigo.
-¿Me chantajeas por eso?... ¿Compro tu silencio?.
-¿Qué silencio ni silencio?. Te acuestas
conmigo, porque ardo en deseos de ello… Y supongo que a ti ¿Que mas te da uno
mas?.
-La cachetada, sonó por todo Bayside y dolió
en la cara de Ezequiel.
-Vámonos a mi casa, degenerado.
El pequeño apartamento de Lucita, estaba en
Coral Gables, barrio bien bonito y lujoso de Miami.
A Ezequiel, le gustó, era pequeño pero bien
decorado. –Esta, gana plata. –Pensó.
Y compartieron el lecho y charlaron, largo y
tendido…
-Quiero ganar mucha plata, Ezequiel. –Comentó
Lucita. No me bastan los continuos regalos y propinas de Don Fernando. Yo
quiero mucha plata. He pasado por mucha miseria y ahora quiero plata.
-¿Y?...
-Pues que conocí a Cirilo casualmente porque
una vez coincidí con Hugo y con él y me dijo que si tenía algo para él, que me
lo compraba. Así que a veces, consigo algo de mercancía y se la vendo. Es poca
cantidad, pero me sirve.
-¿Y como la consigues?.-Preguntó Ezequiel.
-Bueno, a veces uno de los cargamentos de
Hugo, dependiendo la treta que emplea, viene a parar a mis manos hasta que se
entrega al cliente y yo… Pues abro con habilidad el paquete y mezclo un poco
con polvo blanco, lo corto bien y me quedo una parte. Poquito para que no se
note.
-Interesante negocio. –Respondió Ezequiel
mientras caía dormido.
CAPITULO XXXIII
Pocos días tardó Ezequiel en recibir la nueva
llamada de Hugo.
Le dio instrucciones completas, para realizar
la misma operación, pero esta vez, en el Aeropuerto de North Perry, en
Holluwood. –Estas cosas hay que hacerlas siempre en lugar diferente.
Estúdiate bien el aeropuerto, mírate las
pistas, el entorno, todo. Ya no me necesitas para estar preparado.
Respondió Ezequiel afirmativamente y preguntó
de cuantos días disponía para prepararse.
-Llegaré seguramente dentro de siete días.
Estaremos en contacto. –Respondió Hugo.
Y Ezequiel, comenzó a acudir cada atardecer
al Aeropuerto indicado por Hugo.
Estaba complicado, porque habían muchas
edificaciones, pero se dio cuenta de que podía entrar bien en la explanada de
las pistas, a través de la escuela de aviación de Broward Community College.
El acceso para la cabecera de las pistas 18 y
29, era fácil desde allí, pero… Había que echarle valor, no era tan fácil ni
mucho menos como en Opa Locka y además… -Estos malditos, cortan tanto los
matojos que se ve todo… -Se dijo Ezequiel.
Lo cierto, es que quedó todo preparado y el
día convenido, siguiendo las instrucciones de Hugo, volvió a cometer la misma
temeridad, volvió a pasar por la misma situación estresante, volvió a jugarse
su libertad y… Funcionó. Lo hizo.
Esta vez, no llevaron el paquete a casa de
María, sino que directamente, fueron a un lugar discreto en “la Pequeña
Habana”, en Miami, bien cerquita de la famosa Calle Ocho y allí se encontraron,
Hugo, Ezequiel y César, que había llegado con Hugo, con el tipo aquél
misterioso, al que Lucita le vendía alguna droga… Cirilo.
Se hizo la entrega, el intercambio de dinero
por droga, toda la operación y seguidamente, Hugo y César, acompañaron a
Ezequiel hasta casa de María.
-Mira, Ezequiel. –Dijo Hugo- Que me ha dicho
Don Fernando que te vengas con nosotros, que ahora vamos a estar una
temporadita sin venir y te necesitará allá. Así que mañana en la mañana, te
recogemos y nos vamos para el Aeropuerto a por el avión.
-Pero ¿No me voy a despedir en el
restaurante?.
-Ese trabajo ya no te importa a ti. Llámales
por teléfono si tanto te importa quedar bien. –Respondió Hugo tajante.
Y se despidieron.
Aquella anoche, fue especial. María le trató
mejor que nunca.
-Que pena me da que te marches, como pena me
da que vivas todo esto, hijo. –Le dijo María tiernamente.
-Bien mirado, María, la vida simple y
sencilla, también es un poco aburrida. Quizá es mejor vivirla de prisa y
esperar tener suerte. –Respondió un Ezequiel con inusitada madurez.
-Bueno, lo cierto, es que allá en El
Salvador, estarás mas protegido. Si eres fiel a Don Fernando, no te faltará
nada y las autoridades, poco te van a molestar.
Además, allá si ingresas en prisión, que Dios
no lo quiera, te saca Don Fernando, que no hay quien se le ponga delante.
Y la despedida, fue una relación de sexo y
amor, sincera y bella. María siempre le recordaría, pero Ezequiel a ella, sin
duda toda la vida. Había sido para él una madre, una amante y una amiga, todo a
la vez.
-En cualquier caso, -dijo Ezequiel- no tengo
duda de que volveré por acá y de que volveremos a vernos.
Y así se durmieron.
CAPITULO XXXIV
Y por la mañana, juntos Hugo, Ezequiel y
César, fueron en un taxi hasta el aeropuerto de North Perry, recogieron su
avión y, se regresaron a El Salvador.
El vuelo, iba siendo placentero, una vez que
“les dejaron tranquilos esos mierdas de controladores americanos” según Hugo,
se establecieron en la Aerovía y comenzaron a charlar y… A tomar.
Y un Hugo, como siempre provocador, bromista
y obviamente desconocedor de lo que había pasado entre Ezequiel y Rita, pues
comenzó a hablar lo indebido.
-Venga, César, cuéntale a Ezequiel tus
aventuras con Rita. –Dijo Hugo.
Casi palideció César y Ezequiel se dispuso a
escuchar atentamente.
-Bueno, bien, que he tenido algo con Rita,
pero entre nosotros ¿Eh?. –Borrachos todos, aunque Hugo el que menos, que no
hay que olvidar que tenía claro eso de “Si bebes no conduzcas o manejes”. Pues
lo mismo aplicado a los aviones y suavizado: “Procura no tomar mucho para
pilotar”.
Y comenzó a largar por aquella boca mojada en
alcohol César… Que todo había empezado cuando Rita tenía once años, que si
seguía “soltera y entera”, que la pilló haciendo guarrerías y… Y cómo había
acabado el asunto.
Y Ezequiel, alucinando y aunque tratando de
controlar la lengua, pues ésta se soltaba también con el alcohol y…
-Bueno, pues yo que sepáis que me acosté con
ella el día de la fiesta en Biltmore y soltera estará, pero “entera”, no.
Silencio absoluto. A Hugo, le cayó de las
manos el enésimo vaso de ron que tomaba.
-¿Qué no está entera?... –Dijo Hugo- Yo estoy
viajando en este avión con dos muertos. ¿Estáis locos?... ¿No sabéis quien es
Don Fernando?.
Y los otros dos, reían como locos.
-Ni enteeera,
ni naaada de naaaza. Respondieron los dos borrachísimos y casi al
unísono. -El único que no la ha tocado, eres tú Hugo. –Añadió César.
Eso, le tocó el amor propio a Hugo. –Oye. -Dijo-
A esa la tocaré yo también.
Y el avión se balanceaba estrepitosamente,
porque se reía con ellos.
Mientras, Rita, estaba bien modosita y
discreta en su casa en Santa Ana, pensando románticamente en Ezequiel y…
Preocupadísima porque su periodo no estaba llegando ese mes…
Aunque eso, no interfería nada en la gran
fiesta que se estaban montando en el avión, Hugo, César y Ezequiel, a costa de
ella y de otras mujeres y aventuras que fueron mezclando.
Reía Hugo como un condenado. –Se me está
haciendo corto el viaje, oye.
Y aterrizaron sin novedad, aunque iban bien
tomados, en el aeropuerto de Ilapongo, donde ya les esperaba Don Fernando, casi
al pie del avión, esperando recoger la plata que le traían.
Por un momento, Hugo, casi con la vista
borrosa por la borrachera, creyó adivinarle unos cuernos en la frente… Se le
escapaba la risa. –Tengo que controlarme. –Pensó- Aunque hay que ver que poco
control ha tenido Don Fernando de su “santita” y perdió él el control y se rió
a carcajadas.
-Don Fernando, se le acercó indignado. -¿Cómo
tengo que decir que no se toma mientras se trabaja?.
-Perdone, Don Fernando… Todo ha ido bien.
–Hugo respondió controlándose.
-Bueno, eso es lo importante, respondió Don
Fernando y se dirigieron hacia la cafetería del aeropuerto.
Se sorprendió Ezequiel, al sentir que alguien
le tocaba en el hombro. Era el negro aquél gigantón, el guardaespaldas del
Embajador… O dicho de otra manera, el que satisfacía a la esposa de Don
Fernando.
-Dame tu pasaporte. –Le dijo secamente a
Ezequiel.
Quedó Ezequiel muy sorprendido y se echó
atrás medio asustado.
-Dáselo, hombre, -intervino Don Fernando- que
te lo va arreglar tu “amigo” el Embajador con una Visa múltiple e Indefinida.
–Y rió también estrepitosamente Don Fernando y dirigiéndose a los otros dijo
–Este es muy amigo del Embajador. -Rieron todos y ya Don Fernando se añadió a
la toma de ron.
Y es curioso, que por borracho que se esté,
se controla lo importante, porque aunque acabaron todos que medio no se
aguantaban en pie, pero ¡Mira!, nadie bromeó con Rita. Eso si que hubiera sido
“mortal”.
CAPITULO XXXV
Fue un respiro para Ezequiel, regresar a su
casa, ver a sus padres, caminar libremente por Santa Ana, sin temor a ser
ultimado.
Bueno, sin temor a ser ultimado por los
hombres de Don Fernando, que en esa ciudad, ultiman a cualquiera por cualquier
cosa. Aunque en la medida en que Ezequiel fuera siendo mas conocido como
“hombre de Don Fernando”, mas difícil sería que nadie se metiera con él. Ni
siquiera la policía.
Ya es de imaginar como recibió de ilusionada
la mamá de Ezequiel a éste; habían temido mucho por él.
El padre, hombre sencillo, pero con sentido
común, no dejó de percibir el profundo cambio de Ezequiel. No era el mismo.
Tenía como una seguridad, había adquirido carácter.
-Hijo, ¿Te van bien las cosas?. –Inquirió
paternalmente a Ezequiel.
-Muy bien, papá, estoy trabajando bien y me
gano la vida.
-Pero, ¿Cómo es que ya no tienes que huir de
Don Fernando?...
-Bueno… El fue a Miami y allí casualmente me
contrataron para cantar en la fiesta que él celebraba por los quince años de su
hija y ya ves… Pues nos arreglamos. Ahora, incluso trabajo para él.
-¿Cómo que trabajas para él?. –Exclamó
alarmado el padre.
-Bueno, papá, le gustó como canto y me
contrata para alguna de sus fiestas. –Respondió con rapidez Ezequiel,
consciente de que había hablado demasiado… Su padre era muy recto.
-Ten cuidado, hijo… Con esa gente, mucho cuidado.
-Lo tengo, papá, lo tengo.
Y salió a la calle, con ganas de finalizar la
conversación y porque además, la mirada de su padre, algo inquisidora, le
afectaba mucho.
Caminó hasta el viejo hotel, porque tenía
muchísimas ganas de conversar con el dueño, que tanto le había ayudado; a ver a
sus amistades.
Era prácticamente la hora de la cena y allí
no había música.
El propietario del hotel, se abrazó a
Ezequiel, con honda emoción. –Como te he echado de menos y cuánto he temido por
ti, hijo.
Pues ya ve que poco había que temer,
-respondió jovial Ezequiel, al tiempo que se dirigía hacia el piano- ¿No hay
pianista?.
Tuve otro después de irte tú… Buen hombre,
aunque no tenía tu fuerza para cantar, pero… -Suspiró- Una noche, salió solo a
pesar de mis advertencias, para regresarse a su casa y, ya ves, muerto le
encontraron por la mañana, cerca de La Catedral.
-Que pena me da. Por lo menos en Miami, no
espera uno que lo maten por ahí… Tan fácilmente. Pero bueno, yo trabajo de día
y llego a casa antes de oscurecer. No vivo ningún peligro. –Mintió Ezequiel,
que vivía en peligro de que hubiera cualquier problema con los contactos de
Hugo y, aún peor, que la policía le detuviera y pasara largos años en prisión.
Y se sentó al piano, al tiempo que le decía a
su interlocutor, -Hoy no tendrá Ud. Que pagarme.
No era fácil convertir un corrido mexicano en
una balada, pero lo hizo fácil y comenzó a cantar, sin preocuparse mucho del
ritmo, punteando simplemente los acordes, que a fin de cuentas acompañan bien y
lo que valía era la letra de la canción y el sentimiento…
♫ Bajó de La Sierra con un objetivo
y vendió naranjas cuando era un niño
y vendió naranjas, siguió su objetivo,
sin miedo a la vida, sin miedo al peligro.
Ahora por todos es reconocido,
si no lo conoces, atento al corrido
El chaparrito es muy decidido.
Su gente lo admira por ser aguerrido
el tiene de todo, pues lo ha merecido.
Si lo provocas, se enoja el amigo
Respeta, si acaso, quieres seguir vivo. ♫
Y así le canto al Chapo Guzmán, uno de los
mas famosos narcotraficantes de México…
Y acabó el corrido y aún cantó alguna otra
canción, para después cenar algo, invitado por la casa, claro, que bien que
había cantado gratis y se acercó al bar, a charlar con alguien.
Y allí que apareció Don Fernando, con el
Alcalde de la ciudad y se pusieron a charlar en una mesa.
A los pocos minutos, se les unía Hugo y, ante
la sorpresa de Ezequiel, Don Fernando, le llamó para que se sentara con ellos a
tomar.
-¿Cogiste ya a una de tus putitas?... –Le
espetó Don Fernando a un Ezequiel sorprendido por la pregunta y sin saber que
contestar. –Bueno, ya se que tú no eres tan lanzado para eso como Hugo. –Y rió
estrepitosamente Don Fernando, siendo obedecido en el acto por los otros dos,
que comenzaron a reír muchísimo su
gracia. Por supuesto que se les añadió Ezequiel. Las “gracias” de Don Fernando,
se reían y coreaban sin rechistar.
Y siguió hablando Don Fernando, dirigiéndose
ya al Alcalde.
-Mira, amigo Alcalde, ¿O debo llamarte Señor
Alcalde?. –Nuevas risas coreadas- Siempre he dicho lo mismo. La economía del
mundo, se sostiene sobre tres pilares fundamentales:
La industria de la energía, con todo lo que
conlleva. Sin energía para mover las máquinas, nada funciona. Así que quien
controla bien la extracción y el refinado del petróleo, el gas, la energía
nuclear, está dominando uno de los tres pilares de la economía mundial.
-¿Y cuales son los otros dos, Fernando?. –El
Alcalde, se podía permitir omitir el Don, delante del Fernando.
Pues la guerra. No por lo que supone la
guerra en si, no. Por todo el dinero que mueve
la industria del armamento, la logística, el transporte y el suministro…
Y por supuesto, lo que se roba al país que pierde.
-¿Y el tercer pilar?. –Inquirió el Alcalde,
mientras Hugo y Ezequiel, se limitaban a escuchar con respeto las palabras de
los dos borrachos.
-Pues el narcotráfico. Mueve una fortuna y da
trabajo directamente o de forma indirecta a muchísima gente. Hay pueblos
enteros, que si no fuera por la plata que les supone toda esa actividad de los
traficantes, estarían en la ruina mas absoluta.
-Total, -dijo el Alcalde- que tendríamos que
dar gracias a Dios por la existencia de las guerras y el narcotráfico, además
del petróleo…
-A Dios, ni mencionarlo. –Respondió algo
enfurecido Don Fernando. –Sabes que no me gusta que se pronuncie su nombre en
vano. Para la gente de bien, Dios, la religión y la familia, son la base
fundamental de todo. Con eso, no se juega. Ya sabes lo que le hice al maldito
árabe aquél que se atrevió a mofarse de Dios en mi presencia.
Se quedaron Ezequiel y Hugo, mirando algo
desconcertados. Les devolvió la mirada Don Fernando –Obviamente, vosotros, no
conocéis la historia del árabe, ¿Eh?.
-No. Don Fernando, nosotros no. –Respondió
Hugo.
-Cuéntasela, Fernando, no te enfades. –Dijo
el Alcalde.
-Este tipo, era un descontrolado
independiente, que me traía “material” desde Afganistán. Era de admirar, porque
traer eso desde allí, introducirlo aquí y salir siempre bien parado, pues no es
algo fácil.
No era importante, era un “independiente”
habilidoso. Yo me iba entusiasmando cada vez mas con él, pensando que la
colaboración sería larga y fructífera. A ti, Hugo, ni te había conocido yo
todavía.
Pero un día, que estaba aquí en una de sus
visitas, me separé de él en la plaza para entrar en la municipalidad y al
regresar, le sorprendí haciendo… ¿Sabéis
qué?...
-No Don Fernando. –Respondió de nuevo Hugo,
respetuoso.
-Escupiendo con maldad ante la puerta de la
Catedral.
-Eso es una gran ofensa. –Intervino el
Alcalde.
-Fíjate que soy enemigo de la violencia. Un
buen Cristiano, no debe emplear esos métodos… Para eso, se tiene a los
empleados. Pero no pude contenerme. Allí mismo, le propiné un terrible puñetazo
por la espalda a la altura del riñón izquierdo.
Eso, ya comprenderéis que duele y, además de
doler, corta la respiración. Así, que me abalancé sobre él y comencé a pedir
auxilio, gritando que aquel hombre no respiraba.
Varios transeúntes le agarraron en brazos para
llevarle al hospital… NO, grité yo. A casa de mi doctor, que vive aquí al lado…
Y le llevaron a casa de mi doctor, que para
mí, es mas que un amigo. Un buen cristiano.
Mira, Doctor, este individuo se estaba
burlando de nuestro Dios y… Le he dado tremendo puñetazo en la espalda y…
Me interrumpió el buen doctor. –Reanímale tú,
que lo harás mejor que yo- Y se marchó hacia su despacho.
Agarré la almohada que había en la camilla,
se la apliqué en la cara al maldito árabe y cuando ya comprobé que ni respiraba,
ni lo haría nunca mas, llamé al doctor… -Ya está reanimado. Firma el
certificado de defunción y ocúpate de todo.
-Déjalo todo en mis mano, Fernando.
–Respondió éste Y se acabó la historia.
Porque a mí, a Don Fernando, nadie se atreve a provocarle insultando a Dios.
Quedó Hugo, satisfecho con la historia,
asintiendo y Ezequiel, boquiabierto de admiración.
-Porqué no nos cantas algo, Ezequiel?.
–Ordenó, mas que pidió el Alcalde.
-A sus órdenes, Señor Alcalde. –Respondió
Ezequiel, que oyendo aquellas conversaciones, parece que sentía respeto por
aquellos tipos tan importantes.
Y cantó de nuevo Ezequiel y todos ellos
tomaron mas ron y mas de otras bebidas y, finalmente, fueron llevados todos a
casa de cada uno, en el carro del Alcalde, escoltados por un auto de patrulla
de la policía.
-¡Que seguro se desplaza uno con tanta
protección!. –Se dijo a sí mismo Ezequiel, encantado con aquella nueva vida.
-A ver como hago para ver a Rita, que me apetece
y mucho. –Pensó mientras entraba en casa de sus padres y se disponía a
acostarse.
CAPITULO XXXVI
Bien temprano por la mañana, Don Fernando, ya
se disponía a marchar a su oficina.
Había dado instrucciones a su sobrino, César,
para que fuera a recogerle con el carro a esa hora. Se asomó al jardín y vio el
carro de César, pero no a éste. –Estará por ahí. –Pensó.
Así que regresó hacia la cocina a tomar algo
de café, cuando vio al fondo, en el vestíbulo o zaguán que daba a la zona de
habitaciones, a César, hablando con Rita. Fue hacia ellos, para meterle prisa a
César cuando, se detuvo en seco. Se hizo a un lado, porque la conversación le
interesó.
-No quiero verte mas, César. Me has estado
tocando desde que tenía once años y ya me cansé.
-Pues bien que te gustaba y no te olvides que
fuiste tú la que comenzó. –Respondió César airado.
-Pues que sepas, -replicó airada Rita, con
ganas de ofenderle puesto que él sabía bien que no podía haberla embarazado,
-que estoy embarazada.
César quedó boquiabierto y pensó
inmediatamente en Ezequiel.
Don Fernando, también abrió desmesuradamente
la boca, pero porque le faltaba el aire para respirar. Se dirigió como una
flecha a su escritorio, agarró su revólver y…
Se detuvo. –NO. –Pensó. –Un buen cristiano no
mata al hijo de su hermana. Yo no soy ningún asesino… Para eso están los
sirvientes.
Se dirigió al teléfono y llamó enloquecido a
Hugo.
–Hugo, Déjalo todo y ven a mi oficina. No mejor a mi
casa y me llevas a la oficina.
Con gran valor para tratar de tranquilizarse,
se asomó al zaguán y dijo a distancia, con temor de no controlarse:
-No es preciso que me esperes, César. Tómate
el día libre que ya voy yo a la oficina por mi cuenta.
-Como mandes, Tío. –Respondió César, ajeno a
que estaba firmada su sentencia de muerte.
-Buenos días, Don Fernando. A sus órdenes.
–Dijo Hugo, entrando en la casa.
-Adelante, Hugo. Vamos con el carro a mi
oficina, que tenemos que hablar.
-Pensaba que le recogería hoy su sobrino
César.
-Ni contestó Don Fernando, limitándose a
entrar en el carro.
En todo el recorrido hasta la oficina, ni
abrió la boca Don Fernando y Hugo pensó –Este está hoy muy enfadado.
Entraron en la oficina y habló Don Fernando a
uno de los empleados:
-Localízame a Ezequiel y que venga para acá
inmediatamente, que tenemos que hablar urgente.
-Ahorita se lo traigo, Don Fernando.
–Respondió el empleado.
-Si llegáis antes de que termine de hablar
con Hugo, que espere fuera. Yo le llamo cuando acabe con Hugo.
Comprendió Hugo, que algo un poco serio
ocurría, así que entró en el despacho respetuosamente y se dispuso a escuchar.
-Mira Hugo. Hace tiempo que nos conocemos. Seré
breve y tú únicamente cumple mis órdenes.
-Como siempre, Don Fernando. –Respondió Hugo.
-Bien. Para que no me preguntes ni te
preguntes los motivos, ya te los digo. El hijo de puta de mi sobrino, César, ha
dejado embarazada a Rita. –Hizo una pausa y suspiró.
-Ni abras la boca. Hazlo desaparecer. He
dicho desaparecer. No quiero ningún cadáver por aquí. ¿Entendiste?.
-¿Don Fernando… ¿Está Ud. Seguro de que eso
es así?. –Respondió medio asustado Hugo.
-¿Acaso no entendiste que no debías hacer
preguntas?. Tengo absoluta certeza.
-A sus órdenes, Don Fernando. Me ocupo de
todo. Respondió Hugo.
Y salió, encontrándose ya a Ezequiel
esperando. –Luego nos vemos Ezequiel, que tengo tarea urgente e importante.
–Dijo Hugo a modo de saludo.
CAPITULO XXXVII
Don Fernando, estaba al teléfono, hablando
con el Embajador.
-¿Tienes el pasaporte con el visado de
Ezequiel?. Pues mándamelo ya mismo, que
tengo urgencia de enviarle a Miami.
Colgó el teléfono y se dirigió a Ezequiel,
que ya entraba en el despacho.
-Siéntate, Ezequiel.
Ya sabes, porque lo hemos comentado, que voy
a expandir el negocio de forma importante en Florida. Vamos a trabajar con mas
volumen.
Hugo, tiene bastante con ocuparse de los
transportes, pero ahora mismo, ya tenemos que disponer de un local en Miami y
estar preparados para recibir las mercancías, por múltiples vías de envío.
-Entiendo, Don Fernando. –Respondió Ezequiel.
-Bien. Mañana te transferiré algo de dinero a tu cuenta de allá y te daré plata
también para que lleves contigo. Tienes que encontrar un lugar, según las
instrucciones que te daré para tener una oficina y un pequeño almacén y además,
tendrás que contactar con un abogado de allá que ya te diré para comenzar a
registrar una modesta empresa de importación-exportación.
Prepara todo para salir mañana. Hay que
comprar dos billetes de avión para Miami.
-¿Dos?. –Preguntó Ezequiel.
-Si. Dos. Mi hija, Rita, se va contigo.
-Palideció Ezequiel. –No entiendo, Don
Fernando.
-Pues es muy fácil, ha traicionado la
confianza de la familia y lo que vamos a hacer es lo siguiente:
La llevarás a la casa de Doña María que es
una mujer buena y de orden y se alojará allí, de momento, indefinidamente.
Te hago responsable por completo, de que
permanezca las veinticuatro horas del día encerrada en esa casa. Jamás, ni por
un segundo, puede salir a la calle y no puede disponer de ningún teléfono.
¿Entiendes?. No puede tener contacto con nadie en el mundo, mas que con Doña María
y si es necesario, mínimamente, contigo.
Asintió Ezequiel y salió del despacho
preocupadísimo.
¿Qué podía haber pasado?... Se preguntaba
Ezequiel. Obviamente, nada que tuviera que ver con él, porque caso contrario, no estaría Don
Fernando dándole esas instrucciones.
Por otro lado, algo grave pasaba… ¿No se
habría enterado de lo de César con Rita?...
Obviamente, Ezequiel ignoraba lo del embarazo
y además, seguía sin haber visto a Rita.
-No voy a preocuparme de eso ahora. Voy a por
los billetes de avión y ya veremos.
Y se dirigió a la agencia de viajes, compró
los dos tickets y se marchó a su casa a ir preparándolo todo.
CAPITULO XXXVIII
Mañana, me voy a Miami, mamá. –Dijo Ezequiel
a su madre, al tiempo que le daba instrucciones para que le preparara un ligero
equipaje y todo lo necesario.
-Hijo mío, ten muy en cuenta lo que te dice
siempre tu padre. Ten cuidado con todo. El mundo está lleno de peligros y… Allá
en Miami… -Respondió la madre.
-Acá matan gente a diario, mamá. ¿Viste lo
que le pasó a Carmen?.. Viste lo que ha pasado con el pianista que me sustituyó
en el hotel?...
-Estás entrando en un tipo de ideas
peligrosas, hijo. –Terció el padre de Ezequiel, que entraba en ese momento.
–Quien se conforma con lo que tiene y vive con humildad…
-¡Vive como una mierda!. –Le interrumpió
Ezequiel.
-¿Crees que es bueno vivir siempre sometido
al mandato de los demás, para estar supuestamente protegido?.
¿No es mejor buscarse una vida mejor, aunque
comporte ciertos riesgos?.
-Ya no hablas con respeto a tu padre, hijo.
-Te pido perdón, papá, pero… No interfieras
en mi trabajo.
-Estás envenenado, hijo. Todos los días
rezaré por ti. –Respondió la mamá de Ezequiel.
Y se marchó Ezequiel a comer en el hotel,
para además despedirse de su antiguo patrón y distraerse un poco.
Por la mañana, temprano, tendrían que partir
para el Aeropuerto de San Salvador, para tomar el vuelo directo a Miami, él y
Rita.
Y tomó mas de lo debido, que ya se había
aficionado al ron y otras bebidas y charló con alguna de las prostitutas que
iban por el lugar, alguna de ellas bien amigas de la difunta Carmen y… Apareció
Hugo.
-Hola, Ezequiel, ¿Cómo estás?.
-No se si sabes que me voy para Miami mañana
y, con Rita.
-Si. Ya estoy al corriente. –Respondió Hugo.
-¿Qué puede haber pasado?. –Preguntó
Ezequiel.
-Pues no tengo ni idea. –Mintió Hugo.
-¿Sabes una cosa, Hugo?. –Dijo Ezequiel-
Estoy obsesionado con la muerte de Carmen. Le tengo ganas al cabrón del
Embajador. Es algo que tengo pendiente.
-Tampoco era tan importante Carmen para ti,
hombre.
-No es una cuestión de importancia. Es que no
me lo quito de la cabeza. –Respondió Ezequiel.
-Pues cárgatelo. –Respondió a su vez
displicentemente Hugo.
-Si fuera tan fácil… -Comentó Ezequiel.
Aquellos dos tipos, Ezequiel y Hugo, eran de
aspecto normal. Cualquiera se los encuentra por la calle y los ve como gente
normal, pero la degeneración se establece rápidamente en las almas envenenadas
por vidas extremadamente desordenadas y violentas y… Son capaces de cualquier
cosa, aunque solo sea por distraerse.
Tampoco hay que llevarse a engaño. Ezequiel,
no tenía especial odio al Embajador. Ezequiel, tenía ganas de sentirse fuerte,
de sentirse poderosos… Tal pareciera que necesitaba matar a alguien para
completar su “autorrealización”.
-¿Sabes fabricar nitroglicerina?. –Preguntó
Hugo.
-¿Cómo voy a saber eso?. –Respondió Ezequiel,
casi molesto porque Hugo le hiciera ver su ignorancia en “materia de matar”.
-Es muy fácil. Yo alguna vez que la preciso,
la hago en poco ratito en el laboratorio de Don Fernando, donde se preparan los
envíos.
-¿Cómo se hace?. –Un Ezequiel ya
intrigadísimo… Y el ron corriendo garganta abajo por los cuerpos de ambos
interlocutores.
-Pues agarras un cubo con hielo, le pones dentro
otro cubo con un poco de agua y le pones el termómetro.
Cuando el agua del cubo esté alrededor de
once grados de temperatura, en un frasquito que ya has de tener preparado, que
cierre bien y sea resistente, de cristal, pues echas una tercera parte de ácido
nítrico, otra tercera parte de ácido sulfúrico. Todo eso, está allá en el
laboratorio. Lo agitas suavemente y seguidamente, con todo el cuidadito del
mundo, le añades otra tercera parte de glicerina. Ya está. Lo tapas bien y sin
dejar espacio con aire para que no puede removerse. Lo envuelves
convenientemente acolchado y procuras mantenerlo frío todo el tiempo.
Donde rompas el frasquito, volará todo. Es
fabuloso.
-¿Podríamos hacerlo?. –Preguntó un
interesadísimo Ezequiel.
-Pues no. Para vengar a Carmen, no pone uno
en peligro su vida. Lo que si podemos hacer, es dormir la borrachera y
acostarnos prontito que mañana tienes que madrugar, amigo.
-Hace falta mucha plata, Hugo. Esta vida que
llevamos, es cara.
-Bueno, Ezequiel, hay otra vida mas barata,
pero esa, no es vida.
–Respondió Hugo.
Rieron y se marcharon.
CAPITULO XXXIX
Por la mañana, se dirigió Ezequiel a la casa
de Don Fernando, a recoger a Rita. Iba nervioso. Era la primera vez que la
vería, desde que regresó a Santa Ana.
Rita, se encontraba sentada en un banco, en
el jardín, en el porche que precedía a la casa familiar.
Ojos llorosos, rostro pálido, sus maletas, ya
estaban en el suelo junto a ella.
Tal parecía como si la hubieran expulsado de
aquella casa y estuviera en la calle abandonada, sin saber a donde ir.
-Buenos días, Rita. –Saludó serio y contenido
Ezequiel, que sabía que debía ser observado por Don Fernando desde el interior.
Sin detenerse, entró en la casa a recibir las
últimas instrucciones.
Don Fernando, estaba hablando con su mujer,
que lloraba y se interrumpió al oír la entrada de Ezequiel.
Hablaron poco… Casi nada. Unas últimas
instrucciones y…
-Recuerda, Ezequiel. Tu no eres su compañero
de viaje. Eres su vigilante. Te insisto en que te hago responsable. Como si
fuera una monja de clausura. No puede hablar con nadie ni contactar con nadie.
Debe quedar encerrada en casa de quien te dije, que ni mi esposa sabe.
-Lo que Ud. Ordene, Don Fernando.
Y salió de la casa Ezequiel, agarró las
maletas de Rita y la suyas, entregó al guardián de la casa las llaves del carro
y marcharon los dos en el taxi que ya les estaba aguardando, hacia el Aeropuerto en San
Salvador.
Poco hablaron, o mejor dicho, casi nada.
Llegaron al aeropuerto y se embarcaron en el avión, rumbo a Miami.
Don Fernando, quedó en la casa discutiendo
con la esposa, a la que nada dijo de lo que había oído a Rita y César.
Simplemente había tomado una decisión grave, porque “Rita nos ha traicionado”.
De ahí, nadie le sacaba. La esposa pues, ignoraba el embarazo. De hecho, nadie
mas que Hugo, lo sabía, aparte de la propia Rita, que tampoco dijo nada a su
madre.
Ya en el avión, habló Ezequiel. –Rita, ¿Qué
te ha pasado con tu padre?.
-Nada que pueda explicarte ahora mi amor.
Dentro de toda esta desgracia, me siento afortunada porque estaré contigo.
–Respondió ella.
Y Ezequiel, casi se retiró un poco deslizando
su trasero sobre el asiento. No quería entender lo que le decía Rita. El no
pensaba atarse a nadie y aquello le olía a una entrega personal de esas que
pretenden ser “para siempre”.
Ni lo notó Rita, que apoyó su cabeza sobre el
hombro de él.
No se atrevió Ezequiel a retirar el hombro,
aunque de buena gana lo hubiera hecho…
Casi al mismo tiempo, del cercano aeropuerto
de Ilopango, despegaba un avión mucho mas pequeño, en el que salían Hugo y
César.
-Me sorprende la premura con que me has
llamado, Hugo. –Comentó César en la cabina.
-Bueno; ya sabes como es tu tío. Cuando se le
ocurre algo, toma la decisión al momento.
-¿A dónde vamos hoy y… con este avión tan
pequeño?… Casi nunca lo usamos.
Efectivamente, iban en una Cessna ciento
setenta y dos, con un alcance de no mas de ochocientos kilómetros. Una vieja reliquia que utilizaban
en Ilopango para dar clases de vuelo a principiantes.
-Bueno, -Dijo Hugo. –Es una sorpresa. Ya te
digo cuando lleguemos al lugar donde nos dirigimos. Tu, relájate.
Y César, se relajó, porque ni siquiera sabía
que Don Fernando sabía nada especial, ni tampoco que Rita había sido expulsada
de su casa…
Y Hugo,
quiso que este último viaje con César, fuera relajante para él, para
César y voló bajo, sin utilizar ningún sistema de navegación, siguiendo la
Carretera Panamericana, cual si viajaran en automóvil, para ir contemplando el
paisaje.
-A veces pienso, que fíjate que vida tan
atrasada, que pobreza, que falta de desarrollo y, sólo a dos horas de avión,
estás en Estados Unidos, con toda la tecnología y los avances. ¿No es
increíble?... –Comentó César.
-Bueno, constantemente nos pasan cosas
increíbles. -Respondió un Hugo apagado, sin la alegría y la broma en él
habituales…
-¿Sabes. Hugo?, esta carretera Interamericana,
que no se si veremos acabada, la pensaron en un congreso de políticos en el año
mil novecientos veintitrés, lo he leído. Algún día, se irá desde lo mas alto de
Alaska hasta lo mas sureño de la Patagonia, por ella.
-Ya ves. –Contestó un Hugo desganado. –Estoy
pensando en aterrizar en Escuintla, en lugar de hacerlo en el aeropuerto de La
Aurora.
-Pero tenemos el plan e vuelo a La Aurora.
–Respondió sorprendido César. –Nos pueden detener pensando que hacemos
contrabando. En Escuintla no habrá ni aduana.
-Tu no te preocupes. –Respondió secamente
Hugo y, comenzó el descenso hacia el modesto aeródromo de Escuintla, en
Guatemala.
Tal como aterrizaron y detuvieron la avioneta
en el aparcamiento, se dirigió Hugo a un policía, al que dio las excusas por el
aterrizaje por razones técnicas, ya que sospechaba que el motor estaba bajo de
aceite, le invitó a registrar el aparato y a ellos incluso, lo que rechazó el
guardia y le pidió permiso para irse los dos, César y él a una cafetería
próxima al aeródromo, que conocía bien Hugo.
Asintió el Policía, tras recibir cincuenta
Dólares y marcharon Hugo y un sorprendido César hacia la cafetería.
La entrada de Hugo en la cafetería o bar o
como se le pueda llamar a ese lugar, fue celebradísima por la dueña, que se
lanzó a besar a Hugo entusiasmada.
-Cuanto tiempo sin verte por acá, Hugo.
-Bueno, cambié de ruta, ya ves. Ahora quiero
pedirte un favor.
-Estoy a tu disposición, Hugo, tu ya lo
sabes. –Respondió la mujer que sabía bien las buenas propinas que daba Hugo
siempre.
-Quiero que la chica mas guapa de las que tu
“gobiernas”, le dé a mi amigo el placer mas grande de su vida. Ahora, ¡Ya!.
Sin mas que hablar, agarró por la mano la
mujer a César y se lo llevó a la parte trasera del local. César, la siguió
dócilmente.
Regresó a la mesa de Hugo, la dueña del
local, ya sin César.
-No se quejará de la belleza con la que le he
dejado.
-Así me gusta. –Respondió Hugo.
-Mira, Hugo, debes tener cuidado. Después de
la última vez que aterrizaste aquí, hubo algunos policías haciendo preguntas.
Sospechaban de ti… -Comentó la mujer.
Se enderezó en el asiento Hugo, un poco
tenso. –Bueno, ya ves que hice bien en cambiar de ruta. -¿Crees que mi amigo
tardará mucho en terminar con tu chica?.
-Bueno, esa acaba con un hombre en pocos
minutos, te lo aseguro.
Así debía ser porque poco tardó un César con
cara de bien satisfecho en regresar al local.
Así, que pagó Hugo el “servicio” recibido por
César, mas unas bebidas y dijo, -Vámonos rapiditos de aquí, César.
CAPITULO XL
Se sorprendieron al llegar a la avioneta, y
ver allí parado al guardia que les había recibido y cobrado sus cincuenta
Dólares.
-Este quiere otros cincuenta Dólares,
-comentó Hugo.
-Pues se los damos. –Respondió con toda
lógica César.
-Hola amigos, -dijo el guardia- me van a
abrir el avioncito, que yo quiero parte de lo que llevan.
-No llevamos nada, amigo. –Respondió Hugo,
que en el mismo momento recibió tremendo culatazo de la escopeta del guardia en
la cara, cayendo al suelo, casi aturdido.
Y alzó de nuevo la escopeta, dispuesto a
propinar un segundo golpe si fuera preciso. -¿Es que no me oíste?.
Como un melón al romperse, sonó la cabeza del
guardia, cuando recibió el tremendo impacto que con una gran piedra, le propinó
César.
Agarró como pudo César a Hugo, lo metió en la
avioneta y con toda la rapidez de que fue capaz puso el motor en marcha y
despegaron de allí, sin perder un segundo. Las enseñanzas de pilotaje de Hugo,
le habían servido de gran provecho.
-No vayas a La Aurora. –Murmuró Hugo,
dolorido. Nos detendrían, Sigue la Panamericana de regreso a El Salvador.
-Pero, No tenemos combustible para
regresarnos. –Argumentó acertadamente César.
-Hay un campo, junto a una gasolinera, cerca
ya de la frontera, donde un par de veces que me las vi mal, bajé y pedí
gasolina. Yo te indicaré.
Y aterrizaron. Hugo quedó en la avioneta, aún
mareado y César fue a la gasolinera, regresando al poco, con dos grandes latas
de gasolina.
Subió César como pudo a las alas, le alcanzó
las latas con dificultad un Hugo debilitado y echaron así cuarenta litros, que
darían casi dos horas mas de autonomía a la pequeña avioneta, para regresar.
Se disponía César a subir a la avioneta
cuando Hugo, solemne le dijo, -Tu te quedas acá César.
-¿Qué?.
-No me hagas perder un tiempo precioso en
explicaciones. Toma estos cinco mil Dólares, que es todo lo que llevo encima y
búscate la vida. Tu tío Don Fernando, sabe que tocaste a Rita y me ha ordenado
matarte.
-¿Cómo pudiste decirle eso a mi tío?... Yo
confié en ti.
-Tú se lo dijiste. Os oyó hablar el día en que
ella te dijo que estaba embarazada. Márchate y jamás regreses a El Salvador, o
te hará matar. De hecho… Ese es el encargo que me dio para este viaje. Ahora,
seré yo el que quede en peligro con Don Fernando, si un día supiera que no
cumplí su encargo. Sabes que le debo todo. Para él sería una gran traición por
mi parte.
Y se giró Hugo, apenado, casi con lágrimas en
los ojos, pensando “pobre muchacho”, subió a la avioneta y despegó, perdiéndose
en la lejanía rumbo a El Salvador.
Y allí, quedó César, abandonado y
enfrentándose a una vida empezando desde cero. Bueno, desde cinco mil Dólares.
Y se alejó lo mas rápido que pudo del campo,
hacia la gasolinera mientras pensaba atormentado por ello “no se si me ha perdonado la vida porque le
defendí con el guardia, o porque ya pensaba hacerlo”.
Claro, que, también se dijo “me llevó a
recibir algo así como el último placer con la del bar, luego pensaba matarme”.
Pero también pensó que si Hugo llevaba cinco
mil Dólares encima, sería para dárselos, luego en realidad nunca pensó matarle.
Con esa duda, se quedó César y se quedará
también el lector.
CAPITULO XLI
Regresó Hugo a El Salvador, aterrizó en
Ilopango y llamó a Don Fernando. –Ya me deshice de la carga, Don Fernando.
-Supongo que te has asegurado de que la carga
no aparezca. Para todos, ha desaparecido y en paz.
-Bueno, la carga está destruida y
desaparecida, Don Fernando. Como Ud. Quería.
-Bien. –Y colgó el teléfono Don Fernando,
cuyo timbre sonó otra vez de inmediato.
–Haló. –Contestó al teléfono.
Ya estamos en Miami, Don Fernando. –Respondió
Ezequiel al otro lado del teléfono.
-Bien. Pues ya sabes lo que hay. Enciérrala
en casa de Doña María y ya hablaremos.
Y marchó Don Fernando hacia su casa,
caminando, aunque estaba alejada, despreciando el automóvil, cabizbajo,
meditando.
-¿Qué habré hecho yo, Señor, que siempre he
sido un hombre honrado y buen Cristiano, para merecer este deshonor y esta
pena?.
Se desvió de su camino y se dirigió a La
Catedral. Rezó fervientemente. Estaba abatido y quería pedirle a Dios que le
ayudara.
A pocos metros de la Catedral, se encontraba
la consulta de su amigo médico. Por eso llevaron allí al Árabe al que había
matado hacia tiempo por infiel… Y se
dirigió a ver al médico.
-Hola, Don Fernando. –Le saludó el médico,
bueno, el amigo en este caso, viéndole entrar abatido.
-Te hago depositario de algo muy
confidencial, amigo Doctor.
–Respondió Don Fernando.
-Sabe que puede, Don Fernando.
-¿Entiendes de ginecología y esas cosas de
las mujeres?.
-Bueno, ya se lo que va a pedirme. –Respondió
el médico, pensando ya en organizar sus herramientas para un aborto. -¿Tiene
una mujer embarazada por ahí?.
-Si amigo. La tengo en Miami. Hugo le
acompañará para hacerlo allí… El aborto, quiero decir.
-¿Cuándo debo ir?.
-En pocos días, Dr. Todos los gastos irán por
mi cuenta. Hugo llevará el dinero y en cuanto a Ud, ya me dice lo que he de
pagarle.
-Por esto nada, Don Fernando. Por estas
cosas, no se cobra a un amigo y mucho menos a un feligrés de la misma Iglesia.
Y aquél buen doctor y buen amigo, buen
servidor de Dios y que siempre había perseguido activamente a quienes se
atrevían ni a mencionar siquiera la palabra aborto, a los que acusaba de
criminales, despidió amablemente a Don
Fernando y se dispuso a prepararse para el viaje.
CAPITULO XLII
Doña María, como gustaba de llamarla Don
Fernando, recibió en la puerta a Rita y Ezequiel, con semblante serio.
Ya Don Fernando, la había informado
ampliamente por teléfono de todo y le había dado instrucciones.
-Mira hija, -dirigiéndose a Rita- ya tu padre
me ha informado de todo por teléfono, de tu embarazo y de tu comportamiento…
Quedó Ezequiel petrificado. Ni sabía lo del
embarazo.
-A tu padre le debo lo indecible y por tanto
para mí, cumplir sus instrucciones, al pie de la letra, es algo fundamental. Así, que no me des
problemas.
Puedes moverte por la casa como quieras, pero
no me metas en el compromiso de intentar salir de aquí. En cualquier caso, tu
pasaporte tu documentación, el dinero, todo lo tuyo, se viene conmigo a mi
despachito y queda en la caja fuerte.
La acompañó a su habitación y allí quedó Rita
sentada en la cama.
Ezequiel, descompuesto, pensando con claridad
ya, que iba a ser padre, quedó en su habitación sentado sobre la cama. Tal
parecía que su estatura había mermado y su piel emblanquecido o mejor dicho,
palidecido.
Se dirigió a la habitación de Rita. Le cortó
el paso María. –No vayas a complicar tu mas las cosas, Ezequiel. Ni la roces.
-María, ya está rozada. Yo soy el padre.
Se echó las manos a la cabeza María. –Pero si
Don Fernando cree que ha sido César. Quizá le ha matado ya.
Ezequiel, ya desbordado, ni respondió. Entró
a ver a Rita en la habitación de ésta.
-Rita. ¿Cómo es que tu padre sabe lo del
embarazo?.
-Yo no le dije nada. –Respondió ella. –A
nadie le he dicho.
-Pero él lo sabe…
-Solo me llamó y me dijo que era una mala
hija, una auténtica “puta” me dijo, que no tenía decencia y que de nada me
había servido la educación religiosa que me había dado.
Así, que me ordenó venir aquí y que ya pensaría
lo que iba a hacer conmigo…
-¿No tienes nada mas que contarme, Rita?.
–Dijo serio Ezequiel.
-No. ¿Porqué?.
-Pues porque quizá tu padre tenga razón
cuando te llama “puta”. –Lloró Rita.
-Se perfectamente lo tuyo con César, como se
que tu fuiste la provocadora desde el primer momento, que te gusta la
pornografía por Internet… Vamos, todo.
-No me hables así. Vas a ser el padre de mi
hijo.
-Ni me hables de eso. –Respondió Ezequiel,
que regresó a su cuarto a descansar un poco, pensando que por la mañana,
comenzaría a buscar el local para los negocios, tal como le había indicado Don
Fernando e iría a hablar con el abogado para constituir la sociedad mercantil y
legalizar la actividad de importación-exportación.
Es mucha tarea, -pensó- a ver si me centro,
que no quiero fallarle a Don Fernando.
Pobre César, capaz que lo haya hecho matar
ya.
A última hora, pensó en ir a ver a Lucita, a
cenar con ella, pero… Estaba cansado, así que regresó tras la cena que comió
solo, a casa de María y se acostó.
Pocos minutos pasaron y ya estaba Rita entrando en su habitación y
metiéndose en la cama de Ezequiel.
-¿Qué haces?. –Inquirió éste.
-Dormir con el padre de mi hijo, con mi
esposo. –Respondió ella bien contundentemente.
Ezequiel, no estaba en ese momento para esas
cosas, pero, -¿Qué mas da ya?. –Pensó- Si al fin y al cabo nada cambia ya.
CAPITULO XLIII
César, había tardado unos minutos en reaccionar.
Vio alejarse la avioneta pilotada por Hugo en dirección a El Salvador y, notó
que la cabeza le hacía presión como si alguien le hubiera inyectado aire
comprimido por una oreja, asegurándose de tapar antes la otra oreja para que el
aire no escapara por ella.
Resultado: Que la cabeza parecía que iba a
estallar.
Caminó hasta la gasolinera y le devolvió al
empleado las latas vacías de la gasolina. Le había dado generosa propina
anteriormente, así que el empleado de la gasolinera, estaba bien solícito.
-Mira, amigo, búscame ya mismo a un amigo que
tengas con un buen carro y que venga a buscarme, para llevarme a Ciudad de
Guatemala. –Le alargó unos Dólares y se sentó a esperar en la modesta oficina
de la gasolinera. El empleado hizo una llamada y bien pocos minutos tardó en
llegar un carro, manejado por un hombre joven, con aspecto atlético y enérgico.
Trató el precio, hizo llenar el tanque del
carro, ya que el chofer, no tenía ninguna plata y, marcharon hacia Ciudad de
Guatemala.
-No puedo andar sin equipaje, sin ropa… -Me
vas a llevar a un centro comercial, que preciso comprar algunas cosas amigo; y
ya, pues comemos allí los dos algo. –Le dijo al chofer.
Y efectivamente, se dirigieron al centro
comercial de Los Próceres, en el boulevard del mismo nombre, casi esquina con
el paseo de La Reforma.
Allí pudo comprar algo de ropa interior,
camisas, desodorante… En fin todo lo necesario para hacer un equipaje
mínimamente conveniente y… Una maleta donde meterlo todo.
Invitó a comer al taxista y seguidamente, le
llevó éste al Hotel La Casa Grande, en el paseo de La Reforma.
Se alojó César, despidió al taxista y se
dirigió a su habitación a descansar y a meditar.
-Tengo feas las cosas. -Pensó. –En un país
extraño para mí, no podría hacer nada mas que ponerme a trabajar en cualquier
cosa.
Iniciarme en vender un poco de porquería a
los drogadictos de acá, seguro que me lleva a la muerte rápidamente a manos de
los que estén manejando el negocio. Además, sería complicado empezar.
Por otro lado, quiera o no, esto está
demasiado cerca de El Salvador. Si Don Fernando da conmigo, me ultiman ya.
Y meditó y meditó y de nuevo se le comprimió
la cabeza, hasta que se durmió.
El sueño, tiene esas ventajas, el cerebro
reposa, se quita un poco la tensión y al despertar, pues sorprendentemente se
tienen otras ideas, así que… Efectivamente, despertó, se dirigió al aseo y se
miró al espejo.
-César. –Se dijo a sí mismo- No puedes
amedrentarte. Conoces algún contacto. Has aprendido mucho de Hugo y de tu tío.
A Miami y punto.
Y recuperó el ánimo y se duchó y se afeitó y
se bajó al restaurantito en el centro del hotel, pidiendo frijolitos, tortita,
huevos, zumo de naranja… Bueno, todo lo necesario para agarrar fuerzas y…
-¿Dónde hay acá una agencia de viajes para
comprar un tikete para Miami?. –Le preguntó al recepcionista.
-Bueno, señor, si Ud. quiere, puede ir a la
oficina de la Compañía Iberia, que está enfrente mismo, solo con cruzar la
calle.
-Pues allá voy. –Respondió César.
Y efectivamente, compró el tikete que mas
barato encontró, pagó y se regresó al hotel.
Tenía el tiempo justo, porque a las tres de
la tarde, ya salía el avión para Miami. Así que liquidó su cuenta y sin
arriesgarse a moverse por las calles peligrosas de Ciudad de Guatemala, con
tanto dinero en su bolsillo, se marchó al aeropuerto en un taxi.
-¿Le gustó Guatemala, amigo?. –Comentó el
taxista, al tiempo que accionaba la radio del carro y sonaba la voz de Facundo
Cabral, cantando con su guitarra…
-Oh si, mucho. –Respondió por cortesía César.
♫ Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre
soy yo ♫…
-Fíjese, -siguió platicando el taxista- que
acá mismito donde estamos girando hacia la terminal, le mataron al pobre… Le
balearon varios hombres. Aquí acabó de cantar para siempre.
-¿Por comunista le mataron?. –Inquirió César.
-No. Por error. –Fíjese que esperaban al
empresario que le había contratado para cantar y como que Facundo iba en el
carro con él, pues le ultimaron también. Cosas de los traficantes de droga.
-Si. Son mala gente. –Respondió César.
-Oh, si señor, si. –Sentenció el taxista.
–Son sesenta Quetzales.
Le dio César veinte Dólares y se dirigió a
esperar la salida del avión en la terminal de salidas.
Ya había decidido cómo se integraría en Miami
y podría empezar a “trapichear”.
CAPITULO XLIV
Lucita, llegaba a su apartamento, mas bien
algo tarde. Siempre miraba con precaución en el parqueo y hacia todos lados,
porque aunque aquello no fuera El Salvador, tampoco era el paraíso y a una la
podían violar y matar por menos de nada.
Había tenido una tarde dura, preparando una
de las fiestas que organizaba habitualmente y además, se había entrevistado
hasta bien tarde con Cirilo, que se estaba mostrando interesadísimo en “crecer”
y adquirir por ellos mismos algo de mercancía mas barata y distribuirla, por
nuevas vías de comercialización.
Así que cuando vio a un hombre en la oscuridad, que salía de un carro
y se dirigía hacia ella, pues tardó medio segundo en tener en sus manos su revólver, que sacaba del
bolso cuando era preciso, con mas rapidez que el propio Billy el Niño lo sacaba
de su cartuchera.
-¡Quita Lucita!. No vayas a Balearme. –Gritó
César, mientras retrocedía a hacia su recién rentado carro.
-¡César!. –Respondió ella- Me has asustado.
¿Qué haces aquí?.
-Te estaba esperando, porque necesito tu
ayuda.
-¿Cómo que mi ayuda?... ¿Qué te pasa?.
-Entremos y ya te explico.
Y le explicó César largo y tendido a Lucita,
la situación.
-Necesito que me ayudes. No se lo que hacer y
he pensado que tu puedes introducirme para trabajar algo en todo esto.
-¿A qué te refieres?. –Inquirió Lucita.
-Se perfectamente lo de ese hombre, Cirilo.
Tú le vendes porque los dos hacéis negocios al margen de Don Fernando. Y debo
advertirte que Hugo, que calla por lo mucho que te quiere, pues… También lo
sabe. Me consta. –Respondió César.
-Dios mío. –Exclamó Lucía- ¿No lo sabrá Don
Fernando?.
-No. Eso me consta tambien. –Respondió César
tranquilizándola.
-Mira, César, no gastes plata. Puedes dormir
aquí, mientras no me causes problemas y luego vamos perfilándolo todo, porque
en realidad, Cirilo, también está interesado en comenzar a organizarse a lo
grande. Gente con experiencia, le hará falta. Ya te organizaré una entrevista
con él. Ahora, vamos a dormir. Voy a
mostrarte donde puedes dormir tú.
Y así, César quedó acomodado, refugiado en
casa de Lucita y dispuesto a comenzar una vida nueva, que seguramente pasaría
por el enfrentamiento con Don Fernando.
-Tampoco debo preocuparme tanto. Acá en
Estados Unidos, no tiene él un poder tan infinito. Ya veremos si se atreve a
venir a por mí. –Pensó César, ya mas animado.
CAPITULO XLV
Don Fernando, trataba de tranquilizar, sin
mucho éxito en el empeño, a su hermana, madre a su vez de César.
-No me imagino porqué puede haber
desaparecido de esa forma. Si hubiera tenido un problema, me habría pedido
ayuda. –Le dijo un compungido Don Fernando a su hermana.
-Hay Fernando, que igual me lo han matado.
–Respondió ésta llorando.
-No digas esas barbaridades, mujer. No creo
que nadie se atreviera a hacerle nada a un sobrino mío, sabiendo que después se
tendría que enfrentar conmigo. Yo jamás
perdonaría a quien se atreviera a tocar a alguien que es de mi sangre.
–Respondió un convincente Don Fernando.
Mira; márchate tranquila y déjame hacer a mí.
Moveré Cielo y Tierra y cuando averigüe algo, pues te llamo.
Y Don
Fernando, acompañó a su hermana hacia la puerta, casi empujándola con su
mano sobre el hombro de ella, para sacársela de encima.
Justo regresó a su escritorio, cuando sonó el
teléfono.
-¿Haló?.
-Hola, Fernando. –Habló al otro lado del
hilo, el Embajador.
-Hola, amigo, ¿Cómo van los permisos que te
pedí?. –Respondió Don Fernando.
-Bien, pero no es por eso que te llamo. De
hecho, me alegro de darte tan buenas noticias.
-¿Cuáles noticias?. –Respondió Don Fernando.
-Bueno, como te vi tan afligido por la
desaparición de tu sobrino César, pues pensé que no te vendría mal un poco de
ayuda para intentar encontrarlo, aunque no me atreví a prometerte nada, pero…
-Pero ¿Qué?. –Inquirió inquieto Don Fernando,
al tiempo que pensaba a la velocidad del relámpago- Este idiota, se ha movido y
seguro que han encontrado el cadáver.
-Pues mira, le expliqué el asunto a mi Jefe
de Seguridad, que a su vez contactó con uno del Servicio Secreto, para que
rebuscara por las computadoras, a ver si se detectaba algún movimiento de algo…
Sin saber en realidad lo que buscar y…
-¿Y qué? ¿Y qué?. –Un Don Fernando
nerviosísimo ya.
-Pues que has tenido suerte amigo. No se lo
que habrá pasado, pero lo cierto, es que hace tres días, que César, ingresó en
Estados Unidos, por el Aeropuerto de Miami. Lo han confirmado plenamente en
Inmigración, que tienen archivado su formulario I-94. Me alegra darte tan buena
noticia.
Se produjo un silencio que podía cortarse con
un cuchillo, aunque no estuviera bien afilado…
-Bueno. ¿No respondes nada?. –Exclamó el
Embajador.
-Me he quedado helado amigo. No sabes cuánto
agradezco tan buena noticia, pero te agradecería que no le digas nada a nadie,
hasta que yo hable con mi hermana, la madre de César, que ahora mismo está muy
nerviosa.
-Es asunto tuyo, Fernando. Me debes una.
Bueno, una más. Para mí es una satisfacción darte esta alegría.
Y dejó el teléfono Don Fernando y comenzó a
pasear de un lado al otro del despacho, con unos paseos enérgicos. Parecía un
padre, esperando en el hospital el nacimiento de un hijo.
-Tranquilo. –Se dijo a sí mismo- Hay que
pensar con tranquilidad y no desbocarse. –Agarró el teléfono marcó un número
que se sabía de memoria, porque Hugo, que para él era como el hijo que nunca
tuvo, era alguien a quien llamaba muchas veces al día…
-Hugo, hijo, déjalo todo y vente a mi
despacho, que tenemos que hablar.
-Siempre a sus órdenes, Don Fernando.
–Respondió un Hugo bien servicial.
Y Don Fernando, se dirigió al mueble bar que
tenía al otro extremo de su despacho, abrió un cajoncito y sacó el frasquito
con las pastillas que le había dado su amigo doctor, para controlarse, ya que
se ponía a veces muy nervioso y le daban palpitaciones. Esta era una ocasión
para tomar la pastilla, que aunque le daba sueño, le tranquilizaba mucho.
Y un Hugo, jovial, como siempre, entró en el
despacho.
-Buenos días Don Fernando, ¿En que puedo
servirle?.
-Mira, Hugo. –Comenzó a hablar Don Fernando,
solemne- Siempre he tenido unos principios inquebrantables. Sabes que soy un
hombre de Dios y que jamás haría nada inmoral.
Asintió Hugo.
-He tenido siempre muy claro que un hombre
decente, un hombre de Iglesia, un hombre de Dios… Nunca debe matar a un
familiar… Personalmente.
-Lo sé. –Rió Hugo- Siempre dice Ud. Que para
eso están los empleados.
-Pero aunque seas para mí como un hijo… ¡Tu
no eres de mi sangre!. –Y sacó el revólver Don Fernando, hecho una fiera,
descompuesto y listo para dispararle a Hugo, solo que, Hugo, era mas joven y
mas rápido de reflejos y además, la pastilla tranquilizante, ya había empezado
a hacer efecto, reduciendo los reflejos
del descontrolado Don Fernando.
Resultado: Que el pesado cenicero de vidrio
que había sobre la mesa, lanzado por Hugo, dio certeramente en la cabeza de Don
Fernando, abriéndole una brecha y dejándolo casi sin conocimiento.
-Maldito traidor hijo de puta. –Murmuró un
debilitado Don Fernando.
Le quitó el revólver Hugo y se dirigió al
mueblecito-bar, sacando del frasco otras dos pastillas tranquilizantes.
Se las metió en la boca a Don Fernando, y le
obligó a tragarlas. Con la cinta o “tape” autoadhesivo de la mesa, le amarró
bien las muñecas a los brazos del sillón, le sacó de su bolsillo la llave del
cuarto blindado y sacó del mismo un paquete con unos cinco kilos de coca.
Se giró hacia Don Fernando y dijo…
-Don Fernando. Sigo debiéndole todo. Para mí,
sigue siendo Ud. mi padre. Que Dios lo bendiga. –Y abandonó el despacho,
dirigiéndose a la secretaria de Don Fernando y diciéndole:
-No quiere que le molesten ni le pasen
llamadas hasta la hora del almuerzo y… Sin excepciones. Está enfadadísimo.
Y con paso resuelto, se dirigió a su carro y
marchó a su casa, recogió lo mas conveniente y, seguidamente, se dirigió al
banco a retirar cuanto dinero pudo. Pasó por otros dos bancos, donde hizo lo
propio y se dirigió al cercano aeródromo de Ilopango, entrando en el hangar y
gritándole al empleado:
Sacad el avión grande, llenadlo de
combustible y preparad todo que me voy de inmediato.
Se acercó a la oficina de tráfico, rellenó el
plan de vuelo con reglas de vuelo visual, para no tener que esperar
autorizaciones desde Miami, se dirigió al avión y salió… Pues volando,
realmente volando.
-Ese, no se despierta, antes de cuatro o
cinco horas. Habré llegado a Miami. –Se dijo a sí mismo. -¿Qué habrá hecho el
desgraciado de César?. Porque seguro que Don Fernando lo sabe todo. Yo no tengo
ninguna otra cosa que ocultarle. Cuando agarre a César, le rompo la cara. Eso
seguro.
Y comenzó a pensar rápidamente. Dejaré el
paquete en el avión, y ya miraré como sacarlo y burlar la aduana en otro
momento. No hay problema. Pero… ¿Y si Don Fernando da aviso?. Me voy a la
cárcel, pero… El avión es de él, vale una fortuna y lo perdería y además,
quedaría desenmascarado y, si me
detienen me llevo por delante también al Embajador… Tengo toda clase de pruebas
para incriminarlo. No. No puede dar aviso los policías de Estados Unidos. Tiene
que joderse y ya pensará otra cosa… Que seguro que la piensa. Ya iré viendo.
Y decidió pensar en otra cosa, centrarse en
el vuelo y eso, “ya iré viendo”.
No tuvo problema Hugo para aterrizar en Opa
Locka y dejar allí aparcado el avión, con la droga escondida en su interior.
Nadie registraba los aviones. Solamente a
quienes salían del avión. No había pues problema.
Rentó un carro y se fue directamente a casa
de Lucita. No podía de momento aparecer para nada en casa de María.
CAPITULO XLVI
La secretaria de Don Fernando, ya comenzó a
extrañarse de que la hora del almuerzo estaba ya mas que superada y decidió
llamar a la puerta del despacho de Don Fernando.
No tuvo respuesta, así que se atrevió a
entrar.
Lanzó un grito, llamó al guardia de la
entrada y, reanimaron a Don Fernando, como pudieron.
-Hay que llevarlo al hospital. –Dijo nerviosa
la secretaria.
-No, murmuró Don Fernando. A casa del doctor.
Y allí le llevaron y allí le recuperó su buen
amigo médico.
-Escúchame bien, doctor. Ya no va a ser
preciso que vayas a Miami. Yo haré la haré venir a ella y basta de tantas precauciones
ni de tanta discreción. Basta de tanta
moralidad. Si es puta, es puta y se acabó. Se lo harás aquí y que se regrese a
casa.
Le miró con extrañeza el médico y, añadió Don
Fernando –Es mi hija. Guarda el secreto. La muy desgraciada, ya no es virgen.
-Yo arreglaré eso también, Fernando, no te
preocupes.
Y abandonó la consulta médica y marchó hacia
su casa.
Se dirigió raudo al teléfono y llamó a Miami,
a María.
-Escúchame bien, María. Quiero que mañana por
la mañana, lleves a mi hija Rita al Aeropuerto y la pongas en el primer avión
para El Salvador. Me avisas del vuelo, que la haré recoger acá en el
aeropuerto. No me preguntes nada. Solo hazlo.
-Siempre a sus órdenes, respondió María.
–Dejó el teléfono y se dirigió a Rita. –Parece que tu padre te ha perdonado.
Mañana te regresas para allá.
Ezequiel, quedó sorprendido, pero nada
preguntó. En cierto modo, mejor que se marchara Rita y, ya veríamos.
No tuvo tiempo de pensar mucho, porque sonó
su teléfono.
-Hola Hugo. –Dijo Ezequiel dirigiéndose al
teléfono- ¿Qué se te ofrece?.
-¿No te ha llamado Don Fernando?.
-No todavía, ¿Porqué?.
Necesito que nos veamos urgentemente. No
digas nada a María de que has hablado conmigo.
-¿Dónde estás?. –Preguntó Ezequiel.
-En el chiringuito que tomamos café en
Miracle Mile.
-Ok. Voy para allá.
Salió Ezequiel y quedaron María y Rita solas.
-Mira hija, -dijo María- tienes que arreglar
las cosas como puedas con tu padre. Antes de irte, deberías llamarle y contarle
toda la verdad… Toda. Dile quién es el padre de tu hijo, hazle ver que lo de
César, era un tonteo, arregla lo que puedas. Me da miedo todo lo que está
pasando.
No contestó, Rita. Se acercó al teléfono y
llamó. –Papá, tenemos que hablar.
CAPITULO XLVI
Ezequiel, quedó muy sorprendido al ver a Hugo.
-¿Pero que son esos moretones, Hugo?. Llevas
la cara como si vinieras de un combate de boxeo.
-Vengo de un combate de boxeo. Tenemos mucho
que hablar Ezequiel. –Respondió Hugo.
-Pero ¿Qué son esas marcas?. –Inquirió
insistente Ezequiel.
-Ayer, al llegar a casa de Lucita, me
encontré allí con César y peleamos duro, ya ves.
-Pero ¿porqué?. –Respondió sorprendido
Ezequiel.
-Tengo que contarte una larga historia,
Ezequiel, atiende.
Y Hugo, contó todo, con todos los detalles a
Ezequiel, el encargo que había incumplido de matar a César, su huída, todo.
-¿Y ahora que pasará?. –Preguntó Ezequiel.
-Mira, Ezequiel, -respondió Hugo- ayer hablé
largo y tendido con Lucía y también con César, después de hablar largamente y
aclarar las cosas con él y resulta que Lucita tiene un contacto, el tipo ese
Cirilo que le compra a Don Fernando. Tenemos idea de independizarnos acá en
Miami y dejar todo lo de Don Fernando. Hacernos grandes nosotros mismos. Creo,
que tenemos que contar contigo.
A Ezequiel, le sorprendió la idea. No quería
problemas, pero… Quería crecer y llegar a ser un día como el propio Don
Fernando.
-¿Y qué pensáis hacer?. –Preguntó Ezequiel.
Pues pasado mañana, nos reuniremos si te
parece en casa de Lucita con ella, con César y con Cirilo. Y allí los cinco,
estudiaremos la estrategia que vamos a seguir.
-Me parece bien. Pasado mañana, decidimos.
-Tengo cinco kilos guardados en el avión de
Don Fernando… Tendremos que ir a sacarlos.
-Bueno, eso no tiene tanta prisa,
organicémonos primero. –Respondió Ezequiel.
-Es cierto, amigo. Tomémonos mañana el día
libre y pasado mañana que llega el Cirilo ese de no se que viaje, ya decidimos
todo. –Respondió Hugo. Y se separaron.
Ezequiel, canceló con una excusa, la cita que
tenía para ese día con el abogado que le había recomendado Don Fernando, para
constituir la sociedad mercantil de importación y exportación en Miami.
-Hay que ganar tiempo hasta que vea lo que
decidimos en la reunión de pasado mañana. –Pensó.
Así, que pasó el resto del día paseando por
Bayside y se regresó mas bien temprano a casa de María.
María, prudente, se ausentó y dejó solos a Rita y a Ezequiel, para que
platicaran. Seguramente, tenían mucho de que hablar.
-Mira, Ezequiel, -dijo Rita- yo te amo y yo
quiero que tengamos ese hijo.
Y pensó Ezequiel, que no era ninguna mala
idea, seguir con Don Fernando, casarse con su hija y, a fin de cuenta, heredar
el imperio. Bastaba con decirle a ella a todo que sí, que la amaba y dejar que
Don Fernando, entrara en razón. Después casarse y a vivir.
-¿Le has dicho a tu papá que yo soy el padre,
Rita?. –Preguntó de pronto Ezequiel
-Si. –Respondió ella- Y no se me ha puesto
muy violento.
De acuerdo, Rita, vete tranquila para El
Salvador, arréglate con él y yo, pues ya hablaré también con él y seguro que
nos arreglamos.
Ezequiel lo tuvo claro. No tenía que
emprender ningún negocio. Quedaría bien con Hugo, Lucita, César y el Cirilo ese
y él se quedaría en El Salvador, de segundo de abordo, con Don Fernando y,
heredaría toda su fortuna un día.
Y se durmió tranquilamente, tras aliviarse
sexualmente de forma conveniente con ella.
Por la mañana, se despidieron y, María llevó
al aeropuerto a Rita, asegurándose de dejarla en el avión embarcada para El
Salvador.
Ezequiel, pensó en llamar a Don Fernando,
pero… Le daba algo de miedo. –Ya me llamará él.- Pensó. Y pasó el resto del día
sin nada especial que hacer, hasta que hacia las cuatro de la tarde, le llamó
Hugo.
-Mira, Ezequiel, por fin regresó anticipado
el Cirilo, así que nos podemos ver esta misma noche. ¿Te va bien?.
-Claro, Hugo, allí estaré. ¿A qué hora?.
-Pues estaría bien a las ocho y después
cenamos algo. ¿Te parece?.
-Me parece muy bien.
CAPITULO XLVII
Y pensó Ezequiel que, obviamente tenía que
seguir haciendo su trabajo normalmente para Don Fernando, así que se dirigió al
mismo café restaurante en el que había trabajado tocando el piano y se sentó a
dejar pasar el tiempo.
Y sacó de su maletín su computadora portátil
y entró en las páginas de varios “real
states” buscando locales de pocos metros cuadrados, dotados de una pequeña
oficina, para empezar a trabajar los asuntos de Miami, tal como le había
encargado Don Fernando.
-Después de todo, -pensó- no me han ido tan
mal las cosas. Tantos avatares, tantos problemas, tantos peligros vividos. Que
la recogida de paquetes de los aviones, fue peligrosísima. Nunca volvería a
hacer eso ahora.
Tampoco estaba pensando yo en casarme ni esas cosas, pero la verdad, es
que tener una vida, como voy a tener, como la de Don Fernando, no está nada
mal. Una esposa que me cuide en casa y alguna guarra por ahí para cuando me
convenga. Dinero abundante y, un hijo, al que dedicarme y poder dejarle todo…
Y sobre, todo el poder y el respeto… ¡Que
coño respeto!... Miedo. El miedo de los demás a atreverse a ofenderme.
Que verdadero es aquél corrido dedicado a El
Chapo Guzman…
Y tarareó la canción, que tan bien cantaba en
forma de balada, convertida desde corrido…
♫ Bajó de La Sierra con un objetivo
y vendió naranjas cuando era un niño
y vendió naranjas, siguió su objetivo,
sin miedo a la vida, sin miedo al peligro.
Ahora por todos es reconocido,
si no lo conoces, atento al corrido
El chaparrito es muy decidido.
Su gente lo admira por ser aguerrido
el tiene de todo, pues lo ha merecido.
Si lo provocas, se enoja el amigo
Respeta, si acaso, quieres seguir vivo. ♫
Recogió su computadora y se regresó a casa.
CAPITULO XLVIII
Llegó Ezequiel al apartamento de Lucita,
cuando ya todos estaban allí. Buenos, todos menos Cirilo, que se atrasaba algo.
-Mira, Ezequiel, te vamos a contar nuestros
proyectos y verás que la cosa no está mal, porque con el apoyo de Cirilo,
podemos crecer mucho y de prisa.. –Indicó Lucita, resuelta, capitaneando el
grupo.
-Bueno, no tengamos prisa. –Respondió
Ezequiel. Déjame saludar a César, que casi ha nacido de nuevo.
Rieron los cuatro y prosiguió Ezequiel:
-Quiero que me entendáis y que sepáis que
ante todo, somos amigos. Yo no me puedo unir a vosotros, porque ha surgido algo
nuevo e inesperado.
-¿A qué te refieres?. –Preguntó César.
-Bueno, pues que Rita, ha tenido una plática
con su padre; está arreglando las cosas y, sabiendo que yo soy el padre del
hijo que va a tener, pues seguramente, me voy a casar con ella.
-Entonces, ¿No te vas a unir a nosotros?.
–Preguntó decepcionada Lucita.
-Bueno. La verdad es que no, pero, tened en
cuenta, que estando yo con Don Fernando, me preocuparé de que trabajéis
tranquilos al margen de lo nuestro. No tendréis problemas.
-Pero, problemas surgirán en un momento u
otro. –Respondió contrariado Hugo.
-Pues los resolveremos dentro de un orden. No
os preocupéis.
–Contestó Ezequiel, que ya hablaba
prácticamente en nombre de Don Fernando, metido ya en organizar todo.
-¿Llega ese Cirilo o que pasa?. –Comentó
agriamente Hugo.
Sonó el timbre de la puerta y, apareció por
fin Cirilo.
Pero no solo, con dos “ayudantes”.
-¿Quiénes son estos dos?. –Interpeló Lucita.
-¡Todos contra la pared! Gritó violentamente
Cirilo, mientras sus dos compañeros exhibían sendas metralletas.
Y retrocedieron todos, que cuando le apuntan
a uno dos metralletas, es mejor obedecer.
-¿Que queréis?. –Preguntó Hugo encolerizado y
asustado.
-Cumplir escrupulosamente, las órdenes de Don
Fernando.
–Respondió agresivo Cirilo. Los otros dos,
nada decían, solo les encañonaban con sus armas.
-Tu, -dirigiéndose a Ezequiel- Te atreviste a
embarazar a su hija.
-Tu, -dirigiéndose a César, le humillaste
tocándola cuando era solo una niña.
Y vosotros dos, -dirigiéndose ahora a Lucita
y Hugo. Le traicionasteis.
Ya no hablaron mas. No sonó de nuevo la voz
de Cirilo. Sonaron los disparos.
Cuatro cuerpos, quedaron en el suelo.
En posturas grotescas, que cuando uno está
muerto, o muriéndose. no cuida su aspecto ni su compostura.
Cuatro vidas jóvenes, alojadas en cuerpos con
cierto atractivo, se estaban esfumando en un momento.
Todos
ellos, se habían metido casi sin darse
cuenta en una vida peligrosísima. Un destello de riqueza, en un momento
determinado, les había deslumbrado y les había lanzado a una vida que no podía
traer nada bueno.
Hugo, era
el único que tenía consciencia plena de lo que hacían. Lo decía muchas veces:
“Tu
corazón, puede latir a lo largo de tu vida unos dos mil quinientos veintidós
millones de veces. Si lo hace despacio a sesenta pulsaciones por minuto casi
siempre, que es la vida del humilde. Eso son ochenta años.
Si
muchas veces, va a ciento veinte pulsaciones por minuto, por la aventura y la
emoción, los latidos se consumen mucho mas de prisa y se van reduciendo los
años que vives.
Vives
lo mismo, pero lo consumes mas “deprisa”
En este
caso, ni latiendo a gran velocidad, llegó a consumir su vida el corazón tan
sano del que disponía. Tan sano como el de los otros tres cadáveres que yacían
sobre el suelo junto a él.
Por lo
menos, tuvieron suerte en parte. Nunca fueron detenidos. No sufrieron el
desprecio de ser detenidos por policías generalmente envidiosos de su astucia y
de su atrevimiento y… De su dinero.
No
probaron la cárcel. Pasaron de vivo a muerto sin sufrimiento.
Eligieron
cómo querían vivir. Y aunque eso no lo eligieron ellos, también eligieron su
manera de morir de una u otra forma.
¿Era
mejor vida la del padre de Ezequiel?...
¿Es
mejor levantarse temprano toda una larga vida, trabajar obedeciendo a un amo,
para justo obtener la comida y retirarse envejecido y sin dinero, sin haber
disfrutado de nada especial en la vida, a esperar la muerte?
Nosotros,
no podemos saberlo. Cada uno, elige su vida, o mejor dicho vive la que le ha
tocado.
Lo
cierto, es que Cirilo, contratado desde el principio por Don Fernando para
vigilar a su gente en Miami, contrató a un piloto y devolvió el avión a Don
Fernando con la droga dentro.
Todo
volvió a su sitio.
Nadie
es perfecto, no obstante. Cirilo, tampoco. Cuando se disparan tantos tiros,
generalmente, hay que correr, hay que irse rapidito… Las comprobaciones
entretienen y Cirilo y sus compinches, salieron demasiado rápido del pequeño
apartamento de Lucita y… El corazón de Ezequiel, aún tenía unos latidos mas
para consumir.
CAPITULO IL
La boda de Rita, fue todo un acontecimiento
en Santa Ana.
Aquella bella muchacha, tan discreta, tan
decorosa y tan prudente, se casaba con el que fuera su amigo o medio novio en
el Instituto de Enseñanza Secundaria de Santa Ana.
-Un buen muchacho, -le comentó Don Fernando a
su buen amigo el doctor, mientras los dos observaban a la pareja.
-Seguro que todo les irá bien, Fernando.
–Respondió el doctor.
-Nunca creí, -continuó Don Fernando, que
además de practicarle tan limpiamente el aborto, pudieras tener la habilidad de
reconstruir con tanto acierto su virginidad.
-Bueno. Hago bien mi trabajo. –Respondió el
doctor.
-Si, amigo. La gente de bien, hacemos bien
nuestro trabajo. Y por mucho que nos alteren la vida en ocasiones personas sin
escrúpulos, auténticos delincuentes, nosotros con el honor y la honestidad por
delante, sabemos enderezar nuestras vidas y la de nuestras familias, amigo.
Mira, por ahí viene el Embajador. ¿Sabes?, le
han ascendido y quieren sacarlo de aquí y llevarlo a Washington. Me van a
fastidiar mucho con eso.
-No pienses en problemas en un día tan
bonito, Fernando. Insisto: A la gente de bien, al final, todo le va bien.
-Tienes razón doctor, nosotros no somos como
ellos. Tuvieron su castigo, porque “el que mal anda, mal acaba”.
-Pero, ¿No podrías dejar de llamarme Doctor?.
Se quejó el galeno.
-Es que me gusta, oye. Verás los platos que
han preparado…
Y se alejaron los dos por el jardín
charlando.
CAPITULO L
Un disparo, había roto la tercera costilla
del lado derecho del pecho de Ezequiel, sin tocarle el pulmón y saliendo por la
espalda.
Otro, le había entrado por debajo de la
clavícula izquierda y salido por el omoplato, provocando un terrible agujero en
su espalda.
Otro, solo le había rozado el brazo, pero…
Ese le había salvado la vida y había evitado el “remate” por parte de los
hombres de Cirilo.
En el terrible momento de la balacera, al
sentir los disparos, Ezequiel, se echó el brazo herido sobre el pecho, el
centro de su pecho se manchó con la sangre del brazo y… Aquellos asesinos le
dieron por muerto. Pensaron que tenía el pecho reventado.
Y también le salvo la vida Hugo, desde el mas
allá… Le llegaron las palabras de Hugo a Ezequiel… Las que pronunció cuando le
enseñaba a recoger la droga en los aeropuertos… “¿Donde te esconderías , si matas
a alguien en un apartamento?”… “No se”,
había respondido Ezequiel.
“Pues en el mismo apartamento, hombre. Allí
nadie va a buscarte. Aunque sea en el doble techo de la habitación de al lado”.
Y Ezequiel, que estaba bien lúcido porque sus
heridas, no habían interesado ninguna arteria importante, se envolvió con dos
paños de la cocina sus heridas como pudo para no dejar rastros de sangre, pasó
a la habitación de al lado de la sala, el cuarto de Lucita y pudo trepar hasta
el techo, extraer la rejilla del aire acondicionado y colarse al interior,
reponiendo en su lugar la rejilla.
Horas, tuvo que esperar a que los policías,
que llegaron inmediatamente hicieran sus investigaciones, tomaran y se llevaran
los objetos que consideraran que les podía ayudar en la investigación,
retiraran los cadáveres…
Había salvado Ezequiel la vida y… Algo que
también le serviría para mantenerla a salvo: Su teléfono móvil.
-María, -Le habló Ezequiel al teléfono-
Ayúdame por Dios, que me estoy muriendo.
CAPITULO LI
José, que así se llamaba el yerno de Don
Fernando, pues se estaba acoplando de maravilla a su nueva vida.
Era un joven perfecto para Rita: Escasa
inteligencia, adornada con una gran virtud para un tonto: Hablar poco para no
delatar su incapacidad mental.
Porque un tonto que se cree listo, habla
mucho y sus palabras le delatan. Pero si está callado, pues la mayoría de las
veces, sus interlocutores y los que con él se relacionan, no perciben su
incapacidad mental. Le ven como “una buena persona”.
Y en ese sentido, pues José era una muy buena
persona. Todo el mundo le veía tan callado y tan humilde, al tiempo que serio,
que pensaban: Que buen esposo ha encontrado Rita.
Don Fernando, sí se había dado cuenta de que
no era muy listo, pero apreciaba le hecho de que fuera sumiso y callado.
Y José, alias “el sumiso”, pues pasaba su
tiempo normalmente, paseando en el buen carro que le había comprado Don
Fernando.
También le compró una motocicleta Harley
Davidson de la que se había encaprichado, pero a raíz de una caída que tuvo con
la moto, le tomó miedo, así que la motocicleta, estaba abandonada en las
cuadras, aunque eso sí, a veces José pasaba horas limpiándola y
abrillantándola.
Cualquier cosa, menos “montarla”.
Tampoco “montaba” mucho a Rita, porque era algo
que le cansaba. Vamos, como que no le apetecía demasiado.
Don Fernando, que echaba de menos muchísimo a
Hugo, al extremo que casi estaba arrepentido de haberle matado (O haberle hecho
matar, que para eso están los empleados), pues trataba de encarrilar a José, su
yerno, porque algún día tendría que dirigir sus negocios.
Así que decidió que comenzara a estudiar y a
hacer prácticas, para hacerle piloto de aviación.
-Pero Don Fernando, con todo respeto, yo no
se si seré capaz. Eso es algo muy complicado y además, suelo marearme. Vea Ud.
Que con todo lo que gusta la moto y casi no la utilizo, porque me mareo.
-Déjate de mariconadas… Perdona, no quería
decir eso. Tu obedece al instructor y verás como aprendes.
Algún día, te veré hasta hacer acrobacias aéreas
sobre la finca. –Comentó un Don Fernando, poco convencido.
Así, que aún a regañadientes, José, llegó
aquél primer día al aeropuerto de Ilopango, a recibir su primera clase práctica
de vuelo.
Junto a la vieja Cessna 172, la que había
llevado a Guatemala a Hugo y César, el día en que debía de haber sido ejecutado
César, estaba de pié, ya esperándolo, el instructor contratado por Don
Fernando.
Tenía el aspecto de uno de esos pilotos
románticos y aventureros de las películas de hace unos años. Estatura media,
pero bien parecido, de unos treinta
años, fuerte, varonil.
-Buenos días, José. Es un placer conocerte.
¿Estudiaste ya algo del libro teórico?. –Le dijo a José.
-Bueno, no creas, no creas, es difícil… Ah!,
Y yo también estoy encantado de conocerte. –Respondió José.
-Mira, te vas a sentar en el asiento
izquierdo del avión, el del Capitán. Así, vas acostumbrándote a la perspectiva,
desde el lado del Capitán.
Se sentó José y ya al ceñirse el cinturón de
seguridad, comenzó a sentir miedo. Pero se sobrepuso.
-Fíjate que lo primero, es asegurarse de que
las puertas estén bien cerradas. Lo segundo, que veo que ya lo has hecho,
ceñirte bien el cinturón y después algo muy importante: Siempre, comprobar el
combustible y ver si es el suficiente para lo que vas a volar, mas el tiempo de
reserva.
Bien: Conecta el “master”.
Lo hizo José, que por lo menos, sí sabía cual
era el interruptor.
-Mete la llave del encendido, anda. –Obedeció
José.
-Ahora,…
Siguió toda la letanía de maniobras previas
al vuelo, la explicación de cada una de ellas…
José pensó que aquél tipo sabía mucho. Sin
duda.
-Mañana, te enseño mas y por favor, estúdiate
bien las conversiones básicas con el controlador.
Y se dirigieron a la pista y… Despegaron.
José había viajado alguna vez en avión como
pasajero, pero la responsabilidad de ir en la cabina, le afectó, se sintió mal,
aunque consiguió no marearse.
El hacer varias tomas y despegues, se le
revolvió el cuerpo, pero… Aguanto.
Aterrizaron, dejaron el avión en el
aparcamiento y dijo el piloto: Bueno, mañana seguimos.
-De acuerdo. -Respondió José y… tras alejarse
unos pasos, se giró y dijo:
-¿Nos tomamos un café o un refresco?.
-Si. Está bien, dijo el piloto, que se
llamaba Manuel. –Y marcharon a la cafetería.
Y platicaron un buen rato y entre la plática,
comentó José que tenía una moto Harley Davidson.
Se abrieron desmesuradamente los ojos del
piloto.
-Eso es el sueño de mi vida, una Harley.
-¿Quieres probarla?. –Ofreció de buen grado
José.
-Pues claro. –Respondió Manuel.
-Ahora mismo vamos a por ella. Hace días que
ni la pongo en marcha. - Dijo José.
Y marcharon los dos a la casa de Don
Fernando, a probar la moto.
-Sacó la funda de la moto con entusiasmo
Manuel, subió en ella y dijo a José –Súbete atrás. Hombre, que la manejo bien.
No le hizo demasiada gracia a José subir en
la moto y mucho menos atrás, pero, bueno, se decidió y marcharon los dos por el
camino de la salida de la finca, hacia el centro de Santa Ana.
A José, le pareció increíble que Manuel,
manejara la moto con tanta soltura, con tanta energía, con tanta… Hombría.
Y se sentía seguro en la moto. De hecho
superaba el miedo. Aquella moto era como un caballo rebelde que tenía encima a
un jinete, Manuel, que la dominaba. Y sintió José que admiraba a Manuel y
sintió que era fuerte y… Sintió también que el roce de sus partes íntimas con
la espalda de aquél hombre decidido y fuerte, le provocaba un ”Yo que sé”.
Maricón. Eso es lo que era José y ahora iba a
empezar a descubrirlo.
CAPITULO LII
Cuando Ezequiel despertó, aunque aturdido, se
dio perfectamente cuenta enseguida de
que estaba en su dormitorio en casa de María.
Sintió como nunca la sensación de hogar, a
pesar de lo mucho que le dolían las heridas.
Se dio cuenta de que las tenía cubiertas por
vendas bien puestas. Trató de incorporarse, pero el dolor del hombro izquierdo
y la sensación de faltarle el aire, le disuadieron.
-María. -Intentó llamar, pero la voz apenas
le salía, cuando vio que en la mesita junto a la cama, había una campanita, que
sin duda había dispuesto María para ello. Así, que tocó la campana.
-Hola, Ezequiel. Bienvenido a la vida, hijo-
Y María le besó.
Aquél beso, en aquella situación, después de
lo vivido, le pareció a Ezequiel, la cosa mas bella y mas dulce del mundo.
-¿Qué ha pasado exactamente, María?.-Preguntó
Ezequiel.
-Dímelo tú. -Respondió ella, mostrándole un
periódico en el que había la noticia de que en una lucha entre traficantes de
droga, se había producido un asesinato múltiple, sin muchos mas detalles.
-Te traje como pude desde el lugar, ayudada
por una amiga. Nos costó mucho meterte en el carro y traerte.
-¿Quién me ha curado?.
-Pues mi amiga, que es enfermera. No tienes
nada grave. Solo tomar los antibióticos y agarrar fuerzas. Tienes un agujero feísimo,
aunque ya cosido, en la espalda.
Debo decirte, que llevas aquí tres días. Me
llamó Don Fernando y me dijo que se había enterado de que os habían matado,
porque cree que tú también estás muerto. Lo sintió muchísimo.
-¿Le dijiste que vivo?. –Preguntó inquieto
Ezequiel.
-No, porque me pareció todo muy raro.
-Hiciste bien, María. El ordenó matarnos a
todos.
-¿Qué?. –Respondió María sorprendida, aunque
quizás no tanto.
-Voy a contarte, María. –Y le contó todo
Ezequiel.
-Bien. –Dijo María. Ni se te ocurra asomarte
a una ventana, ni salir al jardín. Hoy mismo, te traslado a casa de mi amiga
enfermera y allí te repones. Después veremos.
-Me la pagará Don Fernando, te lo juro. –Dijo
Ezequiel.
-En eso ya pensarás después. Ahora, a
reponerte. –Respondió ella.
No estaba gravemente herido, pero… Precisó
mas de un mes, para poder salir a la calle. Solo tenía una idea: Ir a El
Salvador, costara lo que costara, a ultimar a Don Fernando.
CAPITULO LIII
Don Fernando, estaba satisfecho. El piloto
contratado, Manuel, le había hecho adquirir ilusión a José y parecía que
aprendería a volar, aunque… -Nunca podrá hacer lo que hacía Hugo, sin duda.
–Pensaba Don Fernando, que se sorprendía de que ahora, José hasta gustaba de
pasear en la Harley, como todo un hombre, aunque siempre lo hacía con Manuel.
Y era cierto, a José le gustaba tanto
montarse atrás en la moto y rozar él a Manuel, como que Manuel fuera el que
montaba atrás y entrelazaba sus manos delante de la cintura de José, dejándolas
bajar a veces y riéndose.
Y entre los dos, fue surgiendo un “bonito
romance”. Bueno, bonito para José, que Manuel, no tenía mas interés, que
disfrutar la moto, que se llevaba él solo cuando le venía en gana, que José le
llenara el tanque de su carro con gasolina, que le invitara a comer, que le
hiciera algún regalo…
La cosa, avanzó y establecieron de común
acuerdo un protocolo de actuación: Manuel le dijo claramente “Yo soy puro
macho” e impuso una norma sagrada. Como puro macho, él montaría a José, pero
José a él jamás, porque “a mi no me gustan las mariconeces”.
Entre tanto, Rita, irritada, estaba mas que
irritada, irritadísima, porque José, ni la tocaba.
Así, que comenzó a salir, a relacionarse y a
ponerle unos enormes cachos, cuernos o como quiera llamárseles, a José.
Esto, que se fue sabiendo por todo el pueblo,
causando gran contrariedad a Don Fernando, pues también incomodaba un poco a
José, que se consideraba un hombre serio, al que no le gustaban estas
tonterías.
Además, el ambiente en la casa, era tenso y
desagradable y encima, la casa estaba mal atendida, porque la esposa de Don
Fernando, había entablado gran amistad con la
mujer del Embajador y se iba constantemente “una semanita” a ver a su
amiga a Washington.
Claro, en esa semanita, veía unos momentos a
la esposa del Embajador y el resto del tiempo, lo pasaba comprando regalos al
fornido guardaespaldas negro del Embajador.
Aquél negrito, o negrazo la volvía loca. La
llenaba y la hacía vibrar y cuando regresaba ella a El Salvador, se dio cuenta,
de que aún vibraba mas, disfrutaba mas, viendo allí a Don Fernando, sentado en
la mesa y luciendo (en la imaginación de ella) unos enormes cuernos.
La situación, se “agrió” aún mas, cuando Don
Fernando, llegó a tener conocimiento de lo que se hablaba por el pueblo: Que su
yerno, era maricón y tenía un hombre que lo complacía.
Llegados esos comentarios desagradables a Don
Fernando, poco tardó éste en verificar su certeza.
Así, que llamó a unos de sus guardas de
seguridad; el de mas confianza, el que se encargaba de organizar la vigilancia
del laboratorio.
-A sus órdenes, Don Fernando. –Dijo
respetuoso el guardia, entrando en el despacho de su jefe.
-Mira, tengo para ti un encargo de la máxima
confianza. Si me lo haces bien, no te arrepentirás. De hecho, te situarás mejor
en tu trabajo conmigo, que sabes que estoy necesitado de gente, después de la
desgracia que tuvimos de que mataran a Hugo y los demás.
-Lo se muy bien, como se lo que Ud. Ha tenido
que sufrir con eso, Don Fernando.
-¿Disparas bien con el rifle?. –Inquirió Don
Fernando.
-Bastante bien, Don Fernando. ¿Me necesita?.
-De momento, lo que necesito, es que te
relajes del trabajo. Pon algún sustituto para que tu no tengas que estar tan
pendiente de todo y te vas al campo de tiro, a practicar unos días con el
rifle, para que adquieras precisión en disparar a un blanco, a unos quinientos
metros. Esmérate y luego hablamos. ¿Tendrás bastante con una semana de
práctica?.
-Seguro que sí, Don Fernando. –Respondió el
esbirro.
-Pues ni una palabra a nadie, limpia bien tu
arma, prepárate abundante munición. Dí que me la carguen en mi cuenta en la
armería y dentro de una semana, ya te digo lo que haremos. ¿Tienes ropa de tipo
militar o de camuflaje, para pasar desapercibido en el campo cuando vas de
caza?.
-La tengo, Don Fernando.
-Pues todo listo, que iremos al campo “de
caza”.
-A sus órdenes, Don Fernando.
Y Don Fernando, se dirigió a su carro,
rechazando el chófer y marchó a dar una vuelta por el aeropuerto de Ilopango.
Se dirigió primeramente a la zona de aviación
civil y estuvo mirando como despegaba alguna avioneta del aeroclub, desde la
pista 33, que era la normalmente utilizada. Nunca antes, lo había mirado con
ese interés.
Rodaban por la pista en el despegue y,
cruzaban el Boulevard del Ejército Nacional, que se cortaba momentáneamente,
como el paso a nivel de un ferrocarril, para continuar y tomar altura,
dirigiéndose hacia la Autopista Este-Oeste, sobre la que sobrevolaban bajo,
mientras tomaban altura.
Se dirigió a la Autopista y detuvo su auto, justo
delante del final de la pista.
-Parezco el pobre Hugo, preparando un
lanzamiento de droga desde el avión. –Pensó. Recordaba a Hugo con nostalgia,
aunque, obviamente, consideraba que le había hecho matar con toda la razón del
mundo.
Entre el final de la pista 33 y la Autopista,
había un barranco y un bosquecillo, “ideal”, Así, que consideró que todo estaba
bien estudiado ya.
Y regresó a su casa satisfecho.
CAPITULO LIV
Ezequiel, Comenzaba a preparar su viaje a El
Salvador. No quería, cumpliendo los deseos de María, ser visto bajo ningún
concepto en casa de ella, “por si acaso”. Todos le daban por muerto y, así
estaba estupendamente bien. Así que la llamo, para que fuera ella la que
acudiera a casa de su amiga enfermera, donde se alojaba Ezequiel, para poder
verse.
-María, ¿No has sabido nada del canalla de
Don Fernando?. –Preguntó Ezequiel?.
-Bueno, me llamó y me dijo que a la vista de
la desgracia que había ocurrido, quería tomarse un poquito de tranquilidad,
antes de reorganizar todo acá. –Respondió ella.
-Pues yo María, voy a comenzar a organizarme
para mi regreso a El Salvador. Dijo Ezequiel.
-¿Estás seguro de eso, Ezequiel. Me dijeron
que se había casado Rita y…
-Nada de eso importa. No me importa Rita. Ni
siquiera se si sigue embarazada o no…
-No creo que lo haya permitido Don Fernando,
salvo que piense “cargarle el niño” al esposo, ya que todo ha ido rapidísimo.
–Respondió ella.
-Bien. Si hay niño, es mío y si no hay niño,
pues ya veremos. Si no voy a por Don Fernando, no podría vivir yo tranquilo.
-¿En que puedo ayudarte?. –Preguntó ella.
-Me ayudas con tu presencia y con tu
respaldo, María. Acompáñame a comprar el tikete para Guatemala y luego cenamos
juntos.
-¿Porqué a Guatemala, Ezequiel?. –Preguntó
María.
-Si llego a uno de los aeropuertos de El
Salvador, se entera Don Fernando al momento. Todo el mundo me conoce.
Y efectivamente, salieron juntos, compraron
el billete de avión para Guatemala, que Ezequiel, no podía arriesgarse a que le
vieran y reconocieran al llegar a El Salvador, yéndose a cenar los dos seguidamente.
Y fueron a recoger todas las pertenencias de
Ezequiel a casa de la amiga de María y seguidamente a casa de María, donde
Ezequiel, pasaría la última noche con ella y retiraría también algunas otras
pertenencias.
-¿Eres consciente de que quizá no nos veremos
mas, Ezequiel?. –Dijo ella.
-Lo soy. –Respondió él lacónicamente. Y se
dispusieron a dormir.
Ya por la mañana, Ezequiel, acompañado por
María se dirigió al Aeropuerto Internacional de Miami, se despidieron y tomó su
vuelo para Guatemala.
CAPITULO LV
No podía evitar Ezequiel, en el avión,
dirigiéndose a Guatemala, pensar en Hugo, al que había conocido precisamente en
ese mismo vuelo, en sentido inverso. –Quizá hasta es el mismo avión. –Pensó
melancólico, acordándose del día en que iba absolutamente ignorante hacia Miami
por primera vez y se le presentó Hugo, animándole. –Animabas a todo el mundo,
Hugo. –Pensó.
Cuantas cosas había aprendido de él. Cuanto
aprecio le había tomado por lo mucho que le había enseñado.
Y que suerte tuve de tener aquél otro día,
relaciones íntimas con Lucita, la pobre. La recordaré siempre esa noche, tan
bella, dándose a mí, aunque fuera sin amor, ni nada. Bueno, algún cariño me
tenía, seguro. Como yo a ella. Que la pobre si no era mas dulce o mas sensata,
era porque había tenido una vida bien dura allá en Colombia.
-Y el pobre César… ¿Para que pensar mas?...
–Y se dedicó a mirar por la ventanilla del avión y a contemplar el paisaje que
ya se apreciaba, porque estaban descendiendo hacia el Aeropuerto de La Aurora,
en Ciudad de Guatemala.
Abandonó el avión, recogió su equipaje, pasó
la inmigración y se dirigió al otro extremo del jardín de la terminal de
llegadas, a la zona del renta-car, donde alquiló un carro con el que
desplazarse a El Salvador.
Alquiló un auto cuatro por cuatro, para ir
mas seguro y ya emprendió su ruta directamente hacia la frontera de El
Salvador, por la Carretera Interamericana.
Se detuvo en Guachipilín, cerca de la
frontera de El Salvador, donde durmió.
CAPITULO LVI
Había llegado el día. Don Fernando, llamó por
teléfono a su guardia de confianza a las seis de la mañana, despertándole y le
dijo:
-Levántate.
Ponte la ropa de camuflaje, la de cazador, ya sabes.
-A la orden, Don Fernando. –Respondió casi
militarmente el guardia.
-No olvides las botas para transitar por el
campo. Tráete el rifle y munición y todo lo necesario.
Pasa a buscarme por mi casa.
-En unos minutos, estoy ahí, Don Fernando.
Don Fernando, sabía muy bien que hacia las
diez de la mañana o quizá antes, el “mariconazo” de su yerno, despegaría para
hacer prácticas con la vieja Cessna 172, junto con Manuel.
Le recogió el guardia y le habló Don
Fernando:
-Sabrás que mi yerno es maricón, ¿No?. –Le
espetó.
-Bueno, Don Fernando, yo… -Respondió entre
asustado y respetuoso el otro.
-Déjate de disimulos. Lo sabe todo el mundo.
No quiero maricones en mi familia, ¿Entiendes?.
-Lo que Ud. Diga, Don Fernando.
-Pues bien, -prosiguió Don Fernando- te voy a
dejar en el final de la pista 33 del aeropuerto, que tu conoces muy bien.
Iremos por la Autopista Este-Oeste y te dejaré en una curva, que queda delante
del final de la pista. ¿Sabes donde te digo?.
-Si, Don Fernando.
-Pues bien, te escondes en el bosquecillo que
hay entre la pista y la autopista y te quedas atento. Cuando despegue la
avioneta con los dos maricones, que tu la conoces bien, roja, con la línea
blanca… La única de ese color, vamos.
-Si, Don Fernando, claro que la conozco.
-Pasarán sobre ti a una altura de unos
doscientos metros como mucho. Le disparas a uno de los depósitos de gasolina.
Ya sabes que están en las alas, lo mas próximos a la cabina.
-Si Don Fernando.
-Dispárales cuando lleguen hacia ti y si
fallas, te giras rápidamente y desde atrás, aún puedes disparar de nuevo.
No debes ponerte nervioso, porque tienes
varias oportunidades. Piensa que harán tomas y despegues, que siempre lo hacen,
o sea que si fallas al primer despegue… Pues repites al segundo despegue.
-Como Ud. disponga, Don Fernando. –Respondió
el buen guardia, consciente de su obligación de buen empleado y buen cristiano:
Matar a quien le mandara su amo.
Bueno y, consciente también de que estaba
ganando un buen ascenso dentro de la organización criminal, claro. Lo haría
perfecto.
Y Don Fernando, se fue a desayunar
tranquilamente a la cafetería del aeroclub.
Poco tardaron en llegar “la parejita”, es
decir José y Manuel y unirse a desayunar con Don Fernando, que les invitó
gustoso.
-¿Qué hace por aquí? “suegro”, preguntó
jovial y contento José, que era últimamente bien feliz…
-Ya ves, como vosotros, desayunando. Contestó
tratando de ser amable Don Fernando.
Terminaron de desayunar y Don Fernando, montó
en su carro y salió para dirigirse hacia la autopista, a recoger al guardia
cuando acabara “el trabajito”.
Le sorprendió ver a su hija, Rita, llegando
al Aeropuerto, se cruzaron en la entrada, al hacer los dos un Stop cada uno con
su carro.
Bajaron al unísono las ventanillas de sus
carros.
-Que haces aquí, hija?.- Preguntó Don
Fernando.
-Vengo a ver volar a esos, papá. Adiós.
Siguieron cada uno en dirección opuesta y
pensó Don Fernando, -Que pena que tengas
que verlo, pero no creo que te importe mucho. Un sustito y luego, te alegrarás.
Porque tú, lógicamente, ya lo sabes también.
Una Rita mas irritada que nunca, a lo que
había ido al aeropuerto, era a molestar a los dos invertidos, a los que odiaba.
Sabía que con su presencia, les molestaría.
No se equivocaba. Estaban los dos sentados en la cafetería y al verla llegar,
se pusieron tensos; principalmente, José.
Manuel, justo saludó y prudentemente, se
retiró. –Voy a preparar la avioneta. –Dijo.
-¿Qué haces aquí?. Sabes que ahora tengo que
dedicarme a volar. Tu padre quiere que aprenda. –Dijo molesto José.
-Ya lo se, mi amorcito. -Dijo en tono burlón
Rita. -Anda, ve, que “se te escapa el avión”.
Y se levantó de la silla muy molesto José
dirigiéndose al avión.
Ya Manuel había llenado de combustible los
tanques y José se dio una vuelta alrededor de la aeronave, haciendo el chequeo
prevuelo.
-¿Otra vez aquí?. –Preguntó José a Rita al
verla acercarse.
-Si, mi amor. Me voy con vosotros a ver como
“lo hacéis”. Y subió a uno de los asientos traseros del avión.
CAPITULO LVII
Bien temprano por la mañana, despertó
Ezequiel en La Posada de Guachipilín. Se aseó, abandonó el pequeño bungalow y
se dirigió al edificio central, junto a la piscina, donde estaba el
restaurante.
Estaba animado, así que desayunó fuerte y
generosamente. Frijoles, homelete, queso, zumo de naranja, café.
-Voy con la tripa bien llena. –Pensó,
mientras iba pagando la cuenta y salía al exterior a recoger su equipaje y
cargarlo en el carro.
Aún era temprano por la mañana, cuando llegó
a Santa Ana. Aparcó el carro cerca de la casa de sus padres, se puso una gorra
y las gafas de sol y caminó unos metros, hasta meterse en la casa
discretamente.
La madre de Ezequiel, dio un grito al verle,
tan fuerte, que Ezequiel, tuvo que taparle la boca y meterla violentamente en la
casa.
-Dios mío. –Dijo casi sin respiración la
madre.
-Estoy vivo mamá. No podía hacértelo saber
porque me jugaba la vida de nuevo. Serénate y hablamos.
Y habló largo y tendido Ezequiel y, tras un
buen rato, tranquilizando a su madre, hizo que ésta fuera a buscar a su padre
al trabajo, al hotel, donde el mismo, tenía turno de día como vigilante.
Fueron largas las explicaciones, muchos los
improperios del papá de Ezequiel, diciéndole que le había advertido
sobradamente de la vida que llevaba, pero… Cuando le pidió Ezequiel su arma,
prestada o otra de las que tenía, para ajustar cuentas con Don Fernando; un
sorprendente y diferente padre de Ezequiel, indignado por lo que le habían
hecho a su hijo, que le mostró las heridas, por intentar matarlo, por tantas
cosas, no solo le dio un revólver, sino que se ofreció a acompañarle y a ir a por
Don Fernando.
-No papá. –Tu no puedes arriesgarte a dejar
sola a mamá. No te preocupes, conozco bien la casa y nadie me va a ver. Además,
no voy a matarlo. Voy a obligarle a que me “indemnice” generosamente por todo,
para poder establecerme. Eso es todo.
Llamaron a la puerta y asomó una vecina. Se
escondió Ezequiel.
-¿Sabéis lo que ha pasado?. –Exclamó la
vecina muy excitada.
El yerno y la hija de Don Fernando, se han
estrellado con una avioneta y han muerto, junto con el piloto.
-¿Cuándo?. –Casi gritó el papá de Ezequiel.
-Poco mas de una hora hará. –Y salió la
vecina cual reportera a seguir extendiendo la noticia.
CAPITULO LVIII
Ezequiel, lo tuvo claro. Había aprendido
mucho. En estos momentos en que Don Fernando, estaría hundido, era cuando mas
convenía amenazarlo y sacarle la plata.
Decidió dejar que todo se asentara, que
transcurriera el entierro y, cuando pasaran tres o cuatro días, ya visitaría en
la noche al tirano.
Se dispuso a permanecer escondido en casa de
sus padres, viendo televisión y dejando pasar las horas.
Y allí en su casa, fue recibiendo las
noticias Ezequiel, a través de sus padres. El triste entierro, el abatimiento
de Don Fernando, el encierro de éste con su esposa en su casa, sin querer ver a
nadie…
-Es el momento. –Se dijo Ezequiel.
Esa noche, hacia las dos de la madrugada,
llegaba Ezequiel a las proximidades de la casa de Don Fernando, dejando
aparcado el carro.
Conocía bien el lugar. No era para él
problema introducirse en la vivienda, así que…
En un momento, estaba plantado de pie en la
habitación de Don Fernando, apuntándoles a él y a la esposa, con el revólver.
Y habló largo y tendido Ezequiel,
explicándole los mil motivos que tenía para matarle y además, para que fuera
oyéndolo todo su esposa.
Muy bien sabía ella quién era su marido,
pero, ciertamente, no esperaba que hubiera hecho matar a su propio sobrino y, a
Hugo que era como su propio hijo.
-A tu propia familia, Fernando, a tu propia
familia. -Se echó a llorar la mujer y murmuró… -Mi pobre niña, si hablé con
ella por teléfono unos instantes antes de que muriera.
-¿Hablaste con ella?. –Preguntó Don Fernando.
-Si. La llamé y me dijo que estaban
despegando y hasta me dijo, mira, ahí frente a la pista, está detenido papá con
su coche… Ya no habló mas la pobre…
Y de pronto abrió la mujer desmesuradamente
los ojos, al tiempo que Ezequiel hacía lo propio.
-¿Qué es lo que hacías allí, Fernando?.
-Lo que tenía que hacer. Acabar con los dos
maricones. Perdóname. Nunca pensé que Rita subiera a ese maldito avión. Y se
lanzó a por el revólver que tenía, siempre, siempre, sobre la mesita de noche.
Se lanzó sobre él su esposa… Ezequiel, no podía dispararle sin darle a ella… No
hizo falta, Don Fernando, se dio un tiro en la cabeza y acabó con todo.
Como un relámpago, llegó de nuevo el recuerdo
de Hugo al cerebro de Ezequiel. “Hay que esconderse ahí mismo”, donde nadie te
busca.
-Se ha suicidado. Le dijo Ezequiel a la
esposa. No me traicione. Escóndame aquí mismo.
-Estate tranquilo, ven por acá. –Y lo
escondió en la misma casa.
La policía de El Salvador, no era tan rápida
como la de Miami. Ellos habían investigado el lugar del asesinato de Lucita,
Hugo, César y retirado los cuerpos en pocas horas.
En El Salvador y, mas en Santa Ana, eso llevó
todo el día siguiente.
Todo el tiempo, estuvo Ezequiel escondido
bajo la cama de Rita en la habitación de ésta.
Ya por la tarde, entró la ya viuda de Don
Fernando, le llevó comida y le dijo: -No quedaré sola en casa, hasta bien
tarde. Yo te avisaré. Voy a cerrar la puerta para que nadie entre y te pueda
ver. Y cerró con la llave la habitación de Rita.
Ya era avanzada la noche, cuando entró la
mamá de Rita en la habitación.
-Se han llevado el cuerpo para la autopsia y
me he quitado de encima a las visitas. Puedes salir.
-Gracias, Señora, yo…
-¿Qué vas a hacer ahora?. –Inquirió la mujer.
-Yo vine aquí, para obligar a Don Fernando a
que me diera doscientos mil Dólares para poder empezar a trabajar yo, pero,
ahora…
-Ahora, soy rica y libre. Ven acá.
Fueron al dormitorio, abrió una caja fuerte
la mujer y sacó de la misma los doscientos mil Dólares que quería Ezequiel.
Vete con Dios. Que él te ayude. Y… Salte de
todo esto, Ezequiel.
La abrazo Ezequiel y marchó de la casa.
CAPITULO LIX
Por enésima vez, Ezequiel, tras dejar dinero
a sus padres, viajaba a Miami para organizar algunas cosas. De hecho, no iba a
vivir en Miami, sino que se iba a hacer cargo de muchas de las cosas que dejaba
en el aire Don Fernando allá en El Salvador. Podría aprovechar mucho de la
organización de él y vivir normalmente en Santa Ana.
Así, que iba a Miami, a comprar, a pasear, a
arreglar en el banco como organizar su dinero y a visitar a María.
Podría decirse, que ni sabía a lo que iba a
Miami. La gente vuelve allá, porque “es un estado de ánimo”.
No hace falta ninguna excusa para ir a Miami.
Se vuelve siempre.
Llegó contento al aeropuerto, aguantó la cola
en la línea de inmigración y finalmente, entregó su pasaporte al Policía.
Introdujo el policía su nombre en la
computadora y dijo: -Un momento, caballero.
Y casi inmediatamente, aparecieron dos
policías, que bruscamente sujetaron a Ezequiel, le pusieron las esposas y le
llevaron a un despacho, donde le dejaron encerrado.
Ezequiel, no tenía ni idea de lo que estaba
pasando.
Aparecieron finalmente otros dos policías,
estos sin uniforme y solamente le dijeron:
-Ezequiel Cisneros. Queda detenido por el
asesinato de Lucita Fernández y otras dos personas en el apartamento de ésta en
Coral Gables. Tiene derecho a guardar silencio…
Se derrumbó Ezequiel.
Y se lo llevaron los policías y se acordó
Ezequiel de la primera vez que llegó a Miami y comentó con el taxista lo fea
que era la prisión de Miami y…
Y ahora tendría mucho trabajo, pasaría tiempo
en la cárcel, tratando de demostrar su inocencia.
Aquellos policías indeseables, que nada
sabían de Cirilo, tenían que acusar a alguien y dar el carpetazo al asunto.
A la moral de ellos, que en muchísima ocasiones,
no es diferente de la de los delincuentes, poco le afectaba que pudieran
condenar a muerte a un inocente.
Y que razón tenía Don Fernando cuando dijo un
día “El que mal anda, mal acaba”.
FIN
www.juliopablo.blogspot.com
juliopabloandujar@gmail.com
